Por: Roberto Farías, desde la VIII Región
Después del terremoto, el general Guillermo Ramírez asumió como jefe de la Zona de Catástrofe para la asolada y saqueada VIII Región. En una noche controló el caos, deteniendo saqueadores él mismo. Se mueve rápido. Manda. Habla escueto pero directo. Su escritorio es la calle todo el día. Un estilo que aprendió en el Norte Grande cuando estuvo a cargo de levantar Tocopilla tras el sismo del 2007.
Fotografía: Roberto Farías
Al filo del toque de queda, la caravana de jeeps del general Guillermo Ramírez cruza Concepción en vaivenes peligrosos. Esquivan grietas, escombros, autos atravesados, puentes rotos, atascos de tránsito. De un Hummer artillado que lo escolta, saltan dos GOE (comandos) a despejar un taco antes que el general haya siquiera pestañeado.
-Son buenos estos GOE -comenta acodado en la ventanilla de la camioneta-. Antes del grito de mando ya están en combate.
Pero su sonrisa de satisfacción se esfuma pronto. Un comando va con boina.
-¡Cabo! Los quiero a todos con casco de combate. ¡No anda de vacaciones!
Le despejan la vía y seguimos raudos hacia Talcahuano. Dentro de la 4x4, Ramírez retorna a su hablar lento, su voz melodiosa y su tono más cercano a un empresario de viñas que a un general arengando a las tropas. Pero no hay que confundirse.
Al verlo, uno no puede dejar de pensar en las vueltas de la vida: el general Ramírez estaba destacado en Antofagasta, en la 1ª División de Ejército, cuando ocurrió el terremoto de noviembre del 2007 en Tocopilla. Con 1.500 hombres se hizo cargo de levantar la ciudad en el suelo. Estuvo seis meses y lo despidieron con aplausos. En diciembre pasado, al alcanzar la sexta antigüedad del Ejército en la III División de Santiago, de pronto lo redestinaron a Concepción, con el cargo de comandante del Comando de Operaciones Terrestres (COT). No cumplía dos meses y le tocó el gran terremoto de 8,8.
-Nunca imaginé que me tocaría otro terremoto. Y menos que lo que aprendí en Tocopilla me serviría tanto de nuevo…
El domingo después de los saqueos, Bachelet lo nombró jefe de la Defensa para la Zona de Catástrofe en la VIII Región, casi con poderes de estado de sitio. Y de anónimo general de tropas, pasó a ser la cara visible para levantar una de las zonas más complicadas de todo el país afectado por el sismo: terremoto, maremoto, saqueos y ley de la selva en las calles. Su estilo se notó a penas puso pie en esta tierra cimbrada.
El general Ramírez llegó desde Santiago -donde lo sorprendió el terremoto- el domingo 28 a las 5 de la tarde, a Concepción, cuando todavía saqueaban y quemaban los últimos supermercados. En el vuelo se enteró de su nombramiento.
Bajó dando trancos en Carriel Sur, con una decisión tomada: arengó ahí mismo a las pocas tropas que recién llegaban. Según relata un oficial, sus palabras fueron: "¡No quiero por ningún motivo heridos de bala. ¡Les aseguro que lo van a pagar más caro ustedes que los malditos salvajes que andan saqueando!". Desde ese mismo instante se sacó la pistola del traje de combate y la dejó en la camioneta.
-En esas circunstancias, hay que mantener la calma -explica Ramírez-. Yo sé que muchos querían vernos dando ráfagas, pero mi visión era otra. Imponer orden, pero no traumatizar a la gente. Con todo lo que habían sufrido, terremoto, maremoto, saqueos… y luego nosotros ¿disparando a diestra y siniestra? No, no, no.
Aunque persisten historias de violencia excesiva. En el Cementerio Municipal 4, partes de defunción del día posterior al despelote llaman la atención. Dicen: "Muerte por acción de terceros". Y me describieron horribles heridas de bala. Días después, un hombre de 46 años murió a manos de una patrulla de infantes de Marina.
