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Ciudades del futuro

Por: Norman Foster*

Con emblemáticas obras en su currículum y levantando una ciudad 100% sustentable en el desierto de Abu Dabi, el arquitecto Norman Foster sabe de lo que habla. En este texto escribe, con tono de urgencia, cómo las urbes deben adaptarse a los tiempos. Propone edificios que generen energía para el entorno y que el tráfico de automóviles se maneje  tal como hoy se hace con los aviones en el espacio aéreo.

  • Fecha: 04 02 2011
  • Sección: Mundo
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Así se proyecta Masdