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Días de fútbol en el sur profundo

  • Fecha: 21 05 2010
  • Sección: Actualidad
  • Comentarios: 0
Con el chileno Carlos Peterson, asistente del entrenador del equipo.

Con el chileno Carlos Peterson, asistente del entrenador del equipo.

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Yo jugaba de mediocampista ofensivo. El entrenador me había prohibido hacer gambetas, algo que él entendía como el mal endémico de los futbolistas latinoamericanos; no le hice caso al principio, pero no me quedó otra que adaptarme debido a las reglas de juego extrañas que se utilizaban y que le permitían a Stromecky cambiarme por otro jugador apenas hacía una gambeta (podíamos salir y entrar todas las veces que queríamos). Una vez duré en la cancha apenas dos minutos, y ahí aprendí a soltar la pelota rápido. En las estadísticas, no sólo se premiaba al goleador, sino al que hacía los pases de gol, así que me especialicé en buscar lo que los locutores llaman "el pase de la muerte".

Otra cosa que me llamaba la atención era que los pocos espectadores de nuestros partidos premiaban más con aplausos a los defensores que se tiraban al piso para sacar una pelota y de paso se llevaban al delantero por delante, que a los atacantes que hacían una buena jugada. Supuse que eso se debía a la cultura de tackles del fútbol americano. Nuestras cheerleaders, con blusas blancas y minifaldas azules, saltaban y sonreían cuando uno de los nuestros frenaba agresivamente a alguno del otro equipo, y yo las miraba con el síndrome del Chavo del Ocho ("al cabo que ni quería"), pensando que en verdad me encontraba en una cultura extraña, admirándome de que alguna vez Pelé haya jugado el fútbol en este territorio tan poco propenso a malabares con la pelota.

Viajamos a Memphis y no pude conocer Graceland. Fuimos a Oxford y no me dejaron visitar la casa donde había vivido Faulkner. Estuvimos por Mobile y ni siquiera vi la playa. En Panama Beach nos goleó un equipo de una universidad local en el que todos los jugadores eran escandinavos y medían un metro ochenta. En Birmingham y Atlanta tampoco pude ver nada. Viajaba mucho, pero conocía poco. Eso sí, iba aprendiendo ciertas cosas. Por ejemplo: todos los jugadores teníamos becas completas y jugábamos en estadios espectaculares, y sin embargo las tribunas se hallaban vacías. Pensaba: qué país tan rico y poderoso, capaz de dar tremendas becas a jugadores de un deporte que no interesa.

Pero la beca era un buen medio para conseguir lo que realmente quería: convertirme de una vez por todas en un escritor. En Huntsville tenía el tiempo libre necesario para leer y escribir. Sin embargo, a principios de octubre, la soledad comenzó a ahogarme. Extrañaba Buenos Aires. Quería retomar mi vida de antes, volver a las calles de esa ciudad en la que había descubierto mi vocación literaria.

Edmundo Paz Soldán

El escritor jugando en un campeonato universitario.

Hablé con mi madre y le dije que no aguantaba más. Me dijo que no tenía por qué sufrir, tenía un pasaje de vuelta en mi mesa de noche, podía usarlo cuando quisiera. La sicología infantil funcionaba conmigo: el permiso que me dio para volver hizo que decidiera quedarme, por lo menos hasta el fin del primer semestre, en diciembre. Luego vería qué hacer.

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Nuestro último partido ese otoño fue contra A&M, la otra universidad de Huntsville, nuestra rival al otro extremo de la ciudad. La historia traumática del sur afloraba allí: UAH, mi universidad, tenía un 90% de estudiantes blancos de clase media, mientras que A&M tenía una mayoría de estudiantes negros y sus futbolistas eran nigerianos y cameruneses. El estadio estaba lleno por primera vez: el partido era algo más que un partido. La universidad de chiquitos rubios de familias acomodadas contra la universidad de afroamericanos de la clase proletaria que estudiaban carreras técnicas. Hubo gritos, pero no insultos. Hubo tensión y mucha fuerza, y al final el resultado fue prácticamente el de todos los años: A&M nos ganó tres a cero. Yo no participaba de esa historia, pero igual no pude evitar entristecerme de manera especial ante esa derrota.

Esa temporada terminamos quintos. Metí cuatro goles e hice once pases de gol. Comencé como mediocampista ofensivo, pero terminé jugando más retrasado. Creía que tendríamos mejor suerte el siguiente otoño (nos fue pésimo). También, que podía aguantar un par de años más y que me iría de los Estados Unidos después de concluir mis estudios. Jamás se me hubiera ocurrido que seguiría viviendo allí veinte años más tarde, y que después de Alabama vendrían California, Texas y Nueva York. Pero ésa es otra historia.

* Autor de "Los vivos y los muertos"

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N° 2060, 1 de octubre de 2010

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