El 1º de mayo del año 1974, Merino sintió una pistola en su espalda, mientras era conminada a subir a un auto. En ese momento usaba un carné de identidad falso, con el nombre de Laura Sepúlveda, que le había facilitado el MIR para trasladarse dentro del país y rearticular al movimiento desde la clandestinidad. Llegaría así al centro de detención de la DINA en calle Londres Nº38, lugar donde sería sometida a intensas sesiones de tortura. Esta misma situación se repetiría luego en los recintos de José Domingo Cañas y Villa Grimaldi, comenzando un camino sin retorno como informante.
Porque fue en Londres 38 donde inició la delación de sus compañeros de militancia, entregando antecedentes acerca de sus paraderos y más tarde identificándolos en la calle, en compañía de agentes del gobierno militar.
En esos primeros meses como víctima del general Manuel Contreras, según quienes han investigado su caso, Merino experimentó sentimientos de culpa e intentó suicidarse en dos oportunidades. Según un ex integrante del MIR, incluso advirtió tiempo antes a la cúpula del movimiento que no pudo soportar el dolor físico sufrido en los interrogatorios y que se vio forzada a revelar información. Pero no habría sido escuchada, según recuerda este dirigente. "En ese sentido, tenemos responsabilidad al no haber tomado las medidas necesarias para sacarla del país en forma oportuna, porque nuestra política era no asilarnos", dice.
A "la Flaca Alejandra" se le atribuye haber incidido en la caída de Miguel Enríquez, en octubre de 1974. En la frenética búsqueda del médico se interrogó a Lumi Videla, otra importante figura de este referente, a quien Marcia Merino identificó también en la calle. El abogado de DD.HH. Hiram Villagra asegura que la ex estudiante de Antropología participó, incluso, en las sesiones de tortura que le provocaron la muerte a la joven dirigenta.
Para quienes estuvieron detenidos en Villa Grimaldi hubo un hecho revelador del nuevo trato entre la DINA y Merino. A principios del año 1975, fue trasladada a una pequeña casa situada al interior de ese lugar. Contaba con un televisor, una ducha y dos habitaciones, un beneficio insólito para los prisioneros políticos. Allí vivió en los meses siguientes junto a la ex militante del PS Luz Arce, quien también reconoció haber colaborado con los organismos de seguridad.
Quienes la ven como una víctima, piensan que pagó caro su relación con los organismos de inteligencia. En las conversaciones que han sostenido con ella, ha expresado no tener tranquilidad consigo misma, y que, en caso de vivir una experiencia similar, se dejaría matar.
Numerosos son los testimonios que dan cuenta de la participación de Merino en los interrogatorios a los que eran sometidas las personas recluidas allí. En medio de los apremios físicos, ella insistía en hacer las mismas preguntas, sin dar tregua. Tampoco daba la menor señal de empatía. El fallecido miembro del comité central del MIR Martín Hernández denunció que en una oportunidad, mientras era torturado en Villa Grimaldi, "ella entró a la sala alegando porque ese día nuevamente había empanadas de almuerzo".
Este tipo de situaciones, como también el hecho recibir un sueldo mensual, hacen dudar seriamente a la mayoría de sus antiguos camaradas que ella no actuara en forma voluntaria en la DINA. "Debemos asumir que se trata de una traidora. Hay personas que están desaparecidas porque no pactaron una colaboración. Ella, en cambio, pudiendo haber escapado, siguió delatando durante mucho tiempo", afirma un ex detenido. "En algunos casos se amenazó a los colaboradores con agredir a los hijos. Sin embargo, ella no tuvo descendencia, por lo que difícilmente pudo ser presionada con ese argumento", agrega.
Una visión distinta tiene la periodista Gladys Díaz, quien también fue torturada en Villa Grimaldi en su condición de dirigenta del MIR. En esa época, ella la enfrentó. "La Flaca Alejandra" trató de convencerla de entregar información a la DINA. "¡Eres una traidora!", le dijo. Sin embargo, la solicitud de perdón que hizo Marcia Merino, en 1993, cambió la perspectiva de Díaz: "Me di cuenta que, al hacer este gesto, más allá de todo el daño hecho, se quedaba sola y había que acogerla e incentivarla a aportar cuanto sabía en los tribunales. Más allá de su quiebre, ella también es una víctima que cedió ante la tortura, y siguió cediendo, como bien sabemos. Vivir con esa memoria también es tremendo", dice.
Quienes ven a "la Flaca Alejandra" como una víctima, piensan que pagó caro su relación de 18 años con los organismos de inteligencia. En las conversaciones que han sostenido con esta polémica militante del MIR, ella ha expresado no tener tranquilidad consigo misma, y que, en caso de vivir una experiencia similar, se dejaría matar.
A diferencia de lo que ocurría en Santiago, en Isla de Pascua sólo en un par de ocasiones su anonimato se ha visto amenazado. Sucedió cuando han llegado los policías de Investigaciones a interrogarla por nuevos casos de detenidos desaparecidos. Sin embargo, ella ha mantenido su silencio respecto al destino que ellos pudieron tener. Porque si bien ayudó a identificar a varios agentes de seguridad que participaron en torturas, los abogados de DD.HH. afirman que no contribuyó con ningún antecedente nuevo sobre el paradero de las víctimas.
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