Por: Claudia Farfán M. y Alberto Labra W.
El filósofo José Andrés Murillo (35) presentó el 2003 una de las primeras acusaciones por abuso sexual contra el ex párroco de El Bosque. Siete años después, él y otros tres profesionales llevaron las denuncias a la justicia. De todos ellos, desde que el caso estalló en abril, es el único que no ha aparecido públicamente. Ésta es la historia.
José Andrés Murillo llegó a la iglesia El Bosque en 1994. Recién egresado del colegio Verbo Divino, había tomado la decisión de estudiar Filosofía en la Universidad Católica. Un día de ese mismo año, el padre Fernando Karadima lo nombró como uno de sus secretarios personales. Murillo, recuerdan sus cercanos, se sintió muy halagado. Considerando el carisma y la influencia que tenía el sacerdote, esa designación constituía para él -a sus 18 años- uno de los máximos reconocimientos a los que podía aspirar como feligrés de la conocida parroquia de Providencia.
Los jóvenes que conformaban ese círculo íntimo compartían características similares. En general, eran adolescentes ordenados, de familias tradicionales y con buena apariencia. Dentro y fuera de la comunidad El Bosque eran conocidos como los Karadima Boys. El párroco era su guía espiritual y ellos le respondían con su absoluta confianza.
El estudiante de la UC, sin embargo, fue perdiendo el entusiasmo por pertenecer a ese grupo. Hasta que en 1996 se separó por completo de ellos. El pasado 26 de abril, en un contacto telefónico con el programa Informe Especial -cinco días después de que se supieran públicamente las denuncias de él y otros tres hombres contra Karadima por abuso sexual-, el propio Murillo contó que su alejamiento fue para poner fin al constante acoso que habría sufrido durante dos años y que, tras encarar al sacerdote, se marginó para siempre de la parroquia.
En ese momento, José Andrés Murillo confesó sólo a sus padres lo que había vivido. Sin embargo, su silencio no sería eterno. Tras un largo proceso de reflexión, como él mismo ha confidenciado, en 2003 se convirtió en uno de los primeros ex feligreses de El Bosque en denunciar al sacerdote ante la jerarquía eclesiástica. Allí le respondieron que rezarían por él. Incluso, según recuerda su amigo y miembro del Centro de Estudios Públicos, Ernesto Rodríguez, "le dijeron que padecía problemas sicológicos". Sin embargo, Murillo no se detuvo. Y, años más tarde, junto al médico James Hamilton, ubicaría a más víctimas en el círculo de confianza del sacerdote y llevaría el tema a la justicia.
De los cuatro profesionales que finalmente iniciaron acciones legales contra Karadima en la Fiscalía Oriente -el periodista Juan Carlos Cruz y el abogado Fernando Batlle, además de Hamilton y Murillo-, este último es el único que no ha dado entrevistas ni ha querido aparecer en público, pese al rol protagónico que ha tenido en todo el proceso. Tanto así que, cuando fue a declarar ante el fiscal Xavier Armendáriz, el jueves 13 de mayo, el filósofo de 35 años pasó casi inadvertido ante las cámaras de televisión.
Como muchos de los seguidores de Karadima, José Andrés Murillo estudió en el Verbo Divino. Uno de sus ex compañeros, el abogado y periodista José Manuel Simián, lo describe como un adolescente alegre y con una intensa vida social. Vivía con sus padres y sus dos hermanos en un sector acomodado de la zona oriente. Entre sus cercanos llamaba la atención el gusto que mostraba por el golf, actividad que practicaba en el Club de Polo.
Según una fuente ligada al caso, Murillo sabe bien lo que dice: Karadima hablaba de él como un ejemplo a seguir; sin embargo, ante cualquier falta a la rígida disciplina moral que pedía a sus fieles, solía infundirle temor "afirmando que era el efecto de la intervención del diablo". El mismo argumento, agrega, habría usado con todos los integrantes de su círculo más cercano.
Hasta los 14 años, su vida se dividió entre este deporte y sus estudios escolares. No obstante, según sus conocidos, mientras cursaba segundo medio sorprendió a muchos con un profundo y repentino cambio personal: se interesó seriamente en la filosofía y ya hablaba sobre la posibilidad de ingresar al seminario. Su amigo, el diputado UDI Ernesto Silva Méndez, recuerda la activa participación que ambos tuvieron en el Movimiento Verbita, que buscaba fomentar la espiritualidad religiosa entre los jóvenes.
Como parte de ese proceso, Murillo se acercó en 1994 a la parroquia de El Bosque. Según relata su madre, Ana María Urrutia, en un emotivo correo electrónico enviado a sus amistades, el joven llegó hasta allí con la inquietud "por saber si tenía o no vocación para el sacerdocio" y atraído por lo "espectacular que era Karadima". En este e-mail, ella relata que su hijo acudió a la comunidad de esa iglesia creyendo que el sacerdote lo podía ayudar a tomar una decisión al respecto.
La relación de Murillo con el párroco de El Bosque era cercana y, según amigos del joven, él escuchaba con atención los consejos que le daba su guía espiritual. Otros feligreses miraban con poca simpatía la situación. "El Pintiado", como se refería Karadima a este ex alumno del Verbo, era visto con distancia -incluso envidia, comentan- por varios de los otros jóvenes bosqueanos. Uno de ellos dice que no entendían por qué Murillo estaba en el círculo más estrecho del padre, "considerando el poco compromiso que él mostraba con las obligaciones de la comunidad".
Puertas adentro, sin embargo, las cosas parecían ser distintas a lo que se veía en público. Cercanos a José Andrés Murillo afirman que en privado el joven era acosado sexualmente de manera reiterada por el sacerdote. No sólo con sugerencias impropias, sino también con toqueteos. Esta situación se prolongó por casi dos años, y tocó fondo -según estas mismas fuentes- un día en que el ex párroco habría intentado cometer un acto aún más agresivo en su contra. Murillo nunca más volvería a la iglesia El Bosque.
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