Distintos actores del sector inmobiliario, telecomunicaciones y bancario querían saber cuál era el nuevo escenario de negocios y consumo que originó el terremoto. La consultora TheLab Y&R tomó el desafío y realizó una completa investigación con focus groups en Santiago, entrevistas en el sur y la opinión de académicos de la UAI y la UAH. Aquí, sus directores, Juan Pablo Martínez y Vicente Carrasco, responden a 10 preguntas claves que les hizo Qué Pasa.
La gran mayoría de los indicadores revisados durante la investigación se ven positivos. Partiendo por lo básico, a los pocos días de la catástrofe, José de Gregorio afirmó: "Pese a las lamentables pérdidas humanas y materiales, el terremoto y maremoto no comprometen las perspectivas de progreso y desarrollo de nuestro país". Perdimos un punto de PIB y ganamos un punto de inflación. Desde un ángulo macroeconómico, el impacto de la tragedia fue bastante acotado. Los mercados financieros reaccionaron instantáneamente a la baja para corregir a los pocos días al alza. Las expectativas del sector empresarial siempre estuvieron derechamente optimistas. Lo anterior hace mucho sentido ahora que conocemos los positivos resultados de diversas compañías durante el primer trimestre. Sin embargo, producto del fuerte impacto traumático y emocional que causó el terremoto, los consumidores contrajeron sus expectativas económicas de corto plazo. El IPEC de Adimark cayó diez puntos, cruzó la línea roja y bajó en la zona del pesimismo. Pero todo indica que esta caída será más bien coyuntural. Como vimos, los datos estructurales apuntan en sentido positivo. Además, se espera que la recuperación anímica sea bastante rápida producto del efecto mundial y del buen desempeño esperado de la economía.

En los días inmediatamente siguientes al terremoto, la conducta de consumo respondió a la lógica de la pirámide de Maslow, pero invertida. El consumidor buscó satisfacer, por un período acotado de tiempo, los escalones más bajos de la pirámide. La sensación de caos y emergencia hizo que las personas buscaran satisfacer sus necesidades más básicas: fisiológicas, seguridad y pertenencia. Preocupados por la alimentación de los hijos pequeños y por el miedo al desabastecimiento saquearon los supermercados. Se acopió exageradamente una diversidad de bienes y alimentos básicos. Bienes superiores o de segunda necesidad, como el whisky o las cremas faciales, vieron disminuir su demanda a expensas de tallarines, colados para bebés, leche en polvo, pilas y baterías. El consumo post terremoto siguió la lógica del consumo de posguerra o de sobrevivencia. Ahora bien, este consumo de supervivencia ni siquiera se puede proyectar en el corto plazo. Superado el estado de emergencia, la pirámide de Maslow vuelve a su posición natural y el consumo retoma su rol como satisfactor de necesidades de estatus y estilo.
Por otro lado, hasta la semana 6 u 8 después del terremoto se puede esperar cualquier trastorno en las dinámicas de consumo como consecuencia de los efectos del SPT -stress post traumático- que produjo el sismo. Pero como nos enseñó la experiencia de los sicólogos que trabajaron post Katrina, la gran mayoría de las personas, a partir de la octava semana, supera por completo los efectos del SPT. Vuelven a la normalidad ad integrum y retoman sus dinámicas de consumo normales.

Las imágenes recurrentes de destrucción y pérdida, sumadas a la eventualidad de sufrir consecuencias directas, despertaron un fuerte sentimiento de revalorización de la familia y la amistad. También se redescubrió y revalorizó a los vecinos, los vínculos sociales más extendidos. Después de la tragedia se generó en Chile un escenario de vuelta de péndulo, es decir, un escenario social de mayor demanda comunitaria y menor individualismo.
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