Aunque varios bordean los cincuenta, han simbolizado la renovación generacional al interior de la DC. Se trata de un grupo diverso y complejo, donde abunda el talento y la excelencia, como también las vanidades y los celos. Lo anterior, sumado a que no existe un mínimo común denominador a todos ellos, dificulta la construcción del estereotipo. Algunos, como los integrantes del clan Walker, son marcadamente más conservadores en lo valórico y liberales en lo económico. Otros, como los gemelos Orrego y Undurraga, están fuertemente marcados por la influencia social de la Iglesia. Hay quienes están más cerca de la política interna, como es el caso de Ximena Rincón, a diferencia de lo que ocurre con Víctor Maldonado, que se han distinguido en el análisis y la observación. Todos ellos confluyen en el decano Jorge Burgos, quien tiene de todos un poco. Aunque corren buenos vientos para el recambio, las elecciones internas serán una prueba decisiva para quienes ya no deberían constituir ninguna promesa.
Son los más damnificados con el desmembramiento de los grupos internos, la reciente elección presidencial o la ausencia de sus líderes históricos. Aunque el grupo está compuesto por varias categorías, la coyuntura obliga a partir por los freistas. Todavía muy dolidos e injustamente responsabilizados por la derrota electoral, todo indica que sus integrantes se han vuelto a dispersar. Mientras algunos como Belisario Velasco han pasado a los cuarteles de invierno, otros como Mariano Fernández intentan sobrevivir en las sinuosas aguas del "si mi nombre genera consenso". Como ha sucedido en otras ocasiones, nada impide que se vuelvan a juntar, pero, por el momento, el escaso poder que todavía tienen está más vinculado al rol que el propio Eduardo Frei pueda cumplir en el futuro.
En esta categoría del síndrome del padre ausente, debemos también incluir a los otrora chascones y colorines. Los primeros por la partida de sus referentes históricos, y los segundos por el viraje que hicieron hacia la derecha sus principales líderes y parlamentarios. Los que quedan han tenido que buscar cobijo en paraguas más vastos o atrincherarse en la escasa porción de poder que les va quedando.
Representados principalmente por aquellos parlamentarios cuyo mayor anhelo sería militar en un partido que tuviera su propio nombre, han construido pequeños feudos, cuya independencia de la flecha roja hacen notar de vez en cuando. Su poder, por razones obvias, está vinculado a la negociación parlamentaria, en especial cuando sus votos son decisivos para la aprobación de alguna iniciativa legislativa. Tanto Lorenzini como Ascencio pudieran estar en esta categoría, aunque todo indica que se les podrían seguir sumando más.
Aunque ya no en esta familia, y mejor descritos como los nuevos "hijos adoptivos" de la derecha, los parlamentarios del PRI -o lo que queda de ellos- conforman la última categoría en comento. De un antiizquierdismo penitente y entusiastas del camino propio, viven un fugaz momento de gloria en la medida que han vendido cara la mayoría que coyunturalmente requiere el gobierno. Con todo, no se augura buen futuro para los hijos del Indap, en la medida que -como suele suceder con estos virajes de última hora- ya no son de acá, pero tampoco son de allá.
*Abogado de Del Río Izquierdo
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