Por: Jorge Navarrete*
Algo han cambiado las cosas en el PDC. A diferencia de lo que ocurría antaño, donde "guatones" y "chascones" dominaban el amplio espectro de la falange, por estos días el panorama es distinto. Los militantes de la flecha roja ya no son fácilmente reconocibles por sus stations de tres corridas de asientos -cómo olvidar la mítica Peugeot 505-, los veranos en Cachagua y Maitencillo o su infaltable asistencia a la misa dominical, de preferencia en la Parroquia Universitaria.
La década del 90 fue testigo de un progresivo crecimiento del padrón electoral de la DC. Ya sea por la genuina vocación política de algunos o por la oportunidad de encontrar un mejor empleo que vislumbraron otros -todo lo anterior mediado por la permanente necesidad de fortalecer máquinas o grupos internos-, es que paulatinamente se transformó la fauna interna.
Aunque las generalizaciones son injustas, cuando no odiosas, es plausible sostener que este proceso trajo consigo un evidente deterioro en la formación y calidad de la base militante. A primera vista, lo obvio sería constatar una mayor heterogeneidad ideológica y fragmentación de las ideas. Con todo, un juicio semejante supondría dar por hecho que las disputas que permanentemente sostienen las facciones que conviven al interior de la falange están motivadas por diferencias de fondo, tanto en lo que se refiere a cuestiones tácticas como estratégicas. Sin embargo, la realidad muestra otra cosa. Al igual como sucedió en la mayoría de los partidos de la Concertación, las alineaciones y lealtades internas se ordenaron más en torno a proyectos personales que a la adhesión en rededor a un cuerpo de ideas. Es así como durante las últimas décadas, con distinta intensidad y relevancia, hemos escuchado hablar del aylwinismo, freísmo, colorines, alvearismo, etc.
Cualquier taxonomía sobre el nuevo mapa en la DC exige hacer una distinción entre la caracterización de los grupos que internamente coexisten y, cosa distinta, emitir un juicio sobre la real influencia de éstos en el quehacer político. La primera es una mirada más sociológica; la segunda, en cambio, tiene estrictamente que ver con el poder.
Puestas así las cosas, podríamos en principio distinguir cinco categorías:
Son todos aquellos que pregonan la necesidad de "volver a las raíces". Fuertemente anclada en el apego a la tradición, especialmente vinculada a los principios y valores del humanismo cristiano, su común denominador es la dura crítica a la sociedad moderna, liberal e individualista, a la que identifican como fuente de la mayoría de los males que nos aquejan. Suelen hacer continuas referencias al comunitarismo, aunque -con honrosas excepciones, como el caso de Sergio Micco, probablemente el intelectual más sólido de la falange- pocos han actualizado sus lecturas con autores como Walzer, McIntyre, Etzioni, Bauman o Taylor, por nombrar algunos.
Muy emparentada con la anterior, son los creyentes de que todo tiempo pasado fue mejor. Con especial referencia a las décadas de los 60 y 70, nos recuerdan las bondades de la promoción popular, la sindicalización campesina, la reforma agraria o la chilenización del cobre. En sus discursos abundan las referencias a los próceres de la falange, en especial al legado de Frei Montalva, Tomic y Bernardo Leighton. Aunque en principio no reconocen trinchera en algún específico lote interno, ya que su composición es heterogénea, quizás Ricardo Hormazábal sea un nítido exponente de este grupo: una suerte de sucedáneo en el estilo, aunque sea más por lo lato de sus discursos que por lo virtuoso de sus contenidos.
Peyorativamente también tildados de resentidos, son parte de esta categoría aquellos que han visto a la DC como una fuente de subsistencia o identidad social. Particularmente consistentes en su desprecio hacia la elite, sea interna o externa, han hecho de la postergación un discurso permanente. Aunque es posible reconocerlos en varias instancias partidarias, se concentran más en la militancia de base, especialmente en regiones. Se trata del espacio donde probablemente haya menos renovación en los dirigentes, pues controlar pequeñas cuotas de poder local parece ser el camino para obtener mayor visibilidad e influencia.
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