La novela relata con fluidez la transformación de la renegada marxista que se desempeñó en sus labores delatoras con la furia de los conversos más fanáticos. La luchadora con hambre de justicia se volvió una mercenaria que recibió gustosamente salario, adiestramiento, armas, drogas y placeres de sus esbirros, y se cebaba especialmente con los extremistas que más aguantaban, porque con su resistencia la injuriaban. Eso sí, había que evitar que los interrogados murieran, porque así se saldrían con la suya. Antes había que doblegarlos. La muerte no era un privilegio al alcance de los capturados.
La lenta descomposición moral de Irene es tan deprimente como sus tormentos anteriores. La compasión que inspiraba es reemplazada rápidamente por el desprecio. La primera vez que matas, dice uno de sus cómplices de represión, matas a dos personas al mismo tiempo: a la que muere de verdad y a la que uno era hasta ese momento.
Después de "matar" a Irene, Consuelo Frías se dejó llevar por la vorágine subyugadora: "No me entregué a medias, te digo. Una vez que di el paso, lo di de frentón… Apenas recibí mi nuevo carné de identidad, la tarjeta de identificación de la Central y mi CZ, juré usarla. Odié a mis hermanos".
El infierno no comienza el día de la muerte, sino el de la traición, escribe Fontaine, quien recuerda que para Dante los traidores ocupan justo el peldaño superior al de la hoguera. Uno de los tres epígrafes que presenta su libro es de Jorge Luis Borges ("Lo que hace un hombre es como si lo hicieran todos los hombres") y fue extraído del cuento La forma de la espada, la historia de uno de los traidores literarios por antonomasia, John Vincent Moon, un conspirador en la Irlanda ocupada que "había cursado con fervor y con vanidad casi todas las páginas de no sé que manual comunista" y que "afirmaba que la revolución estaba predestinada a triunfar". Por su "cobardía irreparable", sin embargo, "cobró los dineros de Judas y huyó al Brasil" después de vender a sus compañeros y estropear todos los intentos de sublevación.
La lenta descomposición moral de Irene es tan deprimente como sus tormentos anteriores. La compasión que inspiraba es reemplazada rápidamente por el desprecio. La primera vez que matas, dice uno de sus cómplices de represión, matas a dos personas al mismo tiempo: a la que muere de verdad y a la que uno era hasta ese momento.
Como en el cuento de Borges, en la novela de Fontaine el leitmotiv es la deslealtad sin límites. En uno de los capítulos, Irene visita a sus amigos Rafa y Teruca, a quienes conoce desde la universidad. Teruca está de cumpleaños. Irene participa en su fiesta, come torta milhojas y toma piscola. También obtiene la información necesaria para citar a Rafa a una plaza y entregarlo a los organismos de seguridad. Al guardaespaldas de Rafa lo acribillan vaciándole varios cargadores en la cara. La misma Irene interrogará a Rafa más tarde, imitando el acento cubano.
El lenguaje y las situaciones descritas en el libro de Fontaine son brutales. Relata con detalle las violaciones, balaceras y orgías de los agentes. A ratos se hace difícil olvidar que éste no es el relato de una mujer con antepasados izquierdistas, sino que el del hombre que dirige el think-tank más influyente de la derecha chilena.
La novela de Fontaine recuerda el estilo descarnado y violento hasta el paroxismo de Las benévolas de Jonathan Littell, también narrada en primera persona por un represor sin corazón ni espíritu. En la crítica que hizo Mario Vargas Llosa a esa premiada novela francesa -que narra el auge y la decadencia del nazismo personificado en uno de sus criminales-, el escritor peruano dice que es casi una falacia literaria leer centenares de páginas sin un solo gesto de humanidad ni matiz, y se rebela ante tanta crueldad y tantos personajes despreciables en un mismo libro. La obra de Fontaine produce algo parecido. Sólo Anita se salva en esa jauría, abandonando reiteradas veces a su madre y refugiándose anónimamente en Santiago junto a su novio. El resto de los personajes se pierden de una forma u otra. "Llegué a disipar en mi espíritu toda esperanza humana", cuenta Irene. "He dado el salto sordo de la bestia feroz sobre toda alegría, para estrangularla".
Tal vez el momento menos inquietante de esta obra sea su final. Saber con certeza que esa historia tan triste llega a su fin es un alivio. Saber, ademá,s que de las cenizas de aquella pira delirante surgió una democracia sólida, también resulta reconfortante. Por eso, el libro de Fontaine debería incluirse en el maletín literario de todos los países que sufrieron convulsiones parecidas. El sicólogo social norteamericano Abraham Maslow escribió en 1961 que los seres humanos sentimos "la necesidad y el miedo de saber": el conocimiento es necesario para obtener tranquilidad, pero también puede ser la fuente de nuestras angustias. Al leer La vida doble se suceden atropelladamente las dos sensaciones: la necesidad de saber y el miedo de descubrir cuánta locura y violencia puede desatarse en ciertos momentos.
*Periodista chileno, profesor de la Universidad de Navarra.
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