Él mismo cuenta que a principios de 2005 nace su idea de estafar a algunos clientes. Alberto López, un rico hacendado argentino, le manifestó sus ganas de dejar el banco. "Me apaniqué. De ser así, no sólo no cumpliría la meta sino que además quedaría en negativo", recuerda.
La "meta" es un tema clave para cualquier ejecutivo de Wall Street: implica cumplir anualmente con un número determinado de nuevos clientes -o un monto específico de recursos- y con ello acceder a suculentos bonos. Para retener al hacendado le hizo una oferta: una ganancia del 21% en una de sus cuentas. "Le prometí algo imposible. Lo hice por presión", asegura. Y agrega: "Maldigo ese día".
A los pocos meses, López exigió su supuesta ganancia. Según Arbizu, se trataba de unos US$ 200 mil. Ante la exigencia, el ex ejecutivo puso en marcha la conocida bicicleta para ir cubriendo sus sucesivos fraudes bancarios. Se trata, en simple, de sacar plata de un cliente para pagar a otro. "Rob Peter to pay Paul", como se denomina en jerga financiera a este tipo de movimientos.
El segundo afectado fue el clan Acevedo Quevedo, una influyente familia de Paraguay que participa en política.
En 2006, Arbizu escaló un peldaño más en el mundo financiero neoyorquino: JP Morgan le ofreció hacerse cargo de la vicepresidencia de Banca Privada y coordinar las filiales de todo el Cono Sur. Sin dudarlo, aceptó la oferta.
"Además de ser conveniente en términos monetarios -mi sueldo llegaría a los US$ 650 mil anuales-, parecía ser un salvavidas a mi problema en UBS. Creí que la presión por captar clientes terminaría y que nadie notaría mis estafas", asegura. Su puesto implicaba, además, estar basado en la ciudad estadounidense y ocupar un piso en el edificio corporativo del banco, en la exclusiva Park Avenue.
Pero se equivocó. En JP Morgan, dice, las exigencias aumentaron. Cada año debía "traer" a las arcas del banco cerca de US$ 150 millones de nuevos clientes. Trabajaba sin descanso: se levantaba todos los días a las 4 a.m. para llegar a las 7 a su oficina situada en el quinto piso del edificio en Manhattan. Apenas dormía, viajaba todo el tiempo: dos semanas vivía en Nueva York y las otras dos en Argentina.
Pero sus ganas por mantener ese trabajo y su nivel de vida lo llevaron a idear nuevas maneras para capturar más personas. "En el JP Morgan no aceptábamos clientes con menos de US$ 25 millones líquidos y para atraerlos asistía a lugares a donde suele ir ese tipo de gente: el Four Seasons, el Hyatt y los mejores hoteles y restaurantes de Manhattan", revela.
A mediados de 2007 los Acevedo Quevedo se contactaron con Arbizu. Los paraguayos -que no sabían que el ejecutivo había cambiado de trabajo- le pidieron viajar a su casa ubicada al norte de Asunción para preguntarle sobre sus inversiones en UBS. "Sin pensarlo lo hice. Prefería que me vieran, para no sembrar dudas", dice.
"Queremos nuestro dinero para comprar unos campos", le dijeron. Mientras ellos hablaban -cuenta Arbizu-, la angustia se apoderó de él. Así surgió la nueva movida. "Me acordé de Natalio Gerber, el dueño de Musimundo, un gran cliente que tenía en el JP Morgan". Ésa fue la primera vez que falsificó una firma. "Autoricé un giro de US$2,8 millones y lo traspasé a la cuenta en el UBS que tenían los paraguayos", recuerda.
En abril de 2008, Gerber notó el vacío en su cuenta. Y se lo hizo ver al jefe de Arbizu en Argentina.
Fue el comienzo del fin.
Parecía ser un lunes normal. Eran las siete de la mañana del lunes 2 de mayo de 2008 cuando Hernán llegó a su oficina en calle Madero 900, en el distrito financiero de Buenos Aires. El entonces vicepresidente para Argentina de JP Morgan no alcanzó a sentarse en su escritorio cuando su superior lo llamó: "Faltan US$ 2,8 millones de la cuenta de Gerber", le dijo.
