Matanzas, VI Región
Habíamos hablado miles de veces de la posibilidad de un maremoto. Pero siempre como talla más que algo real. El hotel está en la playa, a 200 metros del mar. Por eso, yo estaba consciente de lo que había que hacer en un tsunami.
Esa noche me quedé a dormir en el hotel. Apenas sentí el terremoto, salí de mi pieza con dos personas que trabajan allí, con la idea de evacuar a la gente. había 20 huéspedes y cinco empleados. Tocamos puertas y gritamos para que todos salieran. Agarré agua, frazadas, un computador y algo de plata en efectivo. y partimos rápido hacia los cerros.
Al principio creímos que no podríamos avanzar, porque se cayó una pandereta de la entrada del hotel y los autos no podían salir. En una camioneta 4x4 logramos por fin pasar sobre los escombros. Nos demoramos entre tres y cinco minutos en llegar al camping que está a 200 metros hacia el interior, sobre una duna. Ahí vimos cómo la primera ola sacudió al hotel. Fue muy fuerte. La violencia con que entró el agua a las piezas fue impactante. las olas movían los autos en el estacionamiento. Había un jaguar que quedó lleno de agua. al día siguiente lo secaron y se salvó.
Ahora hay camas adentro de los baños, puertas rajadas, todo tirado y lleno de vidrios rotos. el hotel tenía un muelle hacia la playa que fue arrastrado un kilómetro hacia el norte, y una terraza que quedó en la mitad del pueblo. También teníamos un domo grande que quedó 500 metros hacia el interior.
El panorama en la playa era desolador. Vimos gente que estaba en la arena y se agarraba de una reja para que no se los llevara el mar. Había un niño que se soltó y quedó enterrado hasta la mitad en la arena, pero lo pudieron sacar vivo. Había un auto flotando y otro con personas adentro que fue arrastrado por el río hacia el interior. Menos mal que no hubo muertos.
Como a las 7:30 de la mañana bajamos con tres personas que trabajan conmigo a tratar de salvar cosas. por suerte, en vez de ir directo hacia el hotel pasamos primero a la casa de uno de ellos que queda al lado, pero más hacia el lado de la calle. Estábamos recuperando remedios cuando nos empiezan a gritar que viene el mar de nuevo. Por puro instinto, nos subimos al techo y no nos pasó nada. Uno de los huéspedes, que había bajado a sacar sus cosas, se accidentó la pierna.
A casi una semana del desastre, está todo más tranquilo. Nosotros tenemos un seguro contra este tipo de eventos, así que espero que todo salga bien y podamos levantar el hotel para tenerlo funcionando para el próximo verano.

Lima
Ni sentí el terremoto. No es que tenga el sueño muy pesado. Es que estaba a miles de kilómetros del epicentro y a miles de metros de altura. Iba viajando de vuelta a Chile. Me enteré del desastre apenas mi vuelo aterrizó en Lima. Había estado en Ciudad de México por trabajo y aquí tomaría la escala final hacia Santiago. Ese mismo día me reuniría con mi familia que regresaba de la playa. Pero El destino quiso otra cosa. Apenas aterricé, prendí el celular y entraron un montón de mensajes preguntándome ¿dónde me había pillado el terremoto?, ¿cÓmo estaba mi familia? Sentí como se me apretaba el corazón. Curiosamente, no tuve problemas inicialmente para contactar a mi familia (Más adelante, la comunicación sería un calvario). Sentí alivio al escuchar la voz de mi señora que me confirmaba que los niños y el resto de mi familia estaban bien. Pero la tranquilidad duró sólo unos segundos, cuando noté el tono de angustia en su voz: sola, a oscuras con cinco niños, habiendo tenido que subir varias veces a lugares más altos por el temor a un maremoto. yo tenía que volver lo antes posible. A minutos de salir del avión, supe que eso sería casi imposible. me fui uniendo a pasajeros que también iban a Chile. Algunos habían tenido que regresar a sÓlo una hora de llegar, alarmados con el mensaje del piloto: "Ha ocurrido un terremoto en Chile. No podemos comunicarnos con Santiago. Tendremos que aterrizar en Lima".
Lo que siguió después fue una tragicomedia de desorganización. Superado por la ansiedad de los pasajeros, el personal de la aerolínea comunicaba mensajes contradictorios. Después de hacernos esperar unas horas para un comunicado oficial, éste se redujo a decir que había ocurrido un terremoto y que el aeropuerto de Santiago estaba cerrado por daños. Que recién en 72 horas se reanudarían los vuelos. se nos avisó a los pasajeros en tránsito que seríamos enviados a hoteles. tuvimos suerte, pues pasajeros de otros aeropuertos tuvieron que dormir en el terminal.
