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La ciudad de la furia

  • Fecha: 06 03 2010
  • Sección: Actualidad
  • Comentarios: 1

Fotografía: AP

Durante la noche del lunes, que era la segunda con toque de queda, todos los barrios organizaron guardias. En su casa de calle Freire, Eleasad Vargas, un hombre de 72 años que trabajaba como mecánico en Huachipato, miraba por los espacios que dejaba su reja, sujetando una escopeta que no había disparado en treinta años. Mientras la noche pasaba, repetía que esto, esta situación, era igual que lo que había pasado en 1973. Los delincuentes, igual que las catástrofes naturales, repetía, sólo podían controlarse con militares.

En medio de todo eso, empezaron a sonar cacerolas. Ésa era la señal de que alguien, un intruso al barrio, estaba dando vueltas. Eleasad, que dice que su nombre es bíblico, que es el mismo nombre que le dieron al hijo de Moisés, apuntó su escopeta y esperó a que alguien apareciera.

Pero nadie apareció.

Diez minutos más tarde, cinco balazos se escucharon cerca de esa casa. Al rato, también se escucharon aplausos. Cuando todo eso terminó, Eleasad volvió al interior de su casa y suspiró: "A mi edad, uno no debería andar jugando al Viejo Oeste".

Andrés Delard también pensó que él o alguno de sus vecinos tendría que disparar: "Al principio decían que los saqueos eran en zonas periféricas, no sé, en Lota, en Coronel… Pero después, por una vecina, supimos que habían saqueado el Santa Isabel de la esquina. Y sentimos miedo". Andrés tiene 29 años y antes del terremoto era un ingeniero constructor que trabajaba en la edificación de la segunda etapa del Hospital Las Higueras. La noche de la sacudida había ido con Vania, su novia, a la casa de unos amigos. Pero Vania se sintió mal y volvieron a su departamento. No pasó mucho rato antes de que la tierra comenzara a moverse. Lo hacía con violencia, de lado a lado y botando toda la vajilla y fotos que le recordaban a Andrés la familia que tenía en Santiago. Cuando todo se volvió demasiado violento, Andrés abrazó a Vania y a la hija de ella, pensando que si le tocaba morir prefería que fuera con ellas. Pocos minutos después que Concepción se detuviera, Andrés bajó y dijo que vio una ciudad fantasma, partida y fracturada.

Días después, cuando él y sus vecinos vieron que existía la posibilidad de que los saquearan, se organizaron y preguntaron quiénes tenían escopetas, rifles y pistolas. "Cuando llegas al punto en que tienes que preguntar si hay armas y quién está dispuesto a disparar -dice Andrés-, sabes que estás frente a una catástrofe".

Suenan las tanquetas

Las ciudades con toque de queda no parecen ciudades. Parecen ruinas. Parecen pueblos que se jodieron, que la gente olvidó. Concepción, después de las seis de la tarde, se veía así. Como una ciudad en ruinas, con militares portando metralletas en cada cuadra. Militares con distintos uniformes, que caminan pidiendo a cada auto que se detenga y les entregue un salvoconducto y un carné de identidad. El lunes, con la llegada de una importante dotación militar, Concepción se vio protegida en muchas cuadras por jóvenes armados que probablemente habían dejado de ser menores de edad hace muy poco.

Uno de los puntos importantes de esta ciudad custodiada era el Centro de Operaciones Terrestres (COT). Ahí se entregaban salvoconductos y el general Ramírez, un militar a cargo, hacía sus anuncios. No muy lejos de ahí estaban los tribunales y la plaza que los rodea. Allí, desde hacía 60 años, había una estatua de Bernardo O'Higgins sobre una base de seis metros. Pero ahora estaba en el suelo. El terremoto la había botado y con el impacto se había partido. El martes, en la tercera noche de toque de queda, O´Higgins descansó en el suelo y desde allí miraba la leyenda incrustada en su base: "Vivir con honor, o morir con gloria".

La noche del lunes -la segunda con toque de queda-, todos los barrios organizaron guardias. En su casa de calle Freire, Eleasad Vargas (72) miraba por los espacios que dejaba su reja, sujetando una escopeta que no había disparado en treinta años. Mientras la noche pasaba, repetía que los delincuentes, igual que las catástrofes naturales, sólo podían controlarse con militares.

La tercera noche ya no se escucharon balazos. Tampoco se supo de saqueos.

Pero de una u otra forma, ese enemigo interno seguía ahí. Como cuando el cuerpo de bomberos trató de controlar el fuego que se había iniciado en La Polar y que se había expandido a un supermercado vecino. Al entrar, se toparon con que aún había una persona saqueando, a pesar del humo y sin miedo al fuego. Al final, el saqueador tuvo que retirarse a pedido de carabineros. La persona que salió era un hombre calvo, de unos cincuenta años, que finalmente se retiró como si nada. Quizás así es como funciona la desesperación. Podía hacer que cualquiera, incluso un cincuentón pelado, escarbara en el suelo de un supermercado que ya había sido saqueado y, pese al riesgo de incendiarse, buscaba algo que comer. Mientras el tipo se alejaba, el comandante Hofmeister, el bombero a cargo, lanzó su pequeña confesión: "Uno nunca hubiera imaginado que en Chile la gente iba a ser tan flaite".

En todo caso, también es cierto que en Concepción el miedo se ha calmado. Ya no suena. O quizás ya no suena tanto. Hay partes de la ciudad que ya recuperaron la luz y el agua. Algunos supermercados se han reactivado de a poco, permitiendo que la gente no compre más de lo que puede llevar en una bolsa. Y también se ha sabido de empresas que planean volver a trabajar desde el próximo lunes. Las bombas de bencina siguen atendiendo, con cargas de no más de 10 mil pesos por persona y con filas de más de 200 penquistas que dan vueltas a la cuadra.

Pero en Concepción, el suelo aún no se ha calmado.

Las réplicas se sienten. En la noche, en el día y en las tardes, como la del miércoles, cuando después de un temblor fuerte la policía dio alerta de tsunami y pidió que se evacuara la ciudad. Pero ese pánico y esa vuelta al miedo que suena a gritos sólo duraría un rato. Los mismos policías dirían, minutos más tarde, que todos volvieran a sus casas. Era una falsa alarma.

Así es la rutina aquí. Calmando el miedo y observando lo que queda de una ciudad que sigue girando en torno a la "zona cero". Ahí, mientras las máquinas taladraban y rompían lo que quedaba del edificio Alto Río, un niño caminaba con su madre frente a un letrero que decía que allí habían muerto 7 personas. Mirando la basura del suelo, el chico le preguntó quién iba a limpiar todo eso.
Ella no supo qué responderle.

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