Por: Reinaldo Escobar*, desde Cuba
En medio de empujones se lanzó en La Habana el "Diccionario de pensamientos de Fidel Castro". Un libro con 1.978 aforismos pronunciados, durante casi medio siglo, por el ex gobernante que esta semana cumplió 83 años. Al respecto, dos conclusiones. Una, que allí faltan los dichos y temas que podrían avergonzar a Castro, y que no son pocos. La otra, que sacar un diccionario de frases de alguien vivo -y que aún produce ideas- sólo es reconocer que él ya es asunto terminado.
Avalado por un titular en primera plana del diario Granma y como parte del homenaje por el cumpleaños 83 del líder de la revolución cubana, se presentó en La Habana el Diccionario de pensamientos de Fidel Castro, elaborado por el investigador Salomón Susi Sarfati. El lanzamiento tuvo como escenario la Plaza de Armas, justo en los portales del Instituto Cubano del Libro, donde ya es tradicional que cada sábado se presente al público un nuevo título. Para frustración de los que asistieron, en su mayoría personas que sobrepasaban los 50 años, los cerca de 500 ejemplares que allí se vendieron no alcanzaron para todos, a pesar de que la venta estuvo regulada bajo el signo del racionamiento (¡qué simbólico!) y sólo se podía comprar uno por persona. Cuando ya era evidente que no todos alcanzarían un ejemplar, los ánimos se caldearon y hubo codazos e insultos. Hasta la policía tuvo que intervenir para evitar males mayores. Pero eso es sólo un detalle organizativo que ni le quita ni le agrega nada al valor intrínseco de la obra.
Quizás sea éste uno de los pocos, si no el único diccionario que se realiza sobre el pensamiento de una persona viva y que aún produce ideas. Su autor debe haber enfrentado el enorme desafío de consultar aproximadamente 6.000 horas de intervenciones públicas (un promedio de diez u once horas al mes, por 47 años) que se calcula protagonizó el infatigable orador durante su gestión de conductor de la revolución cubana. A este caudal de grabaciones -atesoradas seguramente en alguna fonoteca, transcritas y revisadas con sumo cuidado-, habrá que sumarle las miles de páginas donde se recogen las entrevistas que ha concedido y otros centenares de cuartillas en cartas, informes y libros escritos por el comandante. Sólo así se podría cumplir el ambicioso propósito de encontrar el hilo de Ariadna, la brújula precisa para determinar lo que debía citarse y lo que no era necesario recordar.
No debe haber sido fácil sintetizar el pensamiento de una persona que ha tenido tanta influencia en los destinos de una nación y cuyo nombre, incluso, resulta imprescindible para escribir cualquier resumen mundial del siglo XX. Él ha tocado temas tan disímiles como la política, la economía, la cultura, el deporte, la ciencia, la religión, la pedagogía, la moral y las artes militares. No se le dieron nunca la filosofía ni el humor y quienes lo han conocido de cerca afirman que la frustración intelectual más grande de su vida es que la poesía le haya negado sus dones.
Un mapa esquemático de su ideario podría abreviarse en lo siguiente. En política internacional: antiimperialismo, internacionalismo y una combinación de soberanía irreductible con anhelos de integración en un bloque con América Latina, más la ambición de liderar el resucitado movimiento de los No Alineados. Habría que incluir aquí todo lo que dijo durante su larga época prosoviética. La política interna se expresa en la defensa a ultranza de un partido único y una elevada intolerancia a cualquier oposición. Sus ideas de la economía se basan en el control por parte del Estado de las empresas productivas y de servicio más el mercado externo e interno, la reducción al mínimo de la iniciativa privada, el aprovechamiento máximo del capital humano como fuente de ingresos del erario público y una rígida distribución centralizada de los beneficios obtenidos, que garantice un mínimo indispensable.
