Por: Andrew Chernin, desde Caleta Tortel
Su apellido es sinónimo de riqueza. Su bisabuelo fue el primer norteamericano en ganar un billón de dólares; y su abuelo, el patriarca que consolidó esa fortuna. David Rockefeller Jr. (68) sabe todo eso. Hoy, navegando en las aguas del sur chileno -en su cruzada por el cuidado del medio ambiente-, mira con algo de distancia esa vida que conoció desde siempre. Y aunque él prefería cantar, recorrer montañas y perderse en el mar, habla aquí con propiedad de lo que significa ser millonario, de la codicia, de la ostentación y de cómo han cambiado los tiempos.
Fotografía: Patricio Valenzuela
El aeropuerto de Balmaceda es una estructura de latón, fierros y madera que se sostiene en medio de la nada, que en los baños tiene puertas que no cierran bien y que sólo necesita un carabinero en servicio. Un lugar donde ver llegar a los pasajeros de alguna de las dos aerolíneas que aterrizanan ahí -mientras se escucha el cancionero romántico que suena desde la cafetería- es el único pasatiempo posible.
Balmaceda está retirado y un poco solo, pero es el pueblo que tiene el único aeropuerto de la región de Aysén. Para salir y para llegar, hay que pasar por ahí. Y eso hace que este espacio funcione con la complejidad de un terminal de buses. Familias enteras van a despedir y a recibir parientes. Aquí, cualquier hijo de vecino que parta puede escuchar los aplausos, los gritos de suerte y sentirse una pequeña celebridad.
El domingo 14 de febrero, cerca de las 4 p.m., un tipo acompañado de su señora podría haber interrumpido esa dinámica. Él se veía tal como uno se imagina a un gringo de 68 años que ha cruzado el mundo para venir a conquistar la Patagonia. Alto, barrigón, barbudo, con la cara un poco roja. Como muchos de los que llegan diariamente a Balmaceda. Sólo que éste no era sólo un gringo más.
Ahí, sin perder la calma, estaba David Rockefeller Jr. El heredero de David Rockefeller, presidente del Chase National Bank. El nieto de John D. Rockefeller Jr., el magnate que consolidó la fortuna petrolera de la Standard Oil, que había comenzado una generación antes su padre, John D. Rockefeller.
Más tarde, David Jr. diría que está acostumbrado a ese tipo de situaciones. Que a pesar de que la fortuna de su padre esté estimada en US$ 2.2 billones y que Forbes lo ubica en el casillero 147 entre los 400 americanos más ricos del planeta, él es un tipo al que le gusta pasar desapercibido. Por eso muy pocos saben que está en Chile.
Su barco, el Ocean Watch, lleva seis meses dando la vuelta por el continente americano, con un equipo de científicos a bordo, realizando investigaciones sobre la acidez del mar y el cambio climático. Salió desde Seattle y ahora, después de pasar por Canadá, el Atlántico y el Cabo de Hornos, navega por las costas chilenas. Y si David estaba en ese aeropuerto, acompañado de su esposa Susan Cohn, una documentalista y chairwoman del Oceana's Ocean Council -agrupación de líderes voluntarios que apoyan los esfuerzos de esta organización para conservar el océano-, era porque quería llegar hasta Tortel. Para conocer la caleta y, más tarde, desaparecer por una noche en el hielo.
Lo primero que David recuerda es estar mirando el mar. Estaba en Cape Cod, una playa en Massachusetts. Era la Segunda Guerra Mundial. A él lo estaba cuidando Margaret, su madre, porque David padre estaba peleando en Europa. Y David Jr., que entonces debe haber tenido unos tres años, miraba el Atlántico y veía cómo el silencio se interrumpía cuando los jeeps del ejército norteamericano bajaban a la playa buscando submarinos alemanes.
Cuando niño, David fue matriculado en The Buckley School, en Nueva York. Se sentía como un alumno más, hasta que un compañero se acercó y le dijo "tú eres rico". "Yo les contestaba que no. Que no lo era. Porque a mí no me gustaba la idea de ser rico. Pero ellos insistían, decían que yo era rico y que mi familia era millonaria", recuerda.
