Por: Andrew Chernin, desde Copiapó
Arriba, en la mina San José, se vivió esta semana una larga vigilia. Lo más parecido a una sala de espera. Como si todos los parientes hubieran sido obligados a aguantar un parto que nadie quiere. Éste es el relato de cómo se sobrevivió en la angustia. En cada uno de los grupos de familiares que se reunían en torno a una fogata y respiraban las cenizas, helada tras helada, las reglas eran tan claras como duras. Uno tiene derecho a sus lágrimas y a vivir su pena. Pero lejos, donde la manada doliente no pudiera verte.
La gente pensaba que San Lorenzo hablaría ese día. Que de alguna forma, en su día, el patrono de los mineros obraría el último de sus milagros para salvar a treinta y tres de sus devotos desgraciados. Pero el martes, cuando la entrada de la mina San José dejó de ser simplemente una entrada conducida por un camino de tierra y se convirtió en el lugar más importante y jodido de todo elvalle de Copiapó, San Lorenzo no dijo nada. Esa mañana, donde no se sintieron más de cinco grados, San Lorenzo fue simplemente lo que larazón indicaba que debía ser: una estatua arriba de un escenario con la cabeza ladeada, la mirada triste y los brazos extendidos. Casi como si supiera que debía pedir perdón.
Pero eso era algo que la gente no sabía.
Lo que sabía la gente era lo que todo Chile sabía. Que el jueves de la semana pasada, casi a las dos de la tarde, cuando un camión entraba a la mina a buscar a un grupo de mineros para sacarlos a almorzar, la mina San José se derrumbó. La tierra cedió, las rocas cayeron y treinta y tres tipos quedaron adentro a oscuras, supuestamente sin otra certeza que saber que las raciones de alimentos que tenían ahí serían la única forma que tendrían de sobrevivir. Por eso el martes, cuando se celebraba el Día del Minero con una misa a la que llegaron colegios, sindicatos, taxistas, carabineros, ingenieros, otros pirquineros e incluso la primera dama, la gente sentía que podía pasar algo. Que se podía anunciar algo importante.
Y claro, cuando llega tanto público dan ganas de decir cosas.
Claudio Campillay, que espera a Mario Gómez, su suegro atrapado, dice que esta tragedia no tiene nada que ver con Dios. -Pero no puedo decirle a mi pareja que pienso así. -¿Por qué? -Porque para la gente de acá, para las familias mineras, es importante creer en milagros.
Un sacerdote, arriba de ese escenario que custodiaba la estatua de San Lorenzo, tomó su Biblia y leyó una carta de algún apóstol a algún pueblo antiguo que decía que el Señor llama a su reino a quienes son capaces de despreciar su cuerpo. Que al lado suyo sólo llegan aquellos que no temen sacrificarse.
Otro, un obispo, improvisó un pequeño monólogo sobre los límites para obtener una ganancia, las responsabilidades morales de las empresas y el derecho de contar con condiciones dignas para trabajar. El obispo hablaba de certezas mínimas que sentía que se habían olvidado en el desierto. Como que en el reino de Dios un minero que entraba a la mina tenía que saber que volvería. Que su familia podía esperarlo. Que no se quedaría abajo.
Y toda la gente, las cerca de 300 personas que convirtieron la entrada de la San José en una gran sala de espera que aguarda un resultado inconcluso, reaccionó. Un carabinero lloró, un minero abrazó a su hijo, y Claudio Campillay, que está ahí desde el mismo jueves esperando a Mario Gómez, su suegro atrapado, dijo que esto, esta tragedia, no tenía nada que ver con Dios.
-Pero no puedo decirle a mi pareja que pienso así.
-¿Por qué?
Claudio encendió un cigarro mientras el obispo seguía predicando.
-Porque para la gente de acá, para las familias mineras, es importante creer en milagros.
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