A pesar de un asoleado día en Lima, era difícil despegarse del televisor y reintentar llamar a familiares y amigos. También era casi imposible conectar con el call center de la línea aérea para saber cuándo podríamos volver. apenas pude dormir esa noche. Al día siguiente partimos al aeropuerto. Después de mucha espera y nerviosismo, pude despegar cerca de las 9 pm del domingo 28. Después de una escala en Antofagasta para hacer policía y aduana, aterrizamos en un oscuro aeropuerto de Santiago, que fue el primer testimonio directo que tuvimos de la dimensión del terremoto. Cansado pero feliz, llegué a mi casa el lunes a las 7 de la mañana.
Algunos piensan que no haber vivido el catastrófico terremoto y las interminables réplicas nos separa de la inmensa mayoría de chilenos que experimentaron el trauma. No estoy de acuerdo. La angustia de estar separado de tu familia, con nula o muy limitada comunicación, y la impotencia de no poder acompañarlos también generan dolor y tristeza.

Constitución
Sentimos el movimiento y de inmediato nos despertamos. Tomamos a Octavio, mi guagua que va a cumplir dos meses, nos vestimos y partimos. Estábamos en una hostería frente al Río Maule, en Constitución. Teníamos que escapar. En cualquier minuto el agua inundaba todo.
Nos subimos al auto y mi tío manejó en dirección al cerro. Ya había casas derrumbadas, por lo que cientos de personas estaban en lo mismo que nosotros. Enfilamos por una calle y, en dirección contraria, venía un auto. El conductor gritaba que nos devolviéramos: el mar se había desbordado y una ola gigante iba a arrasar con todo. Doblamos y nos metimos a una calle sin salida. Por la izquierda venía el mar. Por la derecha, el río. La corriente del océano nos arrastró e hizo que el auto impactara en un gran tronco, que sirvió para amortiguar el flujo de las aguas. Daniel, mi marido, se subió al techo del auto y sacó a Octavio por la ventana. No sé cómo, logró subirme a mí y a mi tío. Aun así, había que subir más. El nivel del agua aumentaba y pronto nos iba a alcanzar. Después, trepó por las ramas del tronco y comprobó que eran firmes. Me pidió que le pasara a Octavio. Estiré los brazos y nunca solté la cuna en la que estaba mi hijo hasta que mi esposo la tuviera firme. Pero él sintió que estaba liviana. Nuestro niño se había caído. Estaba todo oscuro, pero la luz de la luna sirvió para ver cómo Octavio flotaba en el agua.
Daniel se tiró a rescatarlo. Yo lloraba y gritaba. Pensé que mi hijo había muerto. En unos segundos, mi marido rescató a Octavio y me lo pasó. Él quedó abajo, flotando. El mar se recogió y Daniel aprovechó de abrir la maleta y sacar una muda de ropa para mi guagua. Lo sequé y recé. Nunca he sido muy católica, pero en ese momento le pedí a Dios que nos ayudara. Sabíamos que en cualquier minuto podía venir otra ola, así que tratamos de escapar hacia un sitio más alto. Pasó un auto y ofreció llevarnos, pero sólo tenía un cupo. Daniel me metió a la fuerza y me puso a Octavio en brazos. "Nos vemos mañana en la hostería", me dijo. Yo quería quedarme con él, pero no sé nadar.
Llegué a una casa grande, arriba de un cerro. Ya no había peligro. Me pasaron ropa seca, me dieron comida y abrigo. yo no paraba de llorar. Cuando me di cuenta que Octavio me miraba fijo y no lloraba ni chistaba, atiné: estaba en shock. Me calmé. Llegó mucha gente a pedir asilo a esa casa. Me contaban que vinieron tres olas más. Que Constitución ya no existía. yo no supe más de mi marido y tío hasta el otro día, cuando a las 5 de la tarde logramos comunicarnos. Estaban sanos y salvos. lograron escapar a un cerro; el mar no se los llevó. Todavía estamos asimilando todo lo que nos pasó. El pueblo ya no existe. Nos salvamos de milagro. Ahora creo firmemente en la existencia de un ser supremo que esa madrugada del 27 de febrero nos ayudó a lograr lo imposible: salir vivos del terremoto.
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