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La ciudad de la furia

Por: Andrew Chernin, desde Concepción

Después del terremoto, en Concepción no sólo hubo pánico. También hubo caos, saqueos, vecinos armados, toque de queda, salvoconductos y un contundente cuerpo militar que tomó el control de las calles. Una ciudad como en guerra. Donde el miedo adopta distintos rostros y se mezcla con la violencia. Aquí, sin exagerar, el miedo tiene hasta sonido.

  • Fecha: 06 03 2010
  • Sección: Actualidad
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El miedo suena. Y tiene distintos sonidos. Concepción, después del terremoto del sábado, tuvo la triste distinción de conocerlos todos. Cada una de sus variedades. Concepción, que hasta la madrugada del 27 de febrero estaba dentro de las tres ciudades más importantes de Chile, se vio convertida de un minuto a otro en Haití. O en lo que uno, lo suficientemente lejos de ese país, se imaginaría que es Haití. Con calles sucias. Con gente corriendo por las avenidas con bolsas, a veces repletas, a veces no tanto, de cosas que no son suyas. Que no habían comprado. Gente que corre con cosas que, si no hubiera sido porque el suelo se sacudió tan violentamente, no habrían sido suyas. Concepción, es jodido decirlo, no se parecía a Chile.

La ciudad, dos días después del terremoto, recibía al visitante con esa imagen. Todas las veredas estaban repletas de cajas y bolsas que, probablemente, habían salido de alguno de los supermercados que tenían cerca. Y esos supermercados estaban con los vidrios rotos, con las puertas pateadas y forzadas y despojados de cualquier cosa. El lunes primero de marzo, poco antes de la hora de almuerzo, Concepción era un lugar inusualmente frío y nublado, donde los policías que habían salido a la calle sólo podían ver cómo las turbas se movían. Turbas que no eran delincuentes encapuchados, sino familias que salían enteras. A buscar leche. A buscar ropa. Y con demasiada frecuencia, a buscar otras cosas también.

El día en que marzo partió, Concepción era como uno piensa que sería la anarquía. Con autos desplazándose lo inimaginable por bencina, pero sobre todo con gritos. Porque así suena el miedo cuando nadie puede frenarlo. A gritos y a corridas en la calle.

Pero antes de todo eso, hubo silencio.

Suena el silencio

El edificio Alto Río, en la calle Padre Hurtado, entre Los Carrera y Maipú Poniente, era quizás unos de los símbolos del nuevo Concepción. La constructora Socovil lo había entregado, dicen los vecinos, en marzo de 2009 y quedaba en una zona que olía a nueva: el barrio cívico, que no llevaba más de cuatro años y que se ubicaba donde antes estaba la estación de ferrocarriles. Ahí había un supermercado Lider gigante y estaban los modernos edificios del gobierno regional, hechos de acero y vidrio y que simulaban las formas de un container. El edificio Alto Río tenía 15 pisos y diez departamentos por piso. Ofrecía departamentos de entre 49 y 67 metros cuadrados. Los precios, explican Juan Carlos Retamal y su esposa Ismenia -que vivían ahí hasta la madrugada del sábado-, iban entre las 1.000 y 2.600 UF. Es decir, era un edificio para clase media. Gente que, en la mayoría de los casos, venía de la periferia. De Lota, de Coronel, pero que habían hecho el esfuerzo suficiente para comprar un departamento que les acortaría los traslados. Que los dejaría más cerca del trabajo y del colegio de sus hijos.

El edificio Alto Río tenía 15 pisos. Ofrecía departamentos de entre 49 y 67 metros cuadrados. Los precios, explica Juan Carlos Retamal -que vivía ahí hasta el terremoto-, iban entre las 1.000 y 2.600 UF. Era un edificio para clase media. Gente que en su mayoría venía de la periferia y había hecho un esfuerzo para comprar un departamento que les acortara los traslados.

El edificio Alto Río se convirtió ahora en un nuevo símbolo. Porque el terremoto logró botarlo y pasó a ser una pequeña metáfora de cómo un sacudón terrible, pero que sólo dura minutos, puede partir una ciudad. Antes del sábado, el barrio cívico era, dentro de todo, una zona tranquila. Pero cuando faltaban unos veinte minutos para las cuatro de la mañana, el edificio Alto Río se sacudió de lado a lado, cayó de espaldas y se partió en dos.

Ahí fue cuando el silencio terminó.

Juan Carlos, Ismenia y sus hijos vivían en el piso 12. Dicen que estaban durmiendo, que ese viernes lo habían vivido sin contratiempos. Como corresponde a un viernes previo a la semana en que comenzaban las clases. Dicen también que el sábado tenían pensado ir a la Fiesta de la Chilenidad en Collao. Pero claro, todo eso se fue al carajo en el minuto en que se vieron cubiertos de murallas, alambres y cemento, sin entender qué los había despertado.

Alto Río

Foto: Pedro Rodríguez

Ismenia dice que cuando su edificio ya se había tumbado, lo único que escuchaba eran "gritos llamando a familiares y pidiendo ayuda". Ella y su familia tuvieron que encontrarse y escarbar hasta descubrir su salida. Lo mismo hizo Álex Tapia, un marino ecuatoriano que se había mudado de Viña a Concepción hace pocas semanas y que vivía en el 601 con su mujer y sus dos hijos. El lunes, Álex y varios otros sobrevivientes estaban ayudando a los bomberos a iniciar las labores de rescate. Ahí, Álex les decía que después que todo se sacudió pendularmente sintió que se "caía al abismo". Que el suelo lo chupaba y que los muros se le venían encima. Que lo que normalmente era vertical, ahora descansaba horizontalmente. Álex, con un ojo hinchado y morado, básicamente describe eso como el infierno. Cuando el edificio ya yacía acostado, reunió a su familia y escarbó 25 metros. Pensemos en eso. En lo que sería escarbar casi catorce veces la altura de un hombre promedio, sólo siguiendo una luz porque, como él pensó, "ésa podía ser una salida".

Afuera, ese mismo lunes primero de marzo, también estaba José Molina. José es grande, tiene 28 años y estaba ordenando algunas prendas que habían podido sacar de su departamento. José se queja. Dice que necesita pañales para su hija, pero que en la ciudad los están vendiendo a diez mil pesos. También explica que pudo salir por suerte. Pero que ahora no quiere que lo molesten. Porque está ocupado tratando de rescatar lo que pueda y porque está muy preocupado por su hija: "No tiene ropa, pañales, nada". Después apunta al edificio caído, a los departamentos que ahora, entre fierros y concreto, miran de frente al cielo. Y dice algo.

-¿Ves ese autito rosado que está ahí tirado?

José señala un auto chico y de plástico. Algo que se encontraría en un catálogo de Barbie.

-Ése era uno de los juguetes de mi hija.

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