El paramédico de la ACHS Luis Madrid espera en su ambulancia el momento en que lo llamen para sacar a los mineros.
El desgaste es un buen combustible para los rumores. Después de una semana, cuando aún quedaba mucho para que la sonda pudiera llegar hasta donde necesitaba llegar, ya se sabía el caso de una señora que entendía que su marido tenía pocas posibilidades de estar vivo. Pero que tenía miedo de decirlo, porque sabía que el resto de las familias le caerían encima. También se rumoreaba que la PDI preparaba un equipo para que, llegado el momento, pudiera identificar los cuerpos.
Lo que pasaba, era la muerte disfrazada en pequeñas dosis. Comentarios al paso, que llevan quizás a la conclusión inevitable de todo esto: el día en que encuentren a los mineros y las noticias no sean buenas. Porque entonces, con esa noticia, se descomprimirán todas las tensiones que los parientes han acumulado por muchos días en condiciones poco gratas.
Alan Breinbauer, un psicólogo de 25 años de la SAR, dice que podría haber caos. Que las familias podrían gritar y descontrolarse. Que podría haber pánico y tristeza potenciados por un luto que habían sido obligados a sostener silenciosamente en las tripas.
-Por eso es importante que los psicólogos estemos trabajando con ellos desde antes. Porque si nos acercamos a ellos cuando les den la mala noticia, los resultados no serán buenos.
Y claro, también están la mecánica de la resignación y las teorías del desgaste.
Una asistente social de la municipalidad dice que el optimismo a estas alturas es de la boca para afuera. Que interiormente todos los familiares saben que es imposible que alguien viva una semana debajo de una mina, con poco que comer y nada para tomar.
-Lo que ellos de verdad quieren son los cuerpos. Y no se van a ir hasta que se los den.
En esa vigilia estaba Romina el martes. Porque ese día, después de dormir tres noches sobre un colchón prestado, con frazadas que habían llegado de caridad, decidió regresar a dormir a su casa. Lo hizo agotada y con pena porque pensaba que algo podría pasar ese día. Porque era el Día del Minero y ella ya había rezado demasiado. Pero claro, estaba ese detalle jodido que le derrumbaba todo de nuevo. Y ése era que la última vez que había visto a su padre con vida, él le había dicho algo que sólo ahora cobraba sentido.
-Había ido a verlo con mi hija temprano. Él estaba durmiendo y me metí a la cama con él. Mi viejo me sintió y me dijo que le hiciera cariño en la espalda. Que ya le quedaba poco tiempo. Que fuera buena con él ahora.
Romina le hizo caso y repasó su espalda sin entender lo que estaba sucediendo. Que ese momento, incluso aunque ella no lo supiera, podía ser su despedida. Pero claro, Romina estaba pensando en La Serena y en el fin de semana que por fin iban a pasar juntos. En eso y en que si de ella dependiera Mario, su viejo que estaba con ella en la cama pidiendo cariño, nunca más pisaría una mina.
Pero eso fue entonces.
Antes de que la mina colapsara, y antes de que supiera que no habría milagro en el día de San Lorenzo. Porque lo único que tenía Romina era la espera y la lluvia que cayó sobre el campamento el miércoles. Esa lluvia fría y llorada, que no viene de ningún lado, pero que pareciera asomar una última verdad dolorosa en el desierto: Y ésa sería que en Atacama, el cielo quizás sabía algo.
Las caras de la tragedia: los 33 mineros que permanecen bajo tierra, aquí
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