Los coleccionistas también tienen buena memoria. Muchos son los mismos que un día, sin que nadie se lo pidiera, comenzaron a anotar en un cuaderno toda clase de estadísticas futboleras. Son los que llenan semana a semana los casilleros con los resultados del campeonato y recuerdan hasta los detalles más increíbles. Llamo a uno de ellos para corroborar lo que sigue sobre el álbum del torneo nacional de 1983, aquél conocido como el de las láminas censuradas: ocurrió que las imágenes de dos futbolistas, dos delanteros de renombre, quienes entonces jugaban en Cobreloa y O'Higgins, habían sido captadas en el fragor de un partido y en el segundo exacto en que asomaban sus partes pudendas por un costado del short. Si bien por aquellos años el tema no pasó de ser un detalle jocoso, al poco tiempo la empresa que lo editaba cambió las fotos por primeros planos de cada crack.
Danilo Díaz, premio nacional de Periodismo Deportivo 2009, coleccionó su primer álbum para Alemania 1974 y paró en España 82. "Comenzaba a meterme en el mundo del fútbol y ver a los compañeros de colegio y amigos del barrio fue clave para que me picara el bichito. Conocer a los jugadores que irían era muy entretenido; a los europeos, por ejemplo", cuenta. "Regalaban un póster gigante de la selección chilena y unos afiches con los jugadores. Luego el gusto por el fútbol y la idea de saber más de los protagonistas me hizo juntarlos. Además, era un buen jugador de láminas. Fue una gran entretenimiento".
Danilo tiene razón. Si completar un álbum era un desafío reservado para algunos, si conseguir, mediante toda clase de trueques, esa lámina que faltaba adquiría tintes de hazaña, convertirse en un jugador podía transformarse en un vicio incorregible. Echarse de guata al suelo a jugar al montoncito sigue siendo un rito los cada recreo de cada colegio en época de mundial. Sobre todo porque siempre hay a quienes lo único que les importa es el juego: una raza de tahúres que usan toda clase de artimañas para dejarte sin nada. Todos vimos cómo estos mafiosos se lengüeteaban la mano antes de dar el golpe que tumbaba el colchón de láminas como una torta. Y si no era eso, se ayudaban con el pulgar. Aunque los peores, los verdaderamente detestables, no eran los tramposos sino los matones de patio, los que irrumpían en el juego y al grito de "¡Mata!", te dejaban sin nada. Entonces había dos caminos: resignarse o salir tras ellos dispuestos a dar la vida por tus láminas.
"Para el 62 yo tenía 7 años y nunca me enteré del álbum, aunque el Mundial en sí nos convocó muchísimo, a la patota infantil de mi barrio, donde había alojada una parte de la delegación brasileña", recuerda el escritor Jaime Collyer, un futbolero apasionado, de ésos que para los clásicos van al estadio con su camiseta de la U y caminan sin temor entre la multitud que huye del carro lanzagua. Lo he visto más de una vez, nos hemos topado entre la turba enfervorizada. "El de Inglaterra 66 fue el primer álbum que tuve. Me lo obsequiaron mis abuelos maternos. No sabría decir por qué era tan cautivador llenarlo. Intentar completar el álbum, apreciar las imágenes de los futbolistas en cada partido, completar la tabla de resultados que venía adosada era una forma mágica de estar allí en Inglaterra, en Wembley. Veía a solas los partidos y miraba de reojo el álbum. Imagino que lo mismo les sigue ocurriendo a los niños de hoy".
Los coleccionistas tienen buena memoria. Son los mismos que un día, sin que nadie se los pidiera, comenzaron a anotar en un cuaderno toda clase de estadísticas futboleras. Son los que llenan semana a semana los casilleros con los resultados del campeonato y recuerdan detalles increíbles.
Como tantos, Jaime dejó de coleccionar a los 15, cuando la pubertad se encarga de cambiar las prioridades. Pero siempre hay una segunda oportunidad, un segundo intento, si se quiere, cuando hay algo de dinero en el bolsillo y podemos cobrarnos revancha. No por nada en los supermercados las láminas están a la altura de los ojos de los adultos y no de los niños. Así también pasa afuera de la sala de ventas de Panini, donde cada sábado llega media centena de fanáticos, de todas las edades, a intercambiar láminas. El segmento más entusiasta está entre los 22 y 24 años.
He coleccionado el álbum de este Mundial en secreto. No juntaba láminas desde México 86 ni jamás he podido completar álbum alguno. Poco dinero y poca paciencia. Hoy compro los sobres y los guardo como si fueran sustancias ilícitas. Me he pillado ensayando alguna excusa en caso de ser sorprendido ("lo junto para mi hijo, si es que el segundo me sale niño") pero, en vista de lo que sigue, aquello es más bien un deseo escondido que aflora espontáneo en la víspera del Mundial.
"Durante Francia 98, mi hijo Simón pidió que le comprara el álbum", recuerda Collyer. "Me distraía viéndolo llenar, enredarse con el pegamento, quedar absorbido no tanto por el Mundial como por sus láminas. Hasta que me di cuenta de que con todas las repetidas casi podía llenar otro álbum. A contar de entonces nos dedicamos los dos a ver fútbol y llenar los dos álbumes. Fue una experiencia incluso mejor que la de mi infancia: me veía a mí mismo en mi hijo, haciendo lo que había hecho yo a los 11 años y lo vivía de nuevo, en una feliz regresión de unas semanas, que todo el mundo presenció con algo de extrañeza".
Aquella vez, el álbum de Simón terminó completo. El de Jaime, inconcluso. Este Mundial quizás sea el de la revancha. El fútbol siempre las da.
* Escritor. Autor de "Quemar un pueblo".
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