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La ciudad de la furia

  • Fecha: 06 03 2010
  • Sección: Actualidad
  • Comentarios: 1

Fotografía: Juan Farías

Suena la interferencia

Las tragedias tienen una estética. Una narrativa y una forma de contarse. Después del terremoto de la madrugada del sábado, el único adjetivo para referirse a lo que había pasado era "dantesco". Las grietas en los edificios eran dantescas. Los escenarios en las calles eran dantescos. La miseria, la precariedad y esa sensación de volver a foja cero, si se quiere, era también dantesca.

Pero la tragedia y la muerte, sobre todo cuando vienen por causas naturales, también tienen mucho glamour. Uno se da cuenta de eso cuando el abrazo entre dos sobrevivientes, dos ancianas que hasta hace días no eran más que vecinas que se topaban en los pasillos y en el estacionamiento, es motivo suficiente para encender las cámaras y transmitirle al país en directo. El área donde se había caído el edificio Alto Río, en el barrio cívico, ahora había pasado a llamarse "zona cero". Hasta ahí llegaron todos los móviles y vans de los principales noticiarios de Chile. Y llegaron con sus rostros más importantes. Si el país iba a enterarse de lo que aquí había pasado, lo haría con sus mejores caras. En una ciudad que no tenía nada, ni agua, ni luz, ni internet, donde penaban militares y donde saqueo era una palabra y un verbo que se pronunciaba con demasiada frecuencia, algunos periodistas llegaban a la "zona cero" con señales satelitales y kits de maquillaje en sus bolsillos.

Pero el glamour, frente a los muertos, también tiene sus límites. Ya en la tarde, cuando los periodistas se habían metido a las mismas entrañas de lo que quedaba del edificio Alto Río, apareció uno de los siete cadáveres que rescatarían bomberos locales, de Santiago y algunos que acaban de regresar desde Haití. Y nada te prepara para ver un muerto. Porque un cuerpo hinchado, morado, amarillento y tapado con el polvo de su propio departamento no se parece en nada al glamoroso cadáver que se ve en las series del cable. Un militar de apellido Díaz, que era el que mandaba en la "zona cero", pidió a gritos que sacaran a la prensa cuando apareció ese cadáver. Sus razones, a pesar de que no las necesitaba, eran simples: "Es bastante morboso que vean un muerto pasando, hecho pebre en la camilla".

Concepción sonó a interferencia porque después del viernes dejó de ser una ciudad que quedaba seis horas al sur de la capital. Concepción era, de pronto, una ciudad aislada. Donde los celulares no pescaban, o pescaban a veces, y donde mucha gente, militares y periodistas, tenía que seguir llegando. Pero sin saber bien dónde quedarse. Suponiendo que habría algo, algún hotel, hostal o pensión que recibiría su dinero. Pero estando aquí, vieron que la única opción eran los propios autos en los que habían llegado. Concepción llegó a un punto en donde la plata ya no servía. Donde lo que mandaba era la más primitiva de las transacciones. Una botella de agua, un bidón de bencina, una cajetilla de cigarros o algo para comer eran las monedas de cambio.

Ésta era una ciudad donde por la tarde una turba saqueaba y quemaba una sucursal de La Polar. Y en La Polar no había leche ni comida. Había plasmas, lavadoras, refrigeradores. Nada que alguien necesitara en una ciudad que aún no tenía electricidad. Los vecinos decían que después, para deshacerse de las cosas, vendían televisores a $ 20 mil y celulares a $ 5 mil.

Un poco más allá, pasado el cerco militar que protegía a los móviles y las cámaras, había barricadas. Los vecinos habían tomado los mismos trozos y pedazos de sus casas derrumbadas para separar sus calles y cuadras. La razón era simple: el miedo a los saqueos. La explicación era casi la misma en todas partes. El sábado, después del terremoto, la gente no salió mucho a las calles. La mayoría prefirió no hacerlo. En ese estado de incertidumbre, cuando los penquistas pudieron darse cuenta de que estarían aislados por algún tiempo, comenzó el mecanismo del pánico y la desesperación.

María de Villalobos y Margarita Voglio son mujeres mayores que viven en el barrio Prat, que es una especie de barrio Diez de Julio en versión penquista. Un sector comercial que es una suerte de supermercado para el auto. Pero donde también viven varias familias. María y Margarita están sentadas cerca de una de estas barricadas armadas con piedras, tablas de madera y ladrillos, diciendo que van a tener que matarlas "antes de saquear sus casas". Dicen que el domingo turbas de la periferia, que en este caso está al otro lado del río, llegaron en camionetas, en grupos de 20 personas, para saquear el Lider de la esquina. Repiten que llegaron con hachas y escopetas hechizas. Que las intimidaron. Que dijeron que si trataban de detenerlos, iban a matarlas. Por eso, explican las dos, se organizaron para cerrar su calle. Con otros vecinos se turnan la guardia de la cuadra y hacen relevo cada dos horas. Antes de despedirse, dicen que se sienten desprotegidas. "El gobierno se demoró demasiado en decretar el toque de queda. Y no nos han ayudado. Hay un terremoto en Haití y mandan militares altiro. Y aquí, todavía los estamos esperando".

Suenan los balazos

Pobladores

Foto: Rodrigo Sáenz

La historia reciente latinoamericana no es muy benigna con los militares. Hemos aprendido que la imagen de una ciudad tomada por tipos con metralletas no es buena. Pero en Concepción, el lunes por la tarde, la gente aplaudió la llegada de tanquetas, vehículos blindados y personal militar que estaría encargado de controlar la ciudad y establecer un toque de queda que se extendería entre las seis de la tarde y el mediodía siguiente.

En el centro, una mujer y su familia agitaban su bandera chilena y gritaban "¡Viva las Fuerzas Armadas!", mientras pasaba un convoy blindado que parecía listo para ir a combate. En Concepción, la única forma de desplazarse fuera del toque de queda era con un salvoconducto que, básicamente, es un papel firmado por algún oficial que significa libertad en una ciudad donde forzosamente se necesitaban restricciones.

Pero la sola llegada de los militares no iba a calmar todo. Mal que mal, ésta era una ciudad donde por la tarde una turba saqueaba y quemaba una sucursal de La Polar. Y en La Polar no había leche ni comida. Había televisores plasmas, lavadoras, refrigeradores y ropa. Nada que alguien pudiera necesitar en una ciudad que aún no recuperaba su electricidad. Los vecinos decían que después, para deshacerse rápido de las cosas, se vendían televisores a 20 mil pesos y celulares a 5 mil.

Ese incendio en La Polar, que dejó un muerto y un herido, no pudo apagarse porque Concepción aún no tenía agua. La columna de humo ennegreció toda la ciudad con una nube tóxica, que parecía decir que, de aquí, Dios se había ido.

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