Un día Máximo Silva me llamó y me dijo que le fuera a pedir el apoyo para mi candidatura presidencial al propio Jefe del Estado, el Presidente Pinochet. Y me consiguió una audiencia con él en La Moneda, a mediodía, cuando estaba toda la prensa.
Yo llegué, me hicieron pasar y lo primero que hice, tras saludar a don Augusto, fue agradecerle que me recibiera, explicándole, como si yo fuera inocente de lo que sucedía (lo cual era en parte verdad) que había personas impulsando una precandidatura presidencial mía y manifestándole, con toda franqueza, que el propósito de mi visita era pedirle su apoyo. Él me contestó textualmente:
-Sí, yo lo apoyo, pero no tengo plata para ayudarlo.
Yo me sorprendí mucho, porque, como parte de mi arraigado hábito de no darme cuenta de las cosas, ni siquiera había pensado en el tema de las platas para la campaña. Suponía, dada la experiencia que había tenido en 1973 (candidato a diputado), que éstas de todas maneras saldrían de alguna parte y terminarían siendo suficientes. Entonces le dije al Presidente que no se me había ocurrido pedirle apoyo económico, sino que sólo aspiraba a una manifestación pública de que simpatizaba con mi designación como candidato.
-Claro- me dijo, y sin más, tal vez para librarse luego de mí, añadió -salgamos a decírselo a los periodistas.
Y me guió hasta la puerta del salón donde estábamos, tras la cual había numerosos hombres y mujeres de la prensa, cámaras y micrófonos, y dijo públicamente que apoyaba mi nombre como candidato presidencial.
Esto, por supuesto, fue disimulado por la mayoría de los medios.
Ante el ilegal secuestro de Pinochet en Londres, y a instancias de mi amigo Máximo Silva Bafalluy, él y yo partimos a esa ciudad en diciembre de 1998, y llegamos cuando el ex Presidente llevaba menos de dos meses detenido. Conseguimos todas las credenciales necesarias y, finalmente, arribamos por tren a Virginia Water (sin "s"), la localidad donde había debido arrendar una morada que le sirviera de lugar de reclusión. El ex Presidente chileno había sido advertido del peligro que envolvía su viaje, pero él, muy ingenuamente, creyó que la inmunidad diplomática y la legislación internacional, que sus asesores jurídicos le aseguraron lo protegían debidamente -lo cual era verdad en derecho, pero también lo era que, respecto del Gobierno Militar chileno, ni el derecho ni la verdad rigen- tenían algún valor. Además, don Augusto olvidó un detalle, que yo conocí mucho antes de su viaje.
En efecto, cuando fui a Londres a correr la maratón anual de esa ciudad, en 1993, el entonces embajador chileno allá, Hernán Errázuriz Talavera, convidó al grupo de maratonistas chilenos a comer a su casa.
Cuando el diario El Mercurio se llenó de cartas de gente de derecha proclamando que había dejado de leerme o preguntando hasta cuándo yo iba a seguir sosteniendo los puntos de vista que exponía, me di cuenta de que, en realidad, habiendo siempre escrito "para alguien", aunque hubiera sido una minoría, ahora estaba escribiendo "para nadie".
Fue un encuentro muy agradable y después de comida salimos a caminar por las calles aledañas a la embajada. Hernán nos llevó hasta la cercana casa-habitación de Margaret Thatcher, ya retirada de la política.
En la conversación, con características de discusión política, que tuvimos con Hernán (porque teníamos diferentes posiciones, sobre todo con respecto al Gobierno Militar), surgió un antecedente muy interesante: nos refirió lo siguiente, que reproduzco según mi leal saber y entender y confiado en mi memoria:
-Cuando el general Pinochet estuvo aquí en Londres hace algún tiempo, me enteré de que se había puesto en marcha una acción judicial izquierdista para obtener su detención. Se había obrado muy sigilosamente y se me informó que la orden de captura era inminente. Entonces me fui al hotel donde estaba el general y exigí hablar con él, pero en su entorno me dijeron que dormía siesta y que no se le podía despertar hasta una hora más. Como yo sabía que la detención podía tener lugar en cualquier momento, me impuse, hice que lo despertaran inmediatamente y que hiciera su equipaje y se fuera al aeropuerto a tomar el primer vuelo que pudiera conseguir. Y así logré sacarlo de Londres, porque si no su detención se habría materializado unas horas después.
Sin duda, el ex Presidente olvidó todo lo anterior. Después de su muerte, su hija Lucía me ha confirmado que lo referido por Hernán Errázuriz, hoy lamentablemente fallecido, era efectivo.
(Diario de vida) 01.06.02: El miércoles estuve conversando más de una hora con Agustín Edwards en su casa. Me habló de los cambios que quiere hacer en el diario... Me dijo que yo era un "ultra", pareciendo significar que no le gusta la idea de que la opinión del diario se identifique con la mía...
...llegó el último día de 2008, en que escribí mi columna final para El Mercurio. La causa necesaria y suficiente para poner término a cuarenta y seis años de pertenencia a la empresa y ventisiete años de columnista semanal fue la de encontrarme en los inicios de una campaña presidencial, en la cual mi vocación de opinante conducía indefectiblemente a que, una y otra vez, contraviniera el parecer y el sentir del único sector de la sociedad que, hasta ese momento, compartía mis predicamentos políticos.
Cuando el diario se llenó de cartas de gente de derecha proclamando que había dejado de leerme o preguntando hasta cuándo yo iba a seguir sosteniendo los puntos de vista que exponía, me di cuenta de que, en realidad, habiendo siempre escrito "para alguien", aunque hubiera sido una minoría, ahora estaba escribiendo "para nadie". Porque, si la mayoría siempre había discrepado de mí y eso no me importaba, ahora también discrepaba la minoría, y eso sí me importaba.
Me pregunté, entonces: ¿qué sentido tiene irritar a todo el mundo? Y me respondí: ninguno.
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