A lo anterior hay que sumarle una obsesión por el ahorro. Sus paradigmas de un programa social descansan en promover la salud y la instrucción gratuitas de toda la población, la paulatina elevación de la calidad de la vida y la subsistencia de los desvalidos, pero evitando el desarrollo de una clase acomodada. En el plano cultural-artístico, todavía se citan sus palabras a los intelectuales de 1960: "Dentro de la revolución todo, contra la revolución nada", y otros conceptos que promulgan una amplia libertad formal, pero enfocándose en los principios que contribuyan a la irrenunciable meta de formar un hombre nuevo. El evangelio militar siempre ha sido el mismo: "La guerra de todo el pueblo para defender las conquistas obtenidas, al precio que sea necesario".
Faltan en este diccionario sus frecuentes alusiones homofóbicas, su declaración de que antes que caiga la revolución rodarían las cabezas de sus enemigos o esa frase de 1980 cuando, al ver cómo más de cien mil cubanos descontentos dejaban la isla, enunció su más despectiva consigna: "¡Que se vaya la escoria, que se vaya!".
Imagino que, buscando bien, la doctrina fidelista podría arrojar otros detalles, donde pudieran encontrarse pautas para el desarrollo de la ganadería, precisiones sobre las mejores cepas de la caña de azúcar, la importancia del regadío para la producción de plátanos, las técnicas para producir electricidad con bajo costo, los mejores procedimientos para el entrenamiento de deportistas, la forma de cocinar frijoles negros en una olla a presión o los métodos para la detección temprana de huracanes. Algún día podrían recogerse estas menudencias, abarcadoras de una miscelánea sorprendente.
El plato fuerte de un diccionario sobre el pensamiento de Fidel Castro, algo muy diferente a lo que se nos presenta ahora bajo el título de "Diccionario de pensamientos…", debería ser algo más que una colección de 1.978 aforismos ordenados alfabéticamente en 497 entradas, donde la palabra Revolución ocupa 23 de las 329 páginas con unas ciento cuarenta sentencias. De una obra así podría esperarse, para ser fiel a la realidad histórica, una selección de todas las promesas incumplidas. Un registro concienzudo de las múltiples contradicciones que habitan su discurso, donde el ejemplo más claro sería enumerar todas las veces que negó su filiación a la doctrina comunista y contrastar estas citas con sus declaraciones de haber sido siempre un seguidor del pensamiento marxista leninista.
Fundamentales serían, en un diccionario de esta naturaleza, las entradas que se remitieran a sus opiniones sobre los líderes del ya extinto campo socialista y acerca de ciertos hechos históricos que le tocó vivir, como las invasiones soviéticas a Hungría y a Checoslovaquia. También ciertas definiciones sobre la República Popular China en la época en que el maoísmo era tenido como una corriente contrarrevolucionaria, la propuesta de construir el socialismo y el comunismo al mismo tiempo, sus frecuentes alusiones homofóbicas, su declaración de que antes que caiga la revolución rodarían las cabezas de sus enemigos, sus delirantes ideas de tener en Cuba el zoológico más grande del mundo, de producir cada año diez millones de toneladas de azúcar, o tanta leche, tanta, que ni aun cuando se triplicara la población sería posible consumirla.
Cómo olvidar tampoco aquella frase de 1980 cuando, al ver cómo más de cien mil cubanos descontentos abandonaban la isla, enunció su más despectiva consigna: "¡Que se vaya la escoria, que se vaya!". En esta lista sería un pecado de lesa historicidad omitir sus frecuentes incitaciones a fusilar a sus adversarios políticos y su propuesta de octubre de 1962 de asestar un golpe nuclear a los Estados Unidos, usando para ello los cohetes intercontinentales soviéticos emplazados en la isla. Por nada del mundo dejaría de anotar su sorprendente declaración de diciembre de 1986, cuando después de haber transcurrido 28 años de revolución dijo graciosamente: "¡Ahora sí vamos a construir el socialismo!".
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