Fotografía: Patricio Valenzuela
-¿Pueden coexistir riqueza y medio ambiente?
-A mí me gustaría que redefiniéramos el concepto de riqueza, para que no sólo incluya las finanzas. Sino muchas más cosas, como el espíritu, la naturaleza, la música y el arte. Mira, si la alegría es una parte de la riqueza. Conozco mucha gente que tiene mucha plata y no es muy feliz. ¿Son ricos? Sí. ¿Están felices? Probablemente no.
-Está bien. Pero ahí se refiere a la riqueza individual. ¿Qué pasa cuando se trata de la riqueza nacional?
-No podemos talar un bosque milenario y esperar que vuelva a crecer. Si hacer eso es parte de cómo un país va a crear riqueza, bueno… Me pasa cuando miro a Chile, que ya es rico de una forma. En dos, de hecho. La gente es maravillosa. Eso es riqueza, su espíritu. Y la segunda, es que tiene un medio ambiente increíble. Entonces es un país que ya tiene dos tipos de riqueza. Por eso creo que el desafío es juntarlas, para crear una economía fuerte y buena. El turismo local puede ser una de esas formas. En inglés hay una expresión que dice "no mates a la gallina de los huevos de oro". Yo creo que tienen muchos huevos de oro en Chile. El problema, y es algo que han visto ahora con la caída de la industria salmonera, es que tal vez hubo demasiada codicia.
-Entonces, a nivel empresarial, ¿la codicia no es buena?
-En nuestra cultura se supone que la codicia debería ser una mala palabra. Creo que eso se debe a que implica un deseo de generar riqueza sin importar las consecuencias. Entonces la codicia es mala. Al menos ésa es mi definición de codicia. Que no te importa lo que haya en tu camino. Yo creo, en cambio, que el instinto empresarial es algo bueno. El deseo de mejorar la vida de tu familia y la de tu país es bueno. Pero eso es distinto a la codicia. Hay que tener una mirada más amplia de la riqueza y la felicidad. Que no sólo tenga que ver con el dinero.
-Un debate que se planteó acá, dentro de la clase empresarial, era si es malo o no mostrar el dinero y comprarse un Porsche o un helicóptero. Si un tipo trabaja duro y gana una fortuna, ¿está mal que la exhiba?
-Yo creo que cada quien debe tener su propio estilo. Mi familia, en general, prefiere mantener un perfil bajo. Pero no voy a ir diciéndole a alguien que mostrar su dinero está mal. Yo solía tener un Porsche y me encantaba. Ahora ya no, porque tengo dos Prius japoneses, esos de Toyota. No creo que alguien pueda decirle a otra persona cómo relacionarse con su fortuna.
"La codicia debería ser una mala palabra. Creo que eso se debe a que implica un deseo de generar riqueza sin importar las consecuencias. Ésa es mi definición de codicia. No te importa lo que hay en tu camino. Yo creo, en cambio, que el instinto empresarial es algo bueno. El deseo de mejorar la vida de tu familia y la de tu país. Pero eso es distinto a la codicia. Hay que tener una mirada más amplia de la riqueza y la felicidad".
-¿Pero considera malo exhibir la fortuna?
-Yo creo que la gente que muestra su fortuna paga un precio si lo hace de la forma equivocada. Es fácil perder los amigos así. El problema no es pavonearse. Esto es algo que viene del entrenamiento de mi padre: si ni siquiera le dices buenos días a la gente que trabaja contigo, si eres descortés con ellos, si pierdes a tus amigos porque ya no tienen suficiente plata y tú sólo quieres estar con gente adinerada, eso es algo por lo que pagas.
Después de la entrevista, David se sentaría a comer. Cenaría cebiche de salmón, una quiche y cordero. Tomaría vino blanco y merlot. Le diría a su esposa que pronto deberían visitar Escandinavia. O Venecia. Diría también que Aysén se parece mucho a Alaska y que eso, por cómo conoció a Susan, hacía que estar aquí, en el fin del mundo, fuera aún más especial. De postre comería calafates con crema y sabría, horas después, que la leyenda local dice que quienes comían de ese fruto están destinados a volver a la Patagonia.
Y a David, eso no le molestaba mucho.
Porque él ya estaba pensando cómo lo haría para volver a acostumbrarse a su vida fuera del mar. Imaginaba que en unos días ya no estaría en Aysén con el viento soplando en su cara, y rodeado de gente a la que le basta con saber que es David. A secas. Gente a la que ni siquiera le interesa conocer toda la historia que Rockefeller Jr. ha tenido que arrastrar con su nombre.
El día terminaría con una sorpresa para Susan. Con ellos dos bajando cerca de las 23:30 -cuando aún quedaban treinta minutos de San Valentín- al barco que los esperaba en la caleta para llevarlos hasta el ventisquero Montt.
David desapareció en la oscuridad, alejándose por esas pasarelas de madera que cruzan todo Tortel, para navegar siete horas y mostrarle a su mujer el hielo. David podría haber estado en cualquier parte. Pero está aquí y eso no es un capricho, sino una forma de que esta vez, 65 años más tarde, pueda mirar el mar y nada ni nadie lo interrumpa. Entonces llegaría al ventisquero al amanecer, sintiendo el viento en el rostro y diciéndole a Susan que si tuviera que quedarse con un solo momento de todo su viaje, no dudaría en quedarse con éste. Estar aquí, tan lejos de las finanzas familiares, es su revancha y su último canto. No es difícil imaginar que David, parado en la cubierta de un barco que navega donde el mundo se acaba, deja de sentirse un Rockefeller. Que ahí es sólo un marinero gordo y enamorado que fue a perderse en el mar.
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