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Rockefeller a capela

  • Fecha: 20 02 2010
  • Sección: Negocios
  • Comentarios: 3

Fotografía: Patricio Valenzuela

Rockefeller quiere ser normal

David Rockefeller Jr. trató toda su vida de ser un tipo normal. Pero llamarse así, tener un nombre que evoca a la versión más joven de su padre, obliga a pagar ciertos precios. Uno de ellos, que el mundo espera que sigas sus pasos. Hasta cierto punto, David Jr. lo hizo. Se graduó de abogado en Harvard, la misma universidad donde su padre se tituló de economista. Sólo que David hijo no había ido a Harvard para entrar a los negocios de la familia: reconoce que, mientras decidía qué hacer, ése le pareció un buen lugar para ejercitar la mente. De hecho, en vez de pensar en Wall Street, David buscaba formas de escapar. Una era cantar. "Cantaba en el coro de una iglesia desde que tenía 10 años. Sólo paré 50 años después. Cantar es un regalo del oído y de la voz. No tiene nada que ver con plata. Nada que ver con clase social", señala. La otra, era navegar. Dice que lo aprendió de su padre.

-¿Por qué le gustó de inmediato la navegación?

-En parte por la competición, cuando participaba en regatas. Me encanta ser uno más en un equipo y competir. Y también me encanta ganar. La otra parte era estética. Las aves marinas, el sol, la luna. Yo solía navegar de noche y trataba de sentir el viento, sin necesariamente verlo.

-¿Nunca sintió que debía seguir los pasos de su padre?

-Creo que él lo hubiera querido.

-Era usted David Jr., después de todo. El mayor de los 6 hermanos…

-Pero sabes, era contra las reglas del banco Chase que un hijo reemplazara a su padre. Antinepotismo. Así que nunca fue una posibilidad, incluso si lo hubiera querido. Y mis intereses iban en otra dirección. Sin embargo, terminé dirigiendo la compañía de servicios financieros de nuestra familia y varias de las fundaciones.

Finalmente, David Jr. entró a los negocios de la familia. Primero, en 1983, a cargo del fondo de la familia de donde sale la mayor cantidad de dinero para fines filantrópicos -el Brothers Fund- y luego, en 1991, cuando fue elegido por sus 22 primos para suceder a su padre a la cabeza de los servicios financieros del clan, que maneja activos por 3 billones de dólares y es, en el fondo, la fuente económica que sostiene a la familia.

Estuvo allí siete años. Motivado, sobre todo, con la idea de seguir con la fama filantrópica que su abuelo había convertido en un sello de la estirpe. Porque su familia, reconocidamente presbiteriana y republicana, no entendía la filantropía como tirar plata al platillo en la iglesia. "No es caridad -dice-. La filantropía es pensar cuál es el problema más importante que las empresas no están solucionando y que el gobierno no está solucionando. Y, claro, detectar ese problema y encontrarle una solución".

Después de eso, David Jr. sintió que había cumplido y que podía retirarse en paz. Comenzó sus propias fundaciones, como Sailors for the Sea, que busca generar conciencia sobre la conservación marina. Pero no se desligó del todo del holding de los Rockefeller: participa como miembro del directorio, supervisando algunos fondos y sin sentir que hay toda una familia y una tradición que necesitan que no se equivoque.

"Creo que la gente que muestra su fortuna paga un precio si lo hace de la forma equivocada. El problema no es pavonearse. Esto es algo que viene del entrenamiento de mi padre: si ni siquiera le dices buenos días a la gente que trabaja contigo, si eres descortés con ellos, si pierdes a tus amigos porque ya no tienen suficiente plata y tú solo quieres estar con gente adinerada, eso es algo por lo que pagas".

-Usted que puede hacer la comparación, ¿cómo ha cambiado el liderazgo entre la generación de su padre y la de hoy?

-Me entristece cómo ha cambiado el liderazgo a nivel corporativo y también gubernamental. El mundo se ha vuelto tan especializado, hay tanta competencia en los negocios, que ya no existe gente que tenga una visión amplia del mundo. Mi padre creció en una época en que estaba bien que el presidente del Chase tuviera una colección de arte. Hoy los líderes de las corporaciones norteamericanas están tan presionados por los accionistas, que tienen menos tiempo para pensar.

-¿Y cómo fue su cambio de switch?

-Yo crecí amando el mundo natural. Y gradualmente me hice consciente de cómo la población y la tecnología y la codicia comenzaron a erosionar el ecosistema y el mundo natural. Ello no fue algo que se hiciera a propósito, pero fue el resultado de una población que crecía, que tenía aspiraciones y que buscaba la riqueza. Sentí que a la gente, en su vida, le estaban faltando los verdaderos valores. Que sólo estaban persiguiendo dinero. Que no estaban entendiendo. Ésa era una preocupación mía. Preocuparse por el medio ambiente no es sólo bonitos árboles verdes. Es también querer agua pura, aire limpio y comida saludable.

Rockefeller y la fortuna

Susan Cohn tiene 51 años y es la segunda esposa de Rockefeller Jr. Se casaron hace dos años en una boda que fue cubierta hasta por el New York Times y que se realizó en la estancia familiar de 40 piezas y  1.380 hectáreas en los cerros de Pocantico, en Nueva York. David y Susan se conocieron hace nueve años, cuando ella produjo la película "This is Alaska", donde David ayudó con el guión e hizo las locuciones.

Ella se unió al viaje hace un par de semanas. Quería conocer Chile e ir a Caleta Tortel, donde Oceana está tratando de conseguir un Área Marina Costera Protegida. La tarde del domingo 14, mientras David la esperaba en medio del aeropuerto de Balmaceda, Susan había salido a buscar a Álex Muñoz, el director ejecutivo de Oceana en Chile, que los había ayudado a organizar el viaje, que estaba al tanto de la agenda de Rockefeller en Chile y que les mostraría el trabajo que la organización estaba haciendo en Aysén.

Susan, de cierto modo, es la forma de llegar a David. Si ella está contenta, él está contento. Pero durante poco más de una hora, durante el trayecto en avioneta entre Balmaceda y Tortel, Susan no estaría muy feliz. No le gustan los viajes en avión. A veces, sólo para calmarse un poco, se toma un Valium antes de despegar.

Justo antes de subir a la avioneta, por la que pagaron alrededor de 700 mil pesos, Susan miraría por la ventana y pediría, bromeando, un pisco sour. Un rato después, llegarían al Hotel Entre Hielos de Tortel.

David, en un día, pocas veces dice la palabra Rockefeller. En el aeropuerto de Balmaceda se presentó con su primer nombre y sólo pronunciaría su apellido al día siguiente, cuando habló con Bernardo López, el alcalde de Tortel, sobre medio ambiente y desarrollo sustentable.

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