-Al leer sus columnas, da la sensación de que usted siente cierto desprecio por el estilo de Piñera. ¿Es así?
-No. No es un desprecio.
-¿Una diferencia profunda entonces?
-Es probable. No tengo nada contra Piñera. Que quede claro, como tampoco tuve ni tengo nada contra el cardenal o contra Lagos. Aquí no hay nada personal. No soy una persona que tenga ese tipo de pasiones. La vida personal de cada uno de ellos me tiene sin cuidado.
-¿Cuál es el problema?
-Piñera tiene muchas virtudes. La principal de todas es que en la historia política de Chile no existe otro personaje con más resiliencia que él. No conozco a otro capaz de levantarse una y otra vez, porfiadamente, hasta lograr sus objetivos. Él ha participado en incidentes que a cualquier otro lo habrían hecho desaparecer. Así y todo nunca se ha sacado la sonrisa del rostro y ha ido adelante. Eso prueba que la voluntad, un recurso fundamental de los buenos políticos, está presente en Piñera. Y tampoco cabe ninguna duda que es un hombre extremadamente inteligente. Pero, al mismo tiempo, posee un narcisismo absolutamente exagerado. Y aunque en política ése es un rasgo muy importante, en el caso del presidente es tan acentuado que lo lleva a no tener iguales.
-¿En qué se traduce eso?
-No tiene algo que es muy importante en la política democrática: capacidad de tomar en cuenta al otro. Por otra parte, tiene un desprecio absoluto por la publicidad representativa: esperamos de los políticos no sólo que sean personas capaces de arremangarse y transpirar frente a las cámaras las 24 horas del día, sino también capacidad de representar los elementos intangibles del poder: la dignidad de la República, cuidado de los valores propios de la vida democrática, cierta solemnidad. Y él no tiene nada de eso, porque no está en su carácter el respeto por los aspectos litúrgicos del poder.
-¿Y eso es peligroso?
-Finalmente, las instituciones políticas no son sólo arreglos para alcanzar soluciones eficientes. La vida social se compone de bienes materiales, cuya consecución debe ser eficiente y eficaz, pero también de elementos intangibles y simbólicos, que son importantes y que Piñera estropea día a día.
-¿Por qué Piñera gobierna Chile hoy?
-Cuando una coalición como la Alianza derrota a otra tan exitosa como la Concertación, la explicación es doble. Ganó porque lo hizo mejor y porque la Concertación no estuvo a la altura. Piñera en la campaña apeló a un segmento del electorado que se movió desde la sombra de la Concertación hacia un anhelo de mayor modernidad.
-No es que la Concertación haya perdido, como han dicho varios de sus dirigentes.
-No tengo una gran opinión ni del discurso de Piñera ni de su desempeño, pero eso no conduce a que yo me ciegue y crea que no es un gran político: es un muy buen político. Lo que pasa es que no es una persona cuyas ideas me identifiquen ni con cuyo estilo me sienta subyugado. Además, la Concertación no estuvo a la altura. El candidato que se le opuso a Piñera fue Eduardo Frei, que es un hombre que, puesto al lado de Piñera, no tiene ventajas. No tiene esa inteligencia burbujeante ni esa aura de hombre exitoso e innovador. O sea, Frei fue un muy mal candidato.
-¿Cómo se imagina el país en cuatro años más?
-Es probable que mejor. No creo que Piñera lo vaya a hacer mal. Lo que está en cuestión es cuánto fortalecerá o no a los partidos de derecha. Es probable que esté en un momento similar al que estuvo Jorge Alessandri, quien intentó hacer un gobierno despegado de los partidos, y todos sabemos cómo concluyó: con un grave daño a éstos. La derecha en Chile siempre ha desconfiado y ha descreído de los partidos y nunca ha confiado en las rutinas partidarias ni en los políticos profesionales. Y eso es malo. Su gran problema es, como dijo Jorge Schaulsohn, que éste es un gobierno más de Piñera que de la derecha.
-¿Piñera debiese abocarse a un proyecto refundacional de la derecha?
-La derecha en Chile nunca ha zanjado el debate entre un estilo cultural y político conservador y otro más liberal. Siempre he pensado que Piñera tiene la oportunidad histórica de hacerlo, y de contribuir a hacer una derecha más liberal, menos atada a los valores conservadores, muchísimo más comprometida con las libertades públicas.
"No tengo una gran opinión ni del discurso de Piñera ni de su desempeño, pero eso no conduce a que yo me ciegue y crea que no es un gran político: es un muy buen político... En la historia política de Chile no existe otro personaje con más resiliencia que él".
-Usted escribió que la Concertación está en el suelo. ¿Qué tiene que hacer para pararse?
-Tiene que renovarse. Y ese renovarse sí es una cuestión generacional. Hay un cierto ánimo en los cuadros más viejos de la Concertación que parece estar convencido de que ahora hay que abrochar bien las cosas, para que el supuesto legado histórico se mantenga incólume. Con ese ánimo, propio de un moribundo, no se hace política. Y el gran problema de la Concertación es que ésas son hoy las voces hegemónicas. Para qué estamos con cosas: renovar la política tiene que ver con una cuestión de edad. Necesitamos la insolencia de gente más joven.
-Pasados estos 4 años: ¿la Concertación será la misma?
-La gran incógnita en los próximos años es si tendremos un proyecto de centroizquierda similar a la Concertación, es decir, una alianza entre la izquierda socialdemócrata -socialistas y PPD- y la DC. O si ese proyecto se despegará de la DC. Ésa es la gran cuestión.
-¿Y la DC sola o aliada con la derecha?
-La DC sabe que sola no llega a ninguna parte. Un proyecto de centroizquierda o de izquierda aligerado importa un empujón a la DC hacia la derecha, y eso implicaría construir una fuerza de centroderecha. Lo que enseña la historia política de Chile en el siglo XX es que siempre logró dominar el Estado quien se hizo del centro.
-O sea, la DC es la niña bonita de la fiesta...
-Es que siempre en los sistemas políticos quien se hace del centro tiene de su lado la victoria. En el caso de la DC , se trata de un centro que en cuestiones culturales y sociales suele ser bastante conservador. Y la izquierda en Chile anhela una agenda bastante más liberal. Entonces, la DC opera como un lastre.
-Pero eso se contradice con la tesis de que con el centro se logra el poder. La estrategia sería, entonces, equivocada.
-Es lo que creo, pero siempre hay dos maneras de ver las cosas. A veces, soportar la derrota en el corto plazo es la manera de ganar en el largo plazo. En eso consiste la política, en arbitrar estos dos tiempos históricos. Si el objetivo de la izquierda es simplemente ganar la próxima elección a cuatro años plazo, no cabe ninguna duda de que debe aferrarse a la DC.
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