El ejecutivo se hizo el desentendido: "Le aseguré que los iba a buscar", recuerda. Sin embargo, tomó sus cosas y arrancó del lugar. Desesperado, llamó a su hermana mayor quien a los 40 minutos lo recogió en una plaza cerca de la filial de JP Morgan en Buenos Aires.
"En el JP Morgan no aceptábamos clientes con menos de US$ 25 millones líquidos y para atraerlos asistía a lugares a donde suele ir ese tipo de gente: el Four Seasons, el Hyatt y los mejores hoteles y restaurantes de Manhattan", revela Arbizu.
"Mi hermana, quien es muy religiosa, apenas me vio me dijo: '¿Qué hiciste?''. Por mi cara notó que no andaba en algo bueno", asegura. Le contó todo y ella le aconsejó que reconociera el delito. Contactaron a Pablo Argibay Molina, un abogado amigo de la familia, quien al día siguiente fue a la oficina del banco norteamericano en representación de Arbizu.
Su abogado se reunió con los asesores legales de la entidad. Les ofreció la confidencialidad de su defendido a cambio de ser juzgado en Argentina. "Oferta denegada. Lo vamos a destruir", le dijeron. El trasandino asegura que una hora más tarde recibió una llamada de EE.UU. Álvaro Martínez Fonch, jefe para Latinoamérica del banco, lo llamaba para que viajara a ese país a explicarles a sus superiores qué había pasado. Arbizu se quedó en Argentina. Junto a Argibay dio forma a una estrategia que desconcertó por completo a sus ex jefes.
Su objetivo número uno: zafar de la justicia norteamericana. El jueves 12 de mayo de 2008 llegó hasta las oficinas del juez Sergio Torres. "Vengo a confesar un delito de estafa", le dijo. Y le contó todo. Cómo operaba, a quién perjudicó, de dónde sacó el dinero, cuánto robó. Y además le entregó una carpeta.
En una declaración titulada "Mi Error", Arbizu reconocía los delitos cometidos, involucrando, de paso, al banco en supuestas prácticas de evasión de impuestos, lavado de dinero y retiros fraudulentos.
En la carpeta, iba una lista de cerca de 200 clientes de JP Morgan, entre los cuales figuran importantes empresarios y grupos empresariales argentinos y chilenos. Y dispara: "Al confesar mi delito, tuve que confesar uno peor, uno que hacía todos los días con autorización de mi jefe y por el cual me pagaban un feroz sueldo: transferir dineros de mis clientes al extranjero, evitando que paguen sus impuestos".
Según el ex golden boy, el negocio de la banca privada en Argentina es un fraude al país porque el banco ayuda a clientes a lavar dineros y evadir impuestos. Dice que hay millones de dólares de privados argentinos que no están declarados en el país. Y agrega, con un dejo de ironía, que "de alguna manera no me perturbaba tanto estafar a los clientes que estafé. Ellos no declaraban su fortuna y muchos pagaban para sacar la plata fuera del país. Mis clientes no eran trigo muy limpio".
Con esta acusación en la mano, el viernes 13 de mayo del 2008, y con la orden del juez, la policía argentina requisó las oficinas de JP Morgan. A la semana siguiente, el banco interpuso un requerimiento judicial para proteger su información confidencial y la de sus clientes. Y aunque el suizo UBS no ha interpuesto demanda, es cuestión de tiempo. "Probablemente están esperando que me extraditen para hacerlo", dice el argentino.
El 13 de mayo de 2008, el juez norteamericano James C. Francis presentó contra Arbizu una orden de captura en la corte del Distrito Sur de Nueva York.
A las 9:30 del 30 de junio de ese año, oficiales de Interpol capturaron a Arbizu en la esquina de Palermo, luego de salir de su casa, situada a sólo dos cuadras. Sin embargo, a los tres días, y tras pagar una fianza de US$ 16.500, quedó en libertad. Desde entonces, han pasado 17 meses. "Para tratar de no pensar todo el tiempo en esto, estoy corriendo 10 kilómetros diarios", dice desde su refugio. Cuenta, además, que no tiene dinero y que vive a costa de sus hermanas. Y, bueno, que su gran temor es ser extraditado a EE.UU.
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