Por: María José López
Hace justo un año que Laurence Golborne renunció a la gerencia general de Cencosud. Hoy, pese a mantener una buena relación con Horst Paulmann, mira a esa empresa de lejos. No se arrepiente. El 2009 ha disfrutado administrando su propio trabajo en directorios, fundaciones y proyectos propios. ¿Su última jugada?: el restaurant Oliva Limón, en el Mirador del Alto, a pocos metros de la oficina que ocupó por 8 años. Más adelante, dice, no descarta volver a la industria del retail.
Fotografía: José Miguel Méndez
"Papá, ¿es verdad que ahora no vas a trabajar? ¿De qué vamos a vivir?". La pregunta la hizo Laurence Golborne junior (11) a su padre, luego de que éste le informara a su familia que había renunciado a la gerencia general de Cencosud. Tras ocho años en el cargo, la noticia de su partida -conocida públicamente el 4 de diciembre del 2008- no sólo remecía a la industria del retail y al mundo financiero nacional. Impactó también puertas adentro.
No era para menos. Luego de 25 años de carrera ejecutiva -de ellos, diez estuvo en Gener y ocho en Cencosud-, era la primera vez que Laurence Golborne optaba por el trabajo independiente. Además, la decisión de abandonar el holding de Horst Paulmann la tomaba justo en medio de la crisis económica mundial. Un escenario complicado para emprender "vuelo propio".
Las cosas, sin embargo, salieron bien. Sentado junto a su mujer, Karin Oppermann, y al resto de sus socios en el restaurante Oliva Limón -su última aventura empresarial-, Laurence Golborne se ve hoy relajado. Se jacta de conocer al dedillo cada uno de los platos de cocina mediterránea que se sirven en la mesa y dice que la música que se escucha de fondo -una mezcla que incluye desde salsa hasta Eros Ramazzotti- está sacada directamente de su iPod. "Siempre había querido tener un restaurante", confiesa. Y no puede disimular el orgullo que siente por este lugar (ver recuadro), que está ubicado en terrenos de su ex jefe: el Mirador del Alto Las Condes.
A su lado, su esposa recuerda los tiempos en que Golborne dejó Cencosud. "Para mí su pega no es un tema ni tampoco lo es para los niños. La única que de verdad tuvo miedo fue mi nana. Lo que pasa es que Laurence es muy mañoso, entonces ella me preguntó inquieta: 'Señora, ¿don Laurence va a dejar de trabajar y va a almorzar en la casa todos los días?'", comenta, entre risas.
La lluvia de ofertas laborales empezó de inmediato. Pero Golborne se tomó un mes de vacaciones en el sur junto a su familia, y al regreso decidió que el 2009 trabajaría a su ritmo y lejos del retail nacional. Así, el hombre que fue elegido varias veces el "mejor ejecutivo del año", arrendó una oficina en el epicentro de los negocios santiaguinos: El Golf 99. Hans Eben le ofreció compartir "techo" junto a Vittorio y Canio Corbo y Ernesto Tironi. "A todos los conocía, así es que acepté feliz", dice Golborne.
Desde ahí, hoy divide su tiempo entre las cinco empresas de las cuales es director -Alsacia S.A., Grupo Progreso en Centroamérica, Inversiones Arrigoni S.A., Inversiones Ecomac S.A. y Havas Media-, sus participaciones ad honórem en compañías y fundaciones -Audax Italiano, Fundación San Agustín de la UC, UDD e Icare- y sus proyectos personales, como Vox Comunicaciones Estratégicas y el restaurante Oliva Limón.
- ¿Cómo ha cambiado su vida desde el 4 de diciembre pasado?
- Muchísimo. Hoy día estoy dedicado a hacer múltiples cosas. Estoy metido en temas muy diferentes y escojo muy bien en qué participar y en qué no. Ésa es la principal diferencia. Uno tiene menos obligaciones. Por ejemplo, si me invitan a un campeonato de golf, puedo aceptar si ningún cargo de conciencia.
- ¿Antes era impensable?
- No es que tuviese problemas para ir, lo que pasa es que uno tiene que predicar con el ejemplo: no puedo llegar y mandarme cambiar a un campeonato de golf a las 2 de la tarde y después exigirle a la gente que trabaje todos los días hasta tarde.
- ¿Cómo es hoy su rutina diaria?
- En términos de tiempo, trabajo igual que antes. En la mañana voy a dejar a los niños al colegio y a las 8:30 a.m. llego a la oficina. Normalmente me quedo hasta las 7:30 p.m. El ritmo de trabajo no ha cambiado. Es un tema de personalidad, yo no soy relajado como para cambiar mis hábitos y llegar más tarde.
- Pero disponer de su tiempo le permite ordenar su agenda a su manera. ¿Qué otros permisos se da que antes hubiesen sido imposibles?
-En mayo nos fuimos dos semanas a Nueva York con mi familia. Eso no lo habría podido hacer antes. La agenda la manejo yo mucho más fácilmente. Por ejemplo, el fin de semana pasado me fui a las Torres del Paine. Bloqueo la agenda jueves y viernes, y me voy para allá el fin de semana.
- ¿Qué es lo positivo de haber dejado una gran empresa?
- Lo positivo tiene que ver con la libertad, la capacidad de poder dedicarme a distintas cosas. Antes también tenía libertad, pero tenía obligaciones y responsabilidades y, como tanta gente dependía de mí, no era tan trivial llegar e irse. Me podía tomar unos días de vacaciones, pero siempre se requería mi presencia en reuniones. Hoy gozo de mayor libertad para decidir en qué proyectos comprometerme.
- ¿Y lo negativo de estar solo?
- Quizás lo único negativo es que uno cuando está solo no tiene la gran estructura de apoyo que ofrecen las grandes empresas. Entonces, cuando se te estropea el celular tienes que ver tú solo cómo solucionar el problema (ríe).
- ¿Difícil acostumbrarse a ser independiente?
- Para nada. Cuando uno está en un cargo alto, está bastante solo. Existe la soledad del poder. Uno tiene mucho apoyo y gente alrededor, pero la toma de decisiones, el manejo de tu tiempo y la definición de las prioridades son temas que muchas veces hay que enfrentarlos solo. Hoy me siento sumamente afortunado porque estoy en una excelente oficina en la cual participo con Vittorio Corbo, Hans Eben y Ernesto Tironi.
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