Por: Cony Stipicic H.
Gonzalo Rojas oficia del más conservador de los conservadores. Misión. Deber. Guardián de la doctrina. Esos conceptos salen de su boca para explicar por qué provoca cada semana en sus columnas. En esta entrevista, habla de los progresistas, del presidente Piñera, critica a la UDI y analiza el actual momento de la Iglesia.
Fotografía: Nicolás Ábalo
Fue presidente del Centro de Alumnos del Saint George's y compañero de Vicente Sabatini, Rafael Guilisasti y Máximo Pacheco. Podría haberse dedicado temprano a la política, pero más le atrajo el discurso del gremialismo. De la mano de Luis Cordero, ingresó al círculo de Jaime Guzmán y de ahí -hasta hoy- se dedica a promover lo que él llama su proyecto "tridimensional": comunicaciones, enseñanza y política.
Hincha fanático de la "U" (ve los partidos con camiseta, una cerveza y dos amigos, siempre en silencio), Gonzalo Rojas es un historiador con 35 años de jornada completa en la UC, casi 57 de edad y numerario del Opus Dei. Desde que ocupó el lugar de Hermógenes Pérez de Arce como columnista de los miércoles en El Mercurio, se transformó en un provocador que bordea la caricatura y defiende causas que para muchos son perdidas, pero que pocos dejan de leer. Lo hace convencido, por un sentido de misión por el cual se jugará mientras le dure la energía.
-¿Sintió presión al reemplazar a Hermógenes?
-Sí. Hubo gente que esperaba que fuera unilateralmente defensor del gobierno militar, sin ningún matiz respecto de como lo hacía Hermógenes. Pero me hizo mucha gracia cuando The Clinic dedicó un reportaje al nuevo columnista y puso abajo: "El tibio reemplazante de Hermógenes". Entonces dije "estoy bien". Pensé que me iban a considerar lo más siniestro...
-¿Qué le provocaba leer a Hermógenes?
-Mucha admiración por la capacidad de ironizar respecto de sí mismo y también un poquito de cansancio al ver el estrechamiento de sus temas. Era sutil, beligerante, pero un poquito monotemático. Creo que se divertía, hasta que comenzó a vivir desagrados y dejó de disfrutar lo que estaba haciendo y se mandó cambiar.
-¿A quién le escribe Gonzalo Rojas?
-Sobre todo a la gente joven, que tiene una sintonía con lo que a mí me gusta llamar "los grandes líderes del conservantismo". No me interesa escribirles a los viejitos que seguían a Hermógenes, aunque a veces hago sintonía con ellos. Escribo fundamentalmente a los menores de 40 que, con la muerte de Jaime Guzmán -a quien ni entre siete podríamos reemplazar- se quedaron sin la persona que tenía la mirada puesta directamente en ellos. Todo mi objetivo es decirles "miren, éstos son los bienes que están disponibles desde nuestra perspectiva".
"Oye, progresistas, ¿para qué es la libertad? Yo sé para qué es, pero te veo a ti, progresista, buscándola por sí sola, amándola sin referencia a sus resultados y no queriendo reconocer cuando la usaste mal y que el resultado fue malo. Eso me fastidia mucho de los progresistas".
-¿Cuáles son esos bienes?
-Primero, la vida, que está muy amagada; la libertad de enseñanza, en la que soy un conservador liberal; y, finalmente, la "matria", que es la recuperación del papel de la mujer en nuestra historia. Chile había sido una "matria" hasta los 60, cuando -con la píldora- a la mujer le cambiaron sus hábitos de vida sexual y matrimonial. Muchos hábitos han desvinculado a la mujer de lo más profundo de la vida, que es la dedicación a sus hijos. No es que la quiera lejos del trabajo o de la vida pública, pero quiero que, primero, conceptualmente, conserve y acreciente el patrimonio, que son los hijos.
-O sea, pudo gustarle que Chile tuviera una presidenta.
-Michelle Bachelet nunca me ha parecido una persona digna del cargo. Verdaderamente le quedó muy grande. La mejor columna que he escrito nunca, la que más gocé, es ésa que explica por qué alcanza la popularidad que tiene. Ella es un gran relato mediático: fue muy bien entrenada para ser la gran mamá de los chilenos infantilizados, que encontraron en ella un personaje cariñoso, lo cual refuerza mi tesis de que necesitamos una madre. Pero no una que te deje hacer lo que quieras, que es lo que la Concertación hizo. Eso pasa la cuenta.
-¿Y hay alguna mujer que llene sus expectativas?
-Me gusta mucho la diferencia de carácter de Jacqueline van Rysselberghe. Es percibida como menos maternal o, más bien, masculina, pero es exactamente el tipo de mamá que Chile necesita: dispuesta a llamar la atención incluso a su propio presidente.
-¿Para usted, la columna en El Mercurio es una misión?
-La palabra misión es muy grandota. Pero, claro, yo no escribo por el gusto de escribir; escribo por el sentido del deber. Y cuando no tengo tema, me pregunto qué hago para hacer el bien.
-Al final, se ha instalado como un provocador.
-Sí.
-¿Y le gusta?
-Me gusta provocar en clases. Tengo una actitud oral muy irónica, incluso insolente, que he ido corrigiendo con el paso de los años. Y trato de trasladar eso a la palabra escrita. Pero cometo el error, a veces, de ofender, y eso me duele. Cuando pasa en clases es más fácil porque uno ve la cara. Ahora, siempre doy la columna a leer a alguien. Cuando la termino, a las 5 de la tarde del lunes, salgo a buscar a un profesor joven y le digo "préstame diez minutos, léeme la columna".
-¿A quién busca provocar?
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