Este tema se ha prestado para diálogos muy divertidos, como uno que tuve con mi única hermana, Zuni, y que se desarrolló en términos parecidos a los siguientes:
-Hermógenes, no puedo creer lo que me ha contado una amiga. Dice que se está vendiendo una novela tuya titulada "Los Pezoncitos Rosados".
-Zuni, mi novela no se titula así, sino "Está Temblando", que creo es un título perfectamente decente y apegado a la realidad del país en que vivimos.
-Pero entonces ¿de dónde sacó mi amiga lo de los "pezoncitos rosados"?
A esas alturas yo carraspeé dos veces y le dije:
-Bueno, tengo que reconocer que esa expresión es empleada por un personaje femenino de la novela cuando está teniendo una relación con el protagonista y éste no logra una excitación suficiente. En esas circunstancias, ella le aconseja de muy buena fe concentrar su atención y sus caricias en las partes de su cuerpo a que se refiere tu amiga. Pero es una sola línea...
En 1978, siendo yo director de La Segunda, fui un día al edificio Diego Portales convocado por no recuerdo qué alto funcionario, así como tampoco recuerdo el motivo de la convocatoria. Estaba recién anunciada la Consulta Nacional que se llevaría a cabo ese año. Cuando yo iba entrando al edificio, me topé con Jaime, que iba saliendo y me saludó con mucho afecto, tratándome de «muy apreciado amigo».
Me sorprendió que, en la breve conversación que tuvimos de pasada, me dijera que la consulta había sido un último salvavidas para el gobierno militar, que estaba, en sus palabras, «prácticamente caído». Me sorprendió mucho su pesimista opinión y la refuté enérgicamente, recordándole que los militares estaban férreamente unidos (lo que no era tan así, pues las rebeldías del general Leigh eran cada vez más ostensibles) y que yo no veía posibilidad alguna de que el gobierno militar cayera. Tras ese amable diferendo nos despedimos, pero a mí sus pesimistas palabras se me quedaron grabadas...
En 1982, cuando asumió la dirección de El Mercurio Agustín Edwards, me encargó personalmente redactar la «Semana Política» dominical, el más importante artículo de opinión de la página editorial, que hasta entonces redactaba casi siempre el anterior director, Arturo Fontaine Aldunate, si bien muchas veces delegaba esa tarea en el joven redactor y médico, pero de pluma muy bien dotada, Juan Pablo Illanes.
En ese tiempo, y seguramente enterado de que Agustín me había asignado esa responsabilidad, Jaime Guzmán me llamaba por teléfono todos los viernes, sabiendo que yo dedicaba la mañana de ese día a tal artículo, y me hacía un extenso lavado cerebral acerca de cuáles eran sus ideas sobre la actualidad. Yo me entretenía oyéndolo y no tenía ningún problema en que me sometiera al brainwashing, sobre todo porque siempre estaba de acuerdo con los puntos de vista que él defendía y, en todo caso, cuando no lo estaba, simplemente los dejaba de lado y no hard feelings. Pero sus conversaciones me servían mucho como fuente de información, reflexión y análisis.
En esos años, Jaime una vez me convidó a una comida en su departamento, a la que fueron alrededor de media docena de otros amigos de ambos. Fue muy agradable e interesante, aparte de sobresalientemente bien servida, bajo la tuición de una empleada mayor y respetable que trataba al dueño de casa maternalmente. Hicimos un tour por su amplio departamento de la plaza Las Lilas y, al mostrarnos su dormitorio, nos sorprendió ver en el velador una calavera y, frente a ella, un reclinatorio para orar. Le pregunté el propósito de tener esa calavera tan cerca, y me contestó:
-Es para tener siempre muy presente la realidad de la muerte.
Anteriormente, siendo Director de La Segunda, tras un almuerzo con el Presidente Pinochet en el Edificio Diego Portales, él me pidió que me quedara unos momentos, cuando todos los concurrentes nos estábamos despidiendo. Entonces me ofreció la Embajada de Chile en Colombia. Yo le agradecí sinceramente y le dije que era un honor, pero en el mismo acto le expresé mis razones familiares y personales para no aceptar.
Por cierto, yo sabía que ese ofrecimiento tenía como propósito, más que llenar una sentida necesidad de nuestro servicio diplomático, alejarme de una manera elegante, adecuada al trato que merecía un partidario del Gobierno, de la Dirección de La Segunda, donde frecuentemente la amplia libertad de que yo hacía uso para informar provocaba mucha molestia en el mismo Gobierno.
Por ejemplo, en una ocasión me llamó un general altamente colocado en el régimen y me dijo textualmente, a raíz de un Top Secret aparecido en el diario acerca del itinerario que iba a tener un viaje al exterior de la señora Lucía Hiriart de Pinochet, que yo era "un traidor". Afirmaba que yo había puesto en peligro la vida de la señora del Presidente, constantemente amenazada, como la de éste y el resto de los suyos, por terroristas de extrema izquierda. Yo le contesté al general que no podía aceptar ese tratamiento y, simplemente, le anuncié que iba a cortar la comunicación, cosa que hice.
Minutos después me volvió a llamar, diciéndome confidencialmente que las expresiones proferidas antes no correspondían al concepto que él tenía de mí, sino que las debió hacer obedeciendo una orden perentoria del Presidente Pinochet de decírmelas. Para verificar el cumplimiento de la orden, me dijo, éste se había mantenido junto a él en el teléfono por el cual me llamaba.
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