Un poco mayor, fue matriculado en The Buckley School, en Nueva York. Se sentía como un alumno más, hasta que un compañero se acercó y le dijo "tú eres rico". "Yo les contestaba que no. Que no lo era. Porque a mí no me gustaba la idea de ser rico. Pero ellos insistían, decían que yo era rico y que mi familia era millonaria. Yo creo que mi familia me protegió de esta idea y fue bueno, porque me hizo sentir más normal".
-¿Y por qué le molestaba que le dijeran que era rico?
-Creo que quería ser alguien común y corriente. De cierta forma sabía que era cierto, que era rico. Simplemente no me gustaba el cartel.
-¿En qué punto se da cuenta que era rico?
-Personalmente nunca he tenido una gran fortuna. Más que nada era la familia y la historia, y no la fortuna. Lo que pasa es que mi bisabuelo y mi abuelo fueron muy ricos. Entonces yo acarreo un nombre que representa riqueza. A mí siempre me enseñaron lo importante que era ahorrar. Cada semana nos daban una pequeña mesada, de la que había que entregarle el 10% a la Iglesia y ahorrar otro 10%; el resto lo podía gastar. Supongo que eran algo así como 5 ó 10 dólares. No era mucho. Pero eso servía como entrenamiento para dar, ahorrar y usar.
En vez de pensar en Wall Street, David buscaba formas de escapar. Una era cantar. "Cantaba en el coro de una iglesia desde que tenía 10 años. Sólo paré 50 años después. Cantar es un regalo del oído y de la voz. No tiene nada que ver con plata. Nada que ver con clase social", señala. La otra, era navegar. Dice que lo aprendió de su padre.
Todo partió con su bisabuelo, que fundó la Standard Oil en 1870, y que gracias al alza de la importancia de la bencina se convirtió en el primer americano con un patrimonio de más de un billón de dólares y en el hombre más rico del mundo. Siguió con su abuelo, que comenzó un imperio inmobiliario y fue el mayor accionista del Chase National Bank y, de cierta forma, cerró una etapa con su padre David, que fue presidente de ese mismo banco y que hoy, con 94 años, es el último patriarca de una familia con una fortuna que, ya en 1992, el New York Times calculaba entre 5 y 10 billones de dólares.
Hoy, el grupo Rockefeller obtiene sus ganancias de los bienes raíces. Son dueños de 715.000 m2 del corredor oriental del Rockefeller Center en Manhattan, construido por la familia en 1939. El holding está dividido en cuatro departamentos: el que se dedica a la compra y manejo de bienes raíces destinados al uso comercial -con clientes como Morgan Stanley, News Corp y Delta Airlines-, el que maneja las inversiones de la familia, el que controla las oficinas en el Centro Rockefeller y el que se dedica a entregarles soluciones tecnológicas a los arrendatarios.
-¿Cómo describiría la relación con su padre?
-Lo admiro mucho. Él tiene un sentido del humor muy sutil. Tienes que escucharlo cuidadosamente para entender sus bromas. Pero es un poco a la antigua. Tiene 94 años y creció en un momento muy distinto al de hoy. Tú sabes, la generación de mis hijos llama a sus padres por sus nombres. Yo nunca haría eso. Había una cierta formalidad. Yo creo que fue porque aprendió modales a la europea. Él es muy generoso. Y silenciosamente fascinante.
-Además del nombre, ¿qué heredó de él?
-Es una buena pregunta… Lo que más atesoro, y él me lo enseñó a través del ejemplo, es que hay que tratar a todos por igual. No tratas mejor a alguien porque sea tu socio en algún negocio o venga de una clase social alta. Y no tratas peor a alguien que trabaje para ti.
-En el mundo en que usted creció, ¿se trataba a todos por igual?
-Nosotros no éramos los únicos… Pero creo que eso, tratar a todos por igual, no era algo usual.
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