Fotografía: Roberto Farías
Deja los cerros de Talcahuano y toma velocidad esquivando baches y grietas. Detiene bruscamente la caravana de jeeps con un gesto de general romano y pienso que tendremos algo de acción. Pero no. Su celular tiene mala señal. Todo Concepción todavía tiene mala señal.
-Mueve los pumas a Arauco -ordena por teléfono-. No sé yo. Me llevas esos colchones a Arauco sí o sí.
Supongo que le responden con muchos peros.
"No quiero peros. Quiero soluciones", suele decir. También usa "¿puedo confiar en ti?", con lo cual clava a sus subordinados en un compromiso personal. O les dice: "¿Puedo dormir tranquilo, entonces?".
Lo de dormir es un decir. Se acuesta todos los días a la dos de la mañana y a las siete ya está en pie. Sólo una noche durmió en su casa en toda la semana posterior al sismo. Sólo vio a su mujer Alena y sus dos hijos -que se quedaron en Santiago- cuando fue citado por Piñera la misma noche del cambio de mando.
-¿Alguna novedad del nuevo presidente?
-Todo muy bien. Obviamente renové mi compromiso, le expuse las situaciones más delicadas y agendamos algunas cosas, como reforzar Talcahuano -dice, escueto.
Pero fuentes bien informadas comentan que si bien lo felicitaron por su rápida y eficiente acción, le sugirieron dejar más campo a la intendenta en la ayuda y evitar cualquier aspereza en el ámbito público. Cosa posible, pero difícil.
Con Jaime Tohá, el anterior intendente que lo dejó asumir todas las decisiones sin dilación y parecía estar en otro planeta, se llevaba de maravillas. Con la nueva intendenta no parece ser lo mismo. Desde el mismo día 12, las reuniones del Comité de Emergencia son sorprendentemente largas.
Lo sigo una noche a verificar las primeras carpas de la cooperación. Chequea personalmente las que donó Estados Unidos, Rusia, China, Japón y Australia. Son verdaderas casas. Tiendas de campaña donde se puede andar de pie, no como las de la Onemi, del tipo iglú, apenas como para ir de camping al jardín.
-Hay que emplazarlas pronto, antes que llueva -ordena al coronel Alejandro Verges, encargado de las distribución, y encarga por celular al Comando de Ingenieros que las armen ellos mismos.
-Me hace un nudo en la garganta que llueva esta noche -dice.
Mala suerte. Llueve. En Arauco cayeron 12 mm.
-Tengo un ojo puesto en las mediaguas -explica-. La segunda etapa después de las carpas, son las mediaguas.
Su rostro se crispa cuando piensa en el alcalde de Arauco, Juan Alarcón, un independiente pro UDI que rechazó las mediaguas para sus 300 damnificados en carpas. Pero se le viene aún más complicado: la intendenta ha dicho públicamente que no le gustan los campamentos y que jamás saldrá inaugurando una mediagua. El general, en cambio, no ve salida a la desesperación sin mediaguas o soluciones temporales pero sólidas.
Despierta en terreno. Guía la escolta para un convoy que instalará carpas en Caleta Tumbes, en la península de Talcahuano. Doce hombres. Llama a terreno al teniente a cargo:
-¡Con uno bien armado y tú, basta y sobra! Si no estamos en guerra. Vamos a ayudar. A a-yu-dar. ¡Qué desperdicio!
Le agrega una orden más, la misma que le vi hacer en todos los repartos:
-No dejes el cargamento al alcalde y te vas. Quiero que tú mismo hables con el vecino a cargo, hagas una fila y entregues personalmente la ayuda. ¡Uno por uno! Hagámoslo nosotros para asegurarnos que llegue.
Santa Clara es un sector popular que mira hacia el norte en la bahía de Concepción. Recibió la ola de frente. El mar entró dos kilómetros y mató 14 personas en una sola calle. Mil casas dañadas y 300 borradas del mapa. -Le tengo cariño a Santa Clara. Es mi propia zona cero -dice Ramírez.
No es que no confíe en los alcaldes. En el CORE le pedían, le suplicaban, que les dejara más espacio de acción. Lo que Ramírez detesta como a la peste es la burocracia municipal: "Que acopien la carga en el gimnasio y empiecen con sus listitas y el RUT y la ficha CAS y luego las cosas se pierdan. No, señor. Ésta es una emergencia y hay que saturar de ayuda. Saturar".
Además, ha visto alcaldes en shock. Con ataques de pánico. Totalmente superados. O como el de Talcahuano, Gastón Saavedra, con una incómoda sensación de culpa luego que saliera esa noche megáfono en mano, junto a bomberos, invitando a los vecinos a bajar de los cerros porque no había alerta de tsunami según la Armada.
Cuando el general entra a un albergue de La Higuera, Saavedra espera afuera.
-¿Te fijaste que no entró? Pobre hombre -dice Ramírez.
El general es como esos ferreteros con el lápiz en la oreja. No tiene agenda. Salvo el protocolo, nadie sabe qué hace ni adónde va hasta el último minuto. Se desvía a cada rato por una y otra razón. De hecho, deja el convoy a Tumbes y se desvía a Santa Clara. Toda la semana me habló de este lugar, pero no le daba el tiempo para ir.
Es un sector popular a ras de mar que mira hacia el norte en la bahía de Concepción. Recibió la ola de frente. El mar entró dos kilómetros y mató 14 personas en una sola calle. Mil casas dañadas y 300 borradas del mapa.
-Le tengo cariño a Santa Clara. Es mi propia zona cero -dice, dando trancos por los pasajes embarrados-. Acá no viene nadie. Ni periodistas, ni autoridades. Nadie.
Y, claro, no dan ganas de ir. Lobos marinos reventados en la calle. Un congrio pudriéndose en lo que fue un living. El barro subió hasta dos metros en las casas. Lanchas entre los pasajes. Historias de horror por doquier. Gente que sobrevivió en el techo, a otros se les soltaron parientes de las manos y murieron. Dolor y barro.
-El mismo domingo que llegué, conocí Santa Clara. Fue terrible. La zona más devastada y menos conocida de todas las que he visitado. Los vi tan desvalidos. Tan solos. Levantando ellos mismos sus muertos.
Su voz no se quiebra. Sigue con su neutro tono empresarial, o como esos cirujanos que anuncian que la amputación fue todo un éxito.
-La gente de Dichato, Lebu, Cobquecura, Llico, Tubul, al menos tienen cercanía con el campo. Pueden conseguir unas papas. Leña. Agua de río. Hay árboles. Por último cerca de ahí ya es bonito. Acá no hay nada. No tienen siquiera carné. No les podemos dar dominales, tenemos que darles soluciones. Me jugaré por eso.
Llevó un destacamento a mover el barro, un minihospital y pronto instalará las primeras conflictivas mediaguas.
Como un vecino que conoce bien los pasajes, da zancadas con seguridad en el barro hacia una casa al borde del mar:
-Trataré de no cometer los mismos errores que en Tocopilla.
¿Errores? En Tocopilla lo despidieron con aplausos cuando se fue. Un campamento lleva su nombre. Le ofrecieron cargos políticos. Sólo cuando quisieron rebautizar una avenida, él se opuso.
-¿Qué errores, general?
Pero no alcanza a responder. Todo en él bulle de vibrante urgencia. Grita "permiso" y abre lo que parece ser la puerta entre un montón de ruinas. Y se introduce en ellas muy campante.
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