Por: Carolina Tohá, Ricardo Lagos Weber, Óscar Landerretche y Claudio Orrego
Las campañas son procesos en que se ven las luces y sombras de nuestra identidad nacional. En ellas se hacen visibles, para todos los ciudadanos, las virtudes y defectos de nuestra cultura, economía, política y sociedad. Las campañas tienen la facultad de desnudar al país, pararlo frente a un espejo y decir: "Esto somos, con esto empezamos, a partir de esto construimos".
Para hacer posible aquello, las campañas alcanzan niveles de estridencia que la vida diaria no toleraría. Lo paradójico de las elecciones es que con todo lo panfletarias, estridentes, caricaturescas y narcisistas que son, al mismo tiempo nos hacen sentir que en ellas hay una profunda solemnidad republicana. Sentimos que algo sagrado ocurre cuando vamos a votar, somos candidatos, servimos como vocales o ejercemos como apoderados. De ahí proviene la fuerza de lo que sentimos que se expresó en esta elección.
Se expresó en la demostración de que en el Chile de la Concertación las elecciones fueron siempre limpias. Se expresó en la campaña de la segunda vuelta, que demostró la dramática necesidad de una renovación en la Concertación, que tiene algo de generacional pero mucho más de institucional. Se expresó en que las ideas de centroizquierda siguen triunfando en Chile, prueba de lo cual es que en todas las campañas, incluso la de la derecha, tuvieron un rol comunicacional central. Y se expresó en la evidencia de que la Concertación debe estar haciendo algo mal, pues no logra convocar al electorado que adhiere a sus propias ideas.
Debido al rol que jugamos en la candidatura de Eduardo Frei Ruiz-Tagle, hemos tenido la oportunidad de observar lo que ocurrió. A pesar de jugar dichos roles que nos correspondieron, nos sentimos parte de una gran cantidad de concertacionistas que vivieron, se la jugaron y sufrieron en esta campaña, lo que nos ha permitido hacer una reflexión colectiva y transversal. Sabemos, sin embargo, que no tenemos ninguna exclusividad ni jerarquía en este debate que recién comienza. Hay muchos liderazgos que hoy están pensando las mismas cosas y entre todos tenemos que abrir espacios para que esta deliberación sea inclusiva y fructífera. Tenemos sí el deber de expresar y compartir lo que muchos nos han dicho que sienten respecto de este resultado. Sentimos que es importante expresar el dolor y esperanza de ese pueblo concertacionista y de centroizquierda que está triste por el resultado, pero que tiene la convicción de que tenemos mucho que construir a partir de las lecciones de la derrota.
Todos tenemos ideas y juicios respecto de las razones que han llevado a esta coalición exitosa a perder votos sostenidamente durante los últimos años, culminando en esta última derrota. Sin embargo, es preocupante constatar que la mayoría de los actores políticos no ha hecho más que reafirmar sus antiguas tesis y prejuicios a la hora de explicar lo sucedido. Unos hablan de los errores de campaña; otros de fallas en nuestra propuesta programática; otros de la falta de consideración de los sectores medios emergentes; otros de la falta de acogida a demandas de grupos organizados, como los funcionarios públicos o los profesores; otros culpan a nuestro candidato o a los demás candidatos de centroizquierda; y otros al agotamiento de nuestro modelo de coalición y al estilo de funcionamiento de nuestros partidos.
Tal como los ejes ordenadores de la antigua Concertación fueron la restauración de la democracia, la superación de la pobreza y el establecimiento de la protección social; los ejes ordenadores de la nueva Concertación deberán ser la instauración de la igualdad, inclusión, competencia y meritocracia en la cultura económica y social chilena.
Aunque tenemos opiniones claras en esta materia y las hemos expresado muchas veces, hoy preferimos hacer una invitación al debate antes que reafirmar nuestros puntos de vista. Hacer esta reflexión en forma honesta y profunda es una necesidad para volver a ser una opción competitiva y de mayoría en Chile. Ello implica una actitud de humildad y de diálogo, que permita escuchar las razones de los otros y no refugiarse en las convicciones y prejuicios propios. Es necesario dedicar este tiempo a esa tarea y emprenderla en cada partido así como en espacios transversales, abiertos a otros actores ciudadanos que tienen mucho que decir y que claman por ser escuchados.
Lo que vivimos hace dos semanas fue la culminación de la restauración democrática de Chile. Las discusiones pendientes sobre el sistema democrático (la obligatoriedad del voto, el sistema binominal, la elección de intendentes, etc.) sin duda que continúan abiertas, pero todos reconocemos que ya no existe (a lo menos de la boca para afuera) ningún sector cuya tesis política central sea la superioridad del autoritarismo por sobre la democracia, cosa que no era cierta hace diez o quince años.

Adicionalmente, ya no existen sectores políticos significativos excluidos del Congreso. Ésa es obra de la Concertación, cuyo eje ordenador fue la restauración de la libertad e inclusión en nuestro país.
La restauración democrática tuvo otro gran elemento: la creación y legitimación del sistema de protección social. El desafío de la extensión de éste continúa abierto, particularmente hacia la clase media; pero todos reconocemos que (a lo menos de la boca para afuera) ya no existen sectores políticos en Chile cuya tesis de política pública central gire en torno al Estado mínimo y en oposición a los derechos garantizados, cosa que no era cierta ni siquiera cuatro años atrás. Ésa es obra de la Concertación.
El Chile que queda después de estos veinte años de gobierno es inmensamente mejor. Han sido dos décadas de avance constante y sostenido en todos los planos: la consolidación de la democracia y de las libertades públicas, el avance económico, la inserción internacional, la protección social, el desarrollo cultural. Chile hoy es más desarrollado y más justo, más libre y más educado que nunca en su historia.
No es raro, sin embargo, que el propio mundo de la coalición gobernante se sienta insatisfecho con su obra. Chile sigue siendo un país con desigualdades y exclusiones inquietantes, donde el contexto político e institucional hace difícil el avance de reformas sustantivas en temas claves como la educación, las normas laborales, el sistema tributario y la institucionalidad política, por mencionar algunas.
Explicar esas insuficiencias y darles respuesta es parte de la tarea de reflexión que hoy es necesario realizar.
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