-Lo investigaré hasta las últimas consecuencias- dice, escueto y preciso.
Ramírez es de esos generales de acción que uno vería con el pie fuera del helicóptero sacudiendo la metralleta y dando órdenes en pleno campo de batalla antes que en un escritorio. Es buzo, piloto, paracaidista y comando. Trota 2 kilómetros todos los días.
Apenas asumió el domingo, se fue a patrullar personalmente Concepción. En un saqueo cerca del supermercado Olimpia, camino a Talcahuano, paró el vehículo y se lanzó pistola en mano a perseguir a uno de esos "malditos salvajes" que todavía merodeaban.
-Lo alcancé. Forcejeamos y lo reduje sin disparar un solo tiro.
El lunes siguiente, al amanecer, ya reinaba en Concepción una calma fantasmal.
-Eso es lo que quería de mis tropas -dice ahora-, una operación limpia. Y creo que lo logramos rápidamente.
Se oyen tiros en el conflictivo cerro Los Lobos en Talcahuano. El general va personalmente de patrulla. Escoltan su camioneta dos Hummer camuflados con la punto 30 en ristre.
-Vamos a ver si son tan recios estos gallitos- dice.
Pero tras dos semanas, "los malditos salvajes" ya no ofrecen resistencia. Unas cuantas fogatas. Gente en las esquinas, pese al toque de queda. Un adolescente intenta escapar apenas ve el jeep militar.
En Talcahuano la cosa va lenta y la gente comienza a desesperarse. Eso le preocupa. Como el general detesta reprimir, los ha tapado de ayuda. En su filosofía de terremotos, dos cosas son claves: servicios básicos y ayuda. "Saturar de ayuda", repite una y otra vez.
-Cálmate, cálmate- le dice Ramírez, riendo-, no te voy a detener… Dime ¿cómo es la situación en el cerro? ¿Qué has visto? ¿Sigue la violencia? ¿Qué te ha parecido la acción militar?
El joven lo resume en pocas palabras: "Mire, si no llega la luz y el agua, con milicos o sin milicos va a haber hueveo. La gente ya no da más".
-Gracias por tu franqueza- responde el general.
Pero ya lo sabía.
En Tocopilla, donde también hubo poblaciones conflictivas, como El Cobre y Padre Hurtado, aprendió que sin los servicios básicos la cosa no anda. Y en Talcahuano no anda. Recibió el tsunami de frente y los daños son severos.
En dos semanas, Concepción parece normal. Chillán, terremoteado pero normal. Talca y Curicó funcionan. Talcahuano, en cambio, parece Bosnia: apenas ha llegado el 30% de agua y luz. El centro urbano sigue devastado. Bancos, supermercados, empresas, municipio y farmacias en el suelo o saqueados o inundados. Y aún sin luces de cuándo puedan comenzar a funcionar.
-El toque de queda -comenta- sirvió para que el trabajador del agua, de la luz, pudiera dejar tranquilo su casa e irse a hacer su pega día y noche, que es urgente.
Pero algo no funciona en Talcahuano. La cosa va lento y la gente comienza a desesperarse. Eso le preocupa. Apagones y falsas alarmas de tsunami pueden provocar otro desbande social. Como el general detesta reprimir, los ha tapado de ayuda: sobran alimentos y ropa, incluso debió pedir que ya no envíen más.
En su filosofía de terremotos, dos cosas son claves: servicios básicos y ayuda. "Saturar de ayuda", repite una y otra vez.
-Aprendí en Tocopilla que restablecido el orden, hay que saturar de ayuda. Sin discriminar. No importa si sobra. O si llega dos veces.
Eso le generó críticas de su nueva jefa, la intendenta Jacqueline van Rysselberghe: "¿Para qué reparten velas, si ya volvió la luz?". Pero el general responde: "Hay que darle a la gente traumatizada la sensación de que no le va a faltar comida ni abrigo, para que se levanten y se pongan a trabajar. Ésa es mi experiencia".
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