Por: Fernando Paulsen y Kenzo Asahi*
Hablar de voto obligatorio hasta ahora suena a retroceso antidemocrático. Eso han enarbolado los profesionales de la política. Sin embargo, hay evidencia que demuestra que el sufragio voluntario aumenta la desigualdad del ingreso. Por ende, los más perjudicados serían los sectores más pobres del país.
"Inscripción automática y voto voluntario". Dos conceptos que han pasado a ser uno solo en la mente de miles de personas y en la decisión política de decenas de parlamentarios, dispuestos a aplicarlo como un mantra. Porque la idea de voluntariedad asociada a un derecho democrático, como votar, trae poderosas imágenes de libertad. Y es cierto: votar es un derecho que en muchos países conquistarlo significó miles de muertos, postergaciones a minorías por siglos, humillaciones aberrantes.
Pero en la medida que se toma distancia del tiempo de la conquista del derecho a voto, la épica asociada a ese momento, la conciencia de que también se conquistó un deber cívico, comienza a diluirse, hasta que el derecho a voto, en la rutina democrática, se aloja en la exaltación de la individualidad posmoderna, de una decisión más entre tantas otras, dónde comprar o no comprar, ir a la fiesta o no ir, llamar por teléfono al amigo enfermo o no llamar, ponerse abrigo o no ponérselo, votar o no votar, todo parece que se mezclara como parte de una misma lógica de decisiones soberanas del individuo.
Votar en democracia es un acto de transferencia de confianza, una de las decisiones más importantes del ciudadano. El votante deposita lo más valioso de su ser en sociedad, su confianza en otra persona, para que lo represente y promueva su bienestar. En muchos países se considera que votar no sólo es un derecho que todos pueden ejercer, sino también un deber, que todos deberían ejercer. Por eso se establece allí que el voto es obligatorio. Asumiéndose que esta obligatoriedad realza la sensación de deber que se perdió el día en que la memoria evaporó esa épica de cuando aspirar a votar era un sueño prohibido.
Desde que en 2004 se presentó el primer proyecto de ley para tener en Chile inscripción automática y voto voluntario, nunca se discutió ni comparó en serio esta opción con la posibilidad de que el voto fuera obligatorio. La mera referencia a un acto obligatorio emanado de un derecho parecía contradictoria. Sonaba a retroceso antidemocrático. Y el voto obligatorio no fue tema.
En esta elección, como nunca antes, porque Marco Enríquez-Ominami lo instaló desde su crítica a las exclusiones del sistema, porque la Concertación quería atrapar a la oposición en su rechazo y porque Sebastián Piñera lo asumió como parte de sus ideas rupturistas con su sector, la inscripción automática y el voto voluntario resucitaron. Y cada vez que se planteó ver las ventajas de que el voto fuera obligatorio, transversalmente los profesionales de la política rescataron la idea de retroceso asociada a la obligación de votar.
Desde un punto de vista lógico resulta incomprensible que cumplir el deber de votar se perciba como una imposición intolerable, distinta a otras obligaciones que no se discuten. Cuando el Estado promulga leyes que protegen al chileno de sí mismo -como la obligación de usar cinturón de seguridad- ¿por qué no se levanta un movimiento promoviendo la libertad de cada cual de correr el riesgo que desee?
Desde un punto de vista lógico resulta incomprensible que cumplir el deber de votar se perciba como una imposición intolerable, distinta a tantas otras obligaciones que no se discuten. No hay rebelión contra la obligación de que los niños en edad escolar vayan al colegio. ¿Y si los padres quieren educarlos ellos en su casa? Cuando el Estado promulga leyes que buscan proteger al chileno de sí mismo -como en el caso de la obligación de usar cinturón de seguridad; o casco si anda en moto- ¿por qué no se levanta un movimiento promoviendo la libertad de cada cual de correr el riesgo personal que desee?
Ni hablar de los impuestos, las contribuciones por lo que ya es propio, la obligatoriedad de contar con seguro de salud o acumular dinero en una AFP para cuando se deje de trabajar. ¿No debieran ser materias dejadas a la libertad del individuo?
Todas las medidas anteriores y muchas más se justifican en el beneficio común que significan, en la protección de la vida y en la idea de darles a todos los ciudadanos posibilidades equivalentes de crecer y compensar los desequilibrios de su estado socioeconómico.
Postulamos que en el caso del voto obligatorio, la evidencia empírica obtenida de comparar sistemas voluntarios y mandatorios en muchos países, resalta la idea de que éste es más efectivo que el voluntario para generar condiciones de redistribución de ingreso en países con mucha desigualdad económica, tal como es el caso de Chile.
Más aún: postulamos que en esas condiciones de desigualdad, el voto voluntario a la larga altera los incentivos de la política hacia la postergación de políticas públicas redistributivas; éstas benefician a sectores pobres que -voluntariamente- no participan en las elecciones como votantes en una mayor proporción que quienes no votan y son de sectores más pudientes.
La evidencia es clara y está disponible. A continuación, una reseña de sus principales hallazgos.
1 | 2 | Siguiente »
¿Quieres comentar? Inscríbete, es gratis. Si ya eres miembro, Ingresa.
por: Ceina Iberti, Francisca Jara y Manuela Jobet
Comentarios 13
por: Andrés Benítez*
Comentarios 0
por: José Ramón Valente*
Comentarios 1
por: Antonio Díaz Oliva
Comentarios 0
por: Francisco Javier Díaz *
Comentarios 0
por: Alberto Fuguet*
Comentarios 0
por: César Barros*
Comentarios 0
por: Michael C. Munger
Comentarios 1
por: Álvaro Bisama*
Comentarios 0
por: Teresa Marinovic Vial
Comentarios 0
por: Andrew Chernin
Comentarios 0
Los datos entregados son de exclusiva responsabilidad de quien los emite. Los comentarios enviados están sujetos a los criterios editoriales de Qué Pasa.
Se prohíbe expresamente la reproducción o copia de los contenidos de este sitio sin el expreso consentimiento de Consorcio Periodístico de Chile S.A.