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¿De qué meritocracia me hablan?

Iván Vargas

Iván Vargas

Apenas Iván Vargas (19) abrió el facsímil de la prueba de Lenguaje y Comunicación, se dio cuenta de que ahí no había nada que él pudiera responder. Y esto no era algo por lo que a él se le pudiera culpar. A menos, claro, de que se le pueda echar la culpa de vivir en Pudahuel, de haber estudiado en el Liceo Alberto Galleguillos, de haber egresado con un promedio de 6,2 de un colegio que, entre marzo y septiembre, sólo le ofreció dos clases de castellano. El profesor que impartía esa clase tuvo cáncer al colon y en el liceo no encontraban un reemplazante.

Cuando Iván no estaba estudiando, trabajaba en una carnicería en Maipú donde también lo hace su padre. Iván dice que era bueno calculando precios. Que no por nada salió con un 7.0 en matemáticas. La ironía, en todo caso, es que a pesar de trabajar con carne, Iván a veces no tenía qué comer. Llegaba a la casa de su madre, que lleva años separada de su padre y es secretaria en la municipalidad, sin alegar. En vez, le contaba que tenía sueños. Que pensaba que podía ser ingeniero en informática o estudiar diseño gráfico. Y ella le decía que claro, que todo se podía.

Entonces hay que imaginar cómo se tiene que haber sentido Iván, sin clases de castellano, con sueños, esperando dos horas frente a su computador, sólo para recibir puntajes como éstos: 295 en Lenguaje y 458 en Matemáticas. Aun así, Iván no siente que le jugaron chueco. Sólo espera ganar la Beca Nuevo Milenio para poder estudiar en el Inacap. Y si eso sucede, si la suerte le permite ser profesional, promete "pagarle unas vacaciones a mi viejo y pagarle todas las deudas a mi vieja".

Marjorie Romero

Marjorie Romero

Marjorie Romero (18) siempre quiso estudiar Medicina. Pero sabía que para que una chica como ella entre a la universidad, hay que esforzarse el doble. Nació y se crió en la población Lo Hermida, en Peñalolén, y en vez de elegir la salida fácil -"la delincuencia para subsistir", como ella misma dice-, escogió el estudio. Su mamá feriante y su papá capataz de construcción siempre le dijeron que el mejor camino para ser alguien en la vida era educándose. Y Marjorie se acordó de eso cuando iba en sexto básico: decidió darle la espalda a las malas influencias y enfocarse sólo en estudiar. Su colegio, el Liceo Antonio Hermida Fabres, nunca se caracterizó por preparar alumnos de excelencia. Por eso, ella se preocupó de utilizar todos los medios a su alcance para subir su rendimiento.

En segundo medio, y gracias a sus buenas notas, accedió al programa PENTA UC, que premia el talento académico de jóvenes provenientes de lugares en desventaja social. Allí Marjorie dice que por fin tuvo clases realmente exigentes, con profesores universitarios y asignaturas específicas. El programa le enseñó lo que al colegio se le había olvidado: Física y Química, dos áreas esenciales para estudiar lo que ella quiere. Viendo el gran esfuerzo de la joven, sus padres ahorraron para pagarle un preuniversitario en su último año de enseñanza media. Ella, esgrimiendo sus buenas notas, consiguió que le rebajaran la mitad del precio de la matrícula.

Llegó confiada a rendir la PSU. Y promedió 701 puntos (743 en Lenguaje y 660 en Matemática), que contrasta con el promedio de 455 puntos que obtuvo su colegio. La próxima semana, el alcalde de Peñalolén, Claudio Orrego, la premiará con una beca de excelencia académica para la Educación Superior. Pero Marjorie no piensa usarla. Porque aunque le fue bien, ella quería sacar más puntos y matricularse en la Universidad de Chile. Con el puntaje obtenido, dice, no le alcanza. "Me esforcé tanto por conseguir mi sueño, que ahora que estoy tan cerca no me voy a rendir", cuenta. Seguirá trabajando en el puesto que su mamá tiene en la feria de Las Perdices para ahorrar dinero, hacer preuniversitario y rendir de nuevo la prueba. Sus papás, asegura, la apoyan en todo."Soy la primera en mi familia que tiene rendimiento para ir a la universidad. Ellos siempre me han instado a luchar por mis metas. Y yo quiero estudiar en la Chile. Punto", insiste.

Exequiel Cerda

Exequiel Cerda

Exequiel Cerda (18) lo dice claro: le habría gustado tener más plata. Proviene de una familia de escasos recursos en Lo Espejo, con un papá que nunca conoció -"no quiero hablar de eso", advierte- y una mamá dueña de casa que, en tiempos de escasez, plancha, lava y hace aseo en casas ajenas. Desde chico, siempre supo que la única manera de cambiar un futuro que se le venía difícil era estudiando. Y mucho. Por eso, cuando entró al Liceo Polivalente B-133 decidió que iba a ser el mejor. En la enseñanza media jamás obtuvo una nota roja y cuando se sacaba menos de un cinco, iba personalmente a hablar con los profesores para enmendar la situación. Dice que evitó las malas juntas y decidió invertir su tiempo en estudiar y trabajar como empaquetador los fines de semana. Egresó de cuarto medio con promedio 6,4 y fue el mejor alumno de su generación. Su mamá, declara, está orgullosa. Pero él no. Porque insiste en que le habría gustado ser más pudiente. No para ayudar en su casa. Tampoco para mantener a su madre y su hermana. Sino porque con más dinero, asegura, podría haberse costeado un preuniversitario. Y no pasar por el trago amargo que hoy le duele: promedió 543 puntos en la PSU.

"Siempre supe que no iba a sacar puntaje nacional, pero traté de prepararme lo mejor que pude para rendir un buen examen", cuenta. Y esa preparación corrió por su cuenta. Hizo pocos ensayos y tuvo escaso reforzamiento de las asignaturas incluidas en la prueba. El promedio de la PSU en su colegio rozó apenas los 405 puntos.

Como será imposible matricularse en Derecho en la Universidad de Chile, como él quería, dice que tuvo que cambiar de planes. No quiere dejar pasar un año, ahorrar, hacer un preuniversitario y dar la prueba de nuevo. No. "He visto muchos de mis cercanos que tratan de hacerlo, pero al final nunca vuelven a estudiar", explica. Por eso, Exequiel va a matricularse en un instituto profesional para estudiar Técnico Jurídico de Nivel Superior. Su idea es titularse allí, convalidar ramos y pasar a Derecho en una universidad privada. Asegura que trabajará para costearse sus estudios y ser un profesional. Dice que, quizás así, pueda entregarle a sus hijos la opción que él no tuvo: dinero para pagar por una mejor educación.

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