Por: Cony Stipicic*
La relación entre La Moneda y el gremialismo está crispada. Juan Antonio Coloma, Pablo Longueira y José Antonio Kast se cruzan en el destino del gobierno; Rodrigo Hinzpeter en el de la UDI.
Fotografía: Rodrigo Saenz
Apenas lleva el 4,1 % de su período y el gobierno de Sebastián Piñera ya está siendo objeto de fuego cruzado: amigo y enemigo. Es la luna de miel política más corta desde el regreso de la democracia. No sólo tiene una compleja oposición al frente -que por desconcertada y disgregada no hace fácil el entendimiento-, sino que ya comienza a registrar turbulencias en casa.
Si la historia de la UDI y RN está llena de tropiezos, ni hablar de la personal entre Piñera y los máximos dirigentes del gremialismo. Con los dientes apretados, lo proclamaron su candidato, trabajaron por él y esperaron que éste fuera su gobierno. Ahora sienten que hasta el momento es el gobierno de Piñera, no el de la Coalición por el Cambio y menos el de la UDI. Ese reclamo, que hasta hace poco se oía en los pasillos de calle Suecia y del Congreso, comenzó a transformarse en grito en la base (con dirigentes que siguen esperando ser nombrados en cargos clave) y se cristalizó ante la opinión pública en un alegato directo y sentido de parte de Pablo Longueira, líder indiscutido y eterno potencial abanderado.
En la desafección que Longueira dice representar hay forma y fondo. Es innegable que la elección interna de la UDI es una variable determinante, y en la entre línea de su discurso hay indesmentibles reparos hacia Juan Antonio Coloma. Ahora, también hay elecciones en RN, dirán algunos, y las cosas andan en orden. Pero ahí existe una diferencia, o dos. Se trata del partido del mandatario y Carlos Larraín -el a ratos díscolo e independiente presidente- no quiere dar motivos para que le digan que hizo su propia campaña a costa de criticar a La Moneda. Además, en el balance de las designaciones, su partido no tiene grandes quejas (de hecho, varios ex vicepresidentes ocupan hoy ministerios).
Pero con la UDI el proceso de instalación ha sido ingrato. Y las decisiones de proyectos de ley que le revuelven las entrañas, les han pasado por el lado y con discusión inmediata. Ni hablar de las heridas que casi reabre la fallida designación de Mirko Macari en La Nación, por el rol periodístico que le imputa la UDI en el caso Spiniak.
Juan Antonio Coloma, presidente del gremialismo, tenía todo para coronarse como el jefe partidario más exitoso de su colectividad: logró la proclamación de Piñera, obtuvo excelentes resultados en la municipal y en la parlamentaria (con 40 diputados, es la fuerza más grande) y finalmente el triunfo del candidato, con muestras visibles de trabajo en su apoyo. Sólo faltaban los nombramientos para que -por unanimidad- la UDI le pidiera que se quedara a cargo de la conducción por otro período.
En el gobierno dicen tener clara la necesidad de restablecer el diálogo. Rodrigo Hinzpeter ya fotografió la situación, pero el problema es que es justamente en él en quien la UDI encarna todos los males. Porque no quieren tocar a Piñera y porque -dicen- el ministro del Interior les está dando motivos.
Pero las cosas empezaron a oler mal cuando, tras la segunda vuelta, Piñera instaló a un equipo de confianza -integrado por María Luisa Brahm, Rodrigo Hinzpeter, Cristián Larroulet y Miguel Flores- a trabajar en el diseño de los cargos. Y los mandató a hacerlo bajo el más estricto sigilo y sin filtraciones. Ni a la prensa ni a los partidos. Resultado: Coloma se enteró el mismo día del anuncio de que el gabinete era "cero UDI", como dicen en Suecia. El tronco histórico no tuvo representación. Porque a Lavín -que de tronco histórico tiene poco- lo daban por descontado; era como el "desde".
Faltaban los subsecretarios para arreglar el desaguisado. Pero no quedaron conformes y el punto no fue para Coloma. Ante la prensa y las bases, fue Pablo Longueira el que, con un inesperado regreso de sus vacaciones, quedó como el artífice de la mejora. Luego, irían por intendentes, gobernadores y seremis. Y vino el terremoto, que trastocó prioridades, puso de cabeza a los equipos designados y restó importancia al tema. No hay intencionalidad, se apura a comentar alguien desde La Moneda; más bien es obra del "despelote", que ya algunos reconocen y que ha comenzado a dejar en evidencia la falta de experiencia, de la mayoría, en el aparato público. Aquello de que otra cosa es con guitarra… y burocracia, habría que agregar. Pocos saben que pagan los 20.
El ruido comenzó a volverse ensordecedor para Coloma cuando José Antonio Kast, que en la anterior interna obtuvo el 38%, salió a recorrer Chile para capitalizar el descontento.
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