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Días de fútbol en el sur profundo

Por: Edmundo Paz Soldán*

Antes de ser escritor, fui futbolista. Jugaba de mediocampista ofensivo en el equipo de la Universidad de Alabama, en EE.UU. Ésta es la crónica de aquellos días donde corría tras el balón en medio de canchas con césped perfecto y tribunas casi vacías.

  • Fecha: 21 05 2010
  • Sección: Actualidad
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1988, Huntsville, Alabama: Paz Soldán -con la pelota en los pies- en medio de la cancha.

1988, Huntsville, Alabama: Paz Soldán -con la pelota en los pies- en medio de la cancha.

A principios de 1988 acepté una beca para jugar fútbol por la Universidad de Alabama. En ese entonces, estudiaba en Buenos Aires y era feliz; allí había descubierto mi vocación literaria y me sentía en casa. Pero la beca incluía la matrícula, el pago del alquiler del piso y un cheque mensual que me alcanzaría para vivir bien. Fue imposible resistirme. Estudiaría Ciencias Políticas, me transferirían un año de créditos y sólo tendría que tomar tres años de clases.

Una tarde húmeda de agosto aterricé en el aeropuerto de Huntsville. Lucho Tejada, el amigo que me había hablado de la beca, me llevó a las residencias estudiantiles de la universidad, donde compartiría el piso con tres estudiantes del equipo de fútbol -los norteamericanos Scott y Jody, el finlandés Mikko- y uno del equipo de hockey sobre hielo, Dan. Dan era alto y rubio, y provenía de Iowa (corn-fed, era la palabra para describirlo); él y yo dormiríamos en la misma habitación.

Las primeras semanas me dejé deslumbrar por los edificios relucientes de la universidad, el campus impecable, con árboles dispuestos en hileras flanqueando calles y edificios, tan bien podados que parecían de plástico. En la facultad, pronto descubrí que el programa tenía excelentes profesores, pero mis compañeros dejaban mucho que desear. El perfil de la universidad atraía sobre todo a ingenieros y científicos: en Huntsville se encontraba una de las sedes de la NASA, y en su historia hubo ese momento glorioso en que, antes de la Segunda Guerra Mundial, Von Braun y su equipo se habían instalado en la ciudad para diseñar los cohetes V-2. En clase, en una discusión sobre la OTAN y la independencia política de Francia en relación a los Estados Unidos, una de mis compañeras dijo que lo que Estados Unidos tenía que hacer era ir a Francia y kick some ass. Digamos que el nivel de discusión no era alto.

Entrenábamos a las siete de la mañana. Debía poner la alarma a las seis y media. Para colmo, a veces ni siquiera jugábamos: eran dos horas de correr, elongar, rematar al arco.

Huntsville se me antojaba una ciudad muy pequeña, aunque en franca expansión, con carreteras y avenidas a medio construir. Me sorprendía la proliferación de iglesias compitiendo entre sí por los feligreses, anunciando la buena nueva con letreros frenéticos y luces de neón. No había aceras, era una ciudad para automovilistas; una vez, caminando al borde de una avenida, recibí un insulto para mí novedoso de unos adolescentes que pasaron a mi lado a toda velocidad: Get a car! La ciudad tampoco disponía de buenas librerías, lo cual me amargaba, pues recordaba ese paraíso que era Buenos Aires. Había una librería en el centro comercial; mi segunda semana en Huntsville, me robé de allí una nueva novela, en tapa dura, de Graham Greene. No era una buena novela.

****

Durante mi primera práctica, conocí al coach Stromecky -un ruso bajito y robusto- y a algunos de mis compañeros, entre los que se encontraban los ingleses Rob y Bryan, un colombiano de Miami (Rusty) y un libanés que se hizo buen amigo mío. Apenas los entendía, hablaban un inglés lleno de contracciones: yo no conocía, por ejemplo, la palabra gonna (había leído dos novelas y media en inglés antes de partir: The Catcher in the Rye -nunca me enteré qué significaba phony, porque me impacientaba detenerme a buscar en el diccionario cada palabra desconocida-, Less than Zero, que tenía un vocabulario pobre, y Lord Jim, que me venció después de cien páginas). Esa tarde hicimos ejercicios y nos pasamos la pelota en una cancha de césped perfecto, bajo un sol que quemaba.

Edmundo Paz Soldán

Paz Soldán, en el suelo, junto a un compañero hondureño en EE.UU.

Las primeras semanas fueron duras. Para evitar la tortura del sol, entrenábamos a las siete de la mañana. Debía poner la alarma a las seis y media, y caminar hacia la cancha con mis compañeros de departamento, los ojos entrecerrados. Para colmo, a veces ni siquiera jugábamos: eran dos horas de correr, hacer elongaciones, rematar al arco. Había jugado en el colegio en Cochabamba -fui goleador cuatro años seguidos en los campeonatos internos del Don Bosco- y también en las ligas infantiles y juveniles, pero nunca pude tomar el fútbol en serio porque no me gustaba entrenar. El fútbol, para mí, era puro placer, y me resistía a la disciplina necesaria para ser un mejor jugador. A los catorce años uno podía jugar bien sin entrenar, pero a los veintiuno la cosa se ponía difícil. Por eso, cuando llegué a Alabama, estaba algo desfasado: no tenía el mismo nivel físico que mis compañeros. ¿De qué me servía ser un jugador con buena gambeta si no podía superar a ningún defensa en velocidad?

Cuando comenzó el campeonato, me emocioné: pertenecíamos a la segunda división de la Conferencia del Sur, debíamos jugar alrededor de dieciocho partidos durante el otoño (la liga duraba sólo tres meses al año). Eso significaba que nos tocaría viajar unas nueve veces. Viajábamos en bus a jugar con otras universidades. Mis compañeros escuchaban música en sus walkman o hacían las tareas; yo leía (Do Androids Dream of Electric Sheep?, Neuromancer, Light in August), y, con el rostro en la ventana, veía pasar, deslumbrado, la enorme diversidad de ese país-continente. Parábamos en restaurantes que ofrecían buffets all-you-can-eat, y antes de un partido comíamos pasta. Nos alojábamos en hoteles recién renovados, con alfombras flamantes y televisores enormes en las habitaciones. Me sentía un provinciano recién llegado a la capital. Con el tiempo, descubriría que era más bien alguien del sur llegado a otro sur, un sur profundo que quería mirar al futuro -lo atestiguaban tantos edificios de paredes espejadas en el campus-, pero no podía desprenderse de su pasado conflictivo y traumático, de las heridas de su historia de prejuicios y racismo.

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N° 2060, 1 de octubre de 2010

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