Fotografía: Alfonsina Riffo
Lo primero que hacen los voluntarios al llegar al terreno donde construirán es conocer a la familia. Desde el principio, se pacta que ésta participe directamente en la construcción de su mediagua. Almuerzan y cenan juntos.
"La familia nos ve como un modelo a seguir. La mayoría de los voluntarios venimos de un lugar socialmente privilegiado. Tenemos que aprovechar eso para involucrarnos en todo aspecto", dice Gian Cofré (24), estudiante de Ingeniería Civil de la UC. Él está oficiando como líder de su cuadrilla. Y antes de llegar a construir, les pidió a todos que no dijeran garabatos, no se distrajeran del trabajo y pusieran ganas en levantar los ocho paneles de madera que arman los 18 m2 de estas viviendas.
Estos paneles son construidos en Santiago por la Fundación Hogar de Cristo Futuro. UTPCh se los compra -paga cerca de $500.000 por mediagua- y los acopia en un recinto especial que tiene cerca de su oficina central en la comuna de San Joaquín. Desde ahí salen hasta donde se necesiten.

En el trabajo en terreno hay tres reglas básicas: está prohibido llevar alcohol, drogas y tener sexo. "No venimos a carretear acá", cuenta José Pedro Silva. "Más de algún voluntario se ha ido después que dejamos claros los parámetros con los que trabajamos. Ahora no ha pasado. Todos estamos conscientes de que Chile está sufriendo y debemos levantarlo".
Levantar una mediagua tarda dos días. En tiempos normales, los beneficiados con estas viviendas pagan $40.000 por ellas. Desde Un Techo para Chile cuentan que es una cifra simbólica para darles "dignidad como propietarios de éstas". En el caso de los damnificados por el terremoto, la entrega es gratis.
Cada mediagua tiene su inauguración, donde hablan los jefes de cuadrilla. Cuando se entregó la vivienda a Rosalba Ávila, una frutillera de Chanco, le tocó hablar a Gian Franco Celle (24). Les dice que espera que la mediagua la resguarde a ella y a su esposo mientras apelan a su casa definitiva. Simbólicamente, le entrega una banda de inauguración improvisada y la invita a que conozca su nuevo hogar. Rosalba está llorando. No quiere que los jóvenes se vayan, por eso les cocinó sopaipillas y papas fritas. Es su forma de agradecerles.
En las mañanas se realiza "el envío": una ceremonia donde se recalca por qué están allí. "Llevamos días de trabajo sin parar. Estamos cansados y, a veces, perdemos el foco, por eso hay que recordar que nuestro trabajo es clave", cuenta José Pedro Silva.
"El cariño de la gente es lo que motiva a los jóvenes. Saber que su trabajo significa tanto para otros es lo que los hace colaborar todo el año en la fundación", explica Juan Pedro Pinochet.
Pese a las críticas que les han hecho, los voluntarios de UTPCh defienden su aporte. "Sabemos que trabajamos como un modelo de emergencia, la mediagua no es definitiva. La gracia es que la familia la use un año para luego apelar a la vivienda estable", dice José Pedro Silva. No niega que hay casos en que la estadía en las mediaguas se ha prolongado más de lo que quisieran. Pero entrega un dato clave: antes del terremoto, la organización no estaba construyendo viviendas de emergencia. "En teoría, en Chile no existía un lugar en el que el levantamiento de mediaguas fuera necesario. Ahora lo estamos haciendo por la catástrofe y estamos trabajando con familias que saben que ésta es una solución temporal".
En Chanco, la gente parece tenerlo claro. "Esta casa es por mientras me afirmo y logro volver a construir una estable como la que tenía antes", cuenta Francisco Torres, obrero agrícola, mientras mira su hogar: una casona colonial de 4 piezas que, en los próximos días, será demolida por los daños que le dejó el terremoto.

"Se ha dicho que son viviendas indignas -señala Juan Pedro Pinochet-, pero se trata de una construcción de emergencia. Si le agregamos más cosas, además de ser más cara, crecen las posibilidades de que la gente las utilice como viviendas estables. Por eso, tampoco creemos en su reutilización. El foco principal es que, tanto para la emergencia como para el trabajo estable de la fundación, las familias beneficiadas con la construcción apelen a una definitiva".
En Chanco y otras localidades afectadas, los voluntarios cuentan con el apoyo de los municipios -que les facilitan vehículos e información- y de los militares que operan en la zona, quienes construyen codo a codo con ellos. Los jóvenes dicen que todo el esfuerzo invertido vale la pena. Que sólo basta una escena como ésta para sentirse satisfechos: Guillermo González, un temporero del lugar, les agradece el trabajo, abre la puerta de su nueva vivienda y les dice: "Pasen, chiquillos, para que vean cómo adorné la mediagua que me hicieron".
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