El 10 de diciembre próximo estarán en las librerías las memorias de Hermógenes Pérez de Arce. Bajo el nuevo sello Colección Qué Pasa, el agudo abogado y periodista recorre su vida y, con ello, la historia de Chile: la política, Pinochet, su paso -y salida- por El Mercurio, los encontrones con Piñera, la transición, su relación con Agustín Edwards. Éstos son pequeños extractos de una biografía narrada en 475 páginas.
(Diario de vida) 27.12.02: Ayer fui al fundo de Agustín Edwards en Graneros y vi cosas increíbles... La casa de Graneros es simplemente fantástica. Salones gigantescos rodeados de libros, obras de arte, artículos históricos. Pero la biblioteca va más allá de todo lo imaginable. Es de una cuadra de longitud, está a cargo de una bibliotecaria, tiene ya 30.000 volúmenes en dos pisos de estanterías decoradas con maderas talladas por un especialista inglés. Tiene una bóveda como las de los bancos, con incunables de cientos de años. Tiene una página auténtica de la Biblia de Gutenberg. Todo con aire acondicionado, computadores para ubicar libros, grabados medievales. Todo perfecto, impecable. Tiene en las cocheras más de veinte carruajes históricos, «carros de sangre» de Valparaíso, el coche de Diego Portales (amplio y cómodo), los que eran de la Presidencia. Agustín me dijo que se los mostró a Lagos y le ofreció que los usara cuando quisiera en alguna ocasión solemne, pero Lagos le contestó: "Esos coches son para los reyes"... Caballos holandeses negros de linaje certificado, en pesebreras de lujo. Todo es una maravilla. Estuve en el dormitorio principal, lleno de obras de arte y muebles finos. Es otro mundo. Almorzamos con Agustín, la Malú, el padre Guarda y Cristián Edwards.
Mis primeros años forjaron en mí la noción de pertenecer a un excepcional rango y privilegio. Pero con el transcurso del tiempo y el contacto con el medio externo, me fui dando cuenta de que si bien mi hogar era acomodado, no calificaba para pertenecer al nivel socialmente más alto. Pues, como lo he expuesto con bastante detalle, y no sin una cuota de erudición, en mi libro Los chilenos en su tinto, en la sociedad chilena los apellidos mediante los cuales uno puede aspirar a pertenecer a la aristocracia están específica, precisa y cuidadosamente catalogados. A medida que uno crece se vincula con más gente de la sociedad santiaguina y se instruye, los aprende perfectamente, sin que nadie en particular se los enseñe, aunque si alguien lo hace, mejor. Y el hecho fue que ya antes de la adolescencia caí en la cuenta de que los apellidos míos (al menos los dos primeros) no estaban catalogados como aristocráticos. Más de una vez estuve en grupos de chiquillos y chiquillas que jugaban a decir todos sus apellidos, hasta llegar a más de diez. El juego era popular en la clase alta, porque así los que no tenían muy buenos apellidos iniciales estaban en condiciones de reafirmarlos con otros mejores que vinieran después. En general, todos aportaban, ya a la altura del quinto o el sexto, uno o más reconocidamente «buenos». Pero yo, para llegar al mejor que tengo, y casi el único indubitablemente «bueno» (Edwards), debo recorrer una veintena de otros que son considerados «más o menos» o definitivamente «raros»...
Sebastián Piñera me dijo perentoriamente: -Hermógenes, yo sé que vas a sacar a relucir el tema del Banco de Talca y te advierto que, si lo haces, yo voy a revelar que recibiste un cheque de diez millones de pesos del general Pinochet.
Pero ya estando en el colegio yo empecé a comparar con casas de amigos y me di cuenta de que había gente que vivía todavía mejor que nosotros. Y a la altura de los doce o trece años, ya cursando Humanidades, recuerdo que un grupo del curso empezó a farsantear con apellidos y posición social. Cuando yo quise echar mi cuarto a espadas a ese respecto, fui parado en seco por Juan Pablo Izquierdo, el hoy famoso director de orquesta, que en el Saint George's estaba en mi mismo curso (y que, por lo demás, era muy buen compañero), quien me hizo con toda claridad y sin ninguna agresividad una aclaración:
-Mira, a los Izquierdo los conoce todo el mundo; en cambio, a los Pérez de Arce no los conoce nadie.
Me dejó bastante desconcertado.
<>En ese año 1989 habían recién aparecido los primeros teléfonos celulares y la compañía nos había entregado en préstamo un aparato a cada uno de los candidatos. Una mañana, temprano, en que iba saliendo a cumplir mis actividades como tal, sonó mi aparato, provocándome gran alegría, porque casi nadie me llamaba a él. Era Sebastián, que me dijo perentoriamente:
-Hermógenes, yo sé que vas a sacar a relucir el tema del Banco de Talca y te advierto que, si lo haces, yo voy a revelar que recibiste un cheque de diez millones de pesos del general Pinochet.
Yo no tenía presente en ese momento que Sebastián había sido encargado reo como gerente de dicho banco, pues lo había olvidado, y esto sucedía mucho antes del programa Decisión '89, a raíz del cual mi amigo empresario me había hecho llegar fotocopia de las publicaciones de prensa al respecto. Entonces le respondí, desconcertado, a Sebastián:
-¿Y qué pasó en el Banco de Talca?
Mi pregunta, a su turno, lo desconcertó a él, que no supo qué responder y sólo resolvió insistir en lo del cheque del general Pinochet.
Esto último era estrictamente verdad, pues uno o dos días antes de ese llamado, estando en plena sesión con las personas a cargo de mi comando electoral, yo había recibido en el mismo celular otro del general Jorge Ballerino, que era probablemente el uniformado más próximo al Presidente en ese momento, en que me había dicho más o menos lo siguiente:
-Hermógenes, quiero que sepas que el Presidente me ha ordenado hacerte llegar un cheque de diez millones de pesos como ayuda a tu campaña. Te advierto que se trata de recursos personales de él y no tienen que ver con el gobierno. Es plata de él.
Yo había quedado muy agradecido, pero, obviamente, no era una cosa que fuera a andar publicando, ni mucho menos... El hecho fue que, cuando llegué a mi comando, tras recibir la amenaza de Sebastián y contestarle que nada sabía de lo del Banco de Talca, referí la llamada a quienes me ayudaban, manifestándoles mi extrañeza por el hecho de que él supusiera que íbamos a hacer semejante cosa. Entonces, uno de los del comando me dijo:
-Es que justamente hace un rato se planteó esa idea y la discutimos.
O sea, Sebastián había sido informado antes que yo sobre las ideas y estrategias que se debatían en la cúpula de mi comando. ¡Dentro de éste había un "topo" que trabajaba para Piñera!
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