Enrique Espinoza y su esposa Roxana Moreno no alcanzaron a cumplir un año como propietarios en el edificio "Emerald", en Ñuñoa.
A ellos también les pega el terremoto, a la generación que aspiró a tener algo propio, para lo cual pagan sagradamente un dividendo de 200 mil o 300 mil pesos; les pega a los que tuvieron que sacar a la calle sus camas nuevas, sus colchones aún envueltos en plástico, sus refrigeradores con autoadhesivos de fábrica intactos… y meter todo en camiones de mudanza que nunca pensaron volver a ver tan pronto.
La escena se multiplica por decenas en edificios nuevos que ya no sirven, tan nuevos en algunos casos que ni siquiera se terminan de vender, y por eso, por albergar esa promesa de futuro esplendor, se creían invencibles. Por ser la meta cumplida de muchos de los nacidos en los 70, fue que el día del temblor no teníamos velas de seguridad y alumbramos con velas aromáticas; quizás tampoco teníamos fósforos porque usamos agua caliente de caldera y la cocina funciona con chispero eléctrico. Ése fue el remezón más cruel: un baldazo que nos echa encima nuestra precariedad, que devora títulos universitarios y postgrados; una catástrofe que a muchos les hizo recordar la del 85 y, con eso, el barrio de donde venían.
El del sábado fue un terremoto que agrietó paredes con papel mural impecable, que levantó pisos flotantes que olían a Brillex, que reventó baños con espejos de muro a muro y estropeó sistemas de calefacción por losa radiante que nunca llegaron a ocuparse. Por ahí se extiende la otra grieta de esta carajada, hacia los que cada tarde, recién llegados del trabajo, pasean a su guagua en coche, y que después, cuando la cría se haya dormido, se turnarán para salir en bicicleta o a trotar con los audífonos enchufados. A ellos les ha pegado hasta dejarlos en la calle o, en el mejor de los casos, hasta mandarlos de vuelta a la casa de sus papás con una inmensa sensación de derrota.
Pese a todo, los habitantes del edificio "Emerald" han mantenido la calma. El presidente de la junta de propietarios es ingeniero y eso les ha dado un poco más de seguridad respecto de las decisiones por venir, de modo que pudieron continuar con la evacuación en silencio, con una dignidad inquebrantable, propia de los que saben que saldrán a flote, aunque les cueste, aunque hoy mismo piensen que no se puede. Por eso no contestan a una vecina del edificio contiguo que reclama porque es probable que si todo sale mal, si viene otro temblor tanto o más fuerte que el del sábado, el "Emerald" caiga encima. Es una mujer rubia, bronceada y vestida con un buzo gris. Gesticula, grita, se enoja con la prensa, se enoja con los carabineros y con los conserjes. Es de esas mujeres que hablan apuntando con el dedo. Luego se cansa, se va y todos siguen metiendo sus cosas en los camiones de flete.
A diez pisos de allí, Enrique Espinoza organiza junto a su esposa Roxana Moreno el desalojo de su departamento. Compraron uno de dos dormitorios con espléndida vista a la cordillera. Les costó cerca de 50 millones de pesos y dieron un pie de diez. Enrique y Roxana se casaron para vivir aquí. En mayo recién cumplirían un año como propietarios, pero hoy todo se ha transformado en improvisadas cajas de embalaje y bolsas saliendo en medio del desorden que combaten con la generosidad de amigos y parientes que han venido a ayudar.
Ése fue el remezón más cruel: un baldazo que nos echa encima nuestra precariedad, que devora títulos universitarios y postgrados; una catástrofe que a muchos les hizo recordar la del 85 y, con eso, el barrio de donde venían.
En el momento en que comenzó el terremoto, Enrique celebraba orgulloso sus treinta años: casado, con departamento propio y trabajo estable como ingeniero en construcción. Por eso que en el living aún hay algunas bandejas y vasos de la celebración interrumpida. Hoy no es fácil caminar aquí. El suelo está inclinado y se nota. Hacemos la prueba de la botella y ésta rueda hacia la pared.
Este departamento es su primera propiedad. Antes Enrique vivía con sus padres en Macul, en una casa antigua. "Pensaba que esto era la modernidad, pero resulta que tuve que volver donde mis papás, porque a su casa sí que no le pasó nada. Es el único lugar seguro que hoy tengo", dice.

Recuerda que apenas terminó el remezón, tomó las llaves del auto y se fue con su mujer, sospechando que si bien el edificio probablemente no se caería ("a menos que haya un temblor muy grande de nuevo", como le ha dicho un técnico a la pasada), sería muy difícil volver a vivir allí.
"Hay que esperar a que decanten las aguas. En este rato deben estar todos arremolinados en la puerta de los bancos pidiendo que se activen los seguros", dice Enrique. "Pero no todos los tienen. Hay muchos que compran sin mucha idea, se quedan con créditos hipotecarios baratos pero sin gran cobertura. A veces los bancos no te detallan eso. Por suerte no es mi caso", explica y a sus espaldas se oye el estallido de un plato que cae en la cocina.
Enrique vuelve al embalaje de sus cosas. Aprovecha ahora que es lunes, pues mañana en la noche se correrá la voz de lo que realmente pasa en el edificio. Entonces llegarán las cámaras de televisión y cientos de curiosos; las acciones de la empresa constructora caerán varios puntos en la Bolsa, el alcalde de la comuna será entrevistado por cadenas radiales anunciando como nuevo lo que se sabe desde el sábado, Carabineros cortará el tráfico una cuadra a la redonda, y el "Emerald" se sumará, con toda propiedad, al inventario del horror.
* Escritor y periodista
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