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Un cementerio de palabras

  • Fecha: 15 08 2009
  • Sección: Mundo
  • Comentarios: 4
El sábado se lanzaron sólo 500 ejemplares. No alcanzaron para todos los que se reunieron ese día en la Plaza de Armas de La Habana.

El sábado se lanzaron sólo 500 ejemplares. No alcanzaron para todos los que se reunieron ese día en la Plaza de Armas de La Habana.

Kitsch revolucionario

 Pero lo más valioso que se echa en falta en esta colección que todavía no llega a las librerías, son las emociones del momento histórico matizadas por la voz y la imagen del orador que decía todas estas palabras, ahora recogidas sobre la frialdad del papel. Porque la voz y la imagen de Fidel Castro han jugado en este medio siglo un rol decisivo en la aceptación de su autoridad o, mejor, en el sometimiento a su voluntad de parte de toda la clase dirigente y, aunque cueste creerlo, de una aplastante mayoría de la población. La fascinación se alimentaba de su presencia,  de eso que los entendidos llaman "el carisma" y que se ha venido deshaciendo en estos últimos años en que se ha evidenciado su humana fragilidad.

Los cubanos que fuimos adolescentes en los años 60 y 70 no podremos olvidar que imitarlo se convirtió en un juego recurrente, en el que llegó a haber verdaderos expertos. Alargando los dedos para acomodar invisibles micrófonos, adelantando el torso sobre la imaginaria tribuna, y con la mirada dirigiéndose al más lejano hombre o mujer de entre el millón de asistentes,  enronquecíamos la voz para decir cosas como "todos somos uno en esta hora de peligro", "en este minuto histórico que vive nuestra patria" o "cuando un pueblo enérgico y viril llora, la injusticia tiembla".  Ahora, todo eso en blanco y negro,  despojado de los prolongados aplausos, de las grandes ovaciones, del calor de una plaza colmada de himnos, repleta de banderas y con la agravante del desengaño y la frustración de no haber alcanzado el futuro luminoso que aquella voz nos profetizaba, ahora todo eso, con el perdón de quienes todavía no hayan perdido la fe, es puro kitsch revolucionario, donde falta el basamento teórico que permita decir a los exegetas: "He aquí el fidelismo".

Tres años atrás, hubo un enorme entusiasmo en las esferas oficiales para la preparación de los festejos por el cumpleaños 80 del Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros y Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, el invencible Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz. Una vulgar complicación de los intestinos puso entre la vida y la muerte al hombre que decidía los destinos de la nación y ya nunca más pronunció un discurso en público. La fiesta se pospuso y hasta se suspendieron los carnavales que coincidirían con la fecha.  Dejó todos sus cargos a su hermano Raúl y a partir de entonces pasaría a ser "el compañero Fidel". Tras ocho meses de dura convalecencia, comenzaría a producir su serie de "Reflexiones", en las que opina sobre lo terreno y lo divino, aclarando que no desea intervenir en las decisiones gubernamentales, aunque de hecho todo el que sabe leer entre líneas puede percibir el disgusto que le ocasionan los leves cambios que pretende introducir su hermano Raúl, en particular las discretísimas insinuaciones de acercamiento con los Estados Unidos.

A fin de cuentas, el fidelismo terminará por ser definido algún día como la fórmula usada por un individuo para imponer su voluntad, fueran cuales fueran los obstáculos en medio del camino. Será identificado como el empecinamiento, la intransigencia, la testarudez, la intolerancia de quien estuvo convencido de que cuando una persona está decidida a no ceder un milímetro en sus opiniones, automáticamente sus ideas pasan a la categoría de principios irrenunciables, de obligatorio cumplimiento para todos. Uno podrá decir que es fidelista cuando esté dispuesto a matar y a morir por determinados objetivos (no importa si nobles o malignos),  y cuando se esté íntimamente persuadido de que nada ni nadie podrá impedir que se alcancen. Lo que no significa que se consigan, porque cuando no se tienen alas, no basta con proclamar que no habrá persona en el mundo que nos impida volar para llegar al cielo.

Asunto terminado

Fidel Castro ha sido muchas cosas, pero finalmente se le recordará como el mejor hipnotizador de la historia de Cuba. Un ilusionista que hizo creer a millones de personas que el futuro sería promisorio e inminente y que cualquier sacrificio individual sería poco para el bienestar colectivo que se avecinaba. Un seductor que creó en la mente de millones de cubanos el ensueño de una dignidad nacional fortalecida en el combate frente al enemigo más poderoso de la historia del mundo. Por mantener esa fantasía inasible, al menos tres generaciones de cubanos renunciaron a tener garantizado aquello que  hubiera podido ser la base material de su tangible dignidad personal: una vivienda decorosa, una alimentación adecuada, un transporte eficiente y los más elementales derechos de expresión, información y libre asociación.

Ninguna compilación podrá listar los encantamientos que desde la tribuna prodigaba el máximo líder. Porque el efecto mágico no radicaba en las palabras del conjuro, que cualquier aprendiz de brujo sabría pronunciar, sino en el secreto perfume que emanaban sus invocaciones, hecho de la piel del pueblo, de los sueños imposibles, de las oscuras venganzas incumplidas.

Como parte de los regalos que le habrán hecho llegar este 13 de agosto por su ochenta y tres cumpleaños, es muy probable que se haya incluido un ejemplar, dedicado por el autor, de este diccionario, que mejor sería haberlo llamado catálogo o repertorio. Si no lo ha revisado antes de su impresión, habrá buscado ansioso algunas entradas, se habrá complacido con la ausencia de todo aquello que hubiera sido embarazoso y habrá fruncido el ceño al descubrir que no incluyeron aquella frase magistral que a él le parecía imprescindible para la historia de la patria.

Estoy seguro de que todos los fidelólogos y fidelistas del mundo querrán tener en su biblioteca este libro. Lo que dudo es que alguien acuda a consultarlo para buscarle solución a algún problema concreto. Los políticos, los economistas, los especialistas en temas de cultura, los instructores de deporte, los científicos, los religiosos, los meteorólogos y los militares del futuro no encontrarán aquí una guía para la acción, si acaso usarán una cita anodina que justifique que determinada hipótesis es políticamente correcta. En el mejor de los casos, si es que Cuba llega a ser algún día el país que muchos aspiramos que sea, podrán hallarse en este libro las mejores explicaciones de por qué todo tuvo que ser cambiado.

Que ahora alguien se aparezca con semejante diccionario sólo nos da el consuelo de que hasta sus fieles lo consideran un asunto terminado.

*Reinaldo Escobar  es periodista y vive en La Habana. Tiene un blog en el portal Desde Cuba.

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N° 2073, 31 de diciembre de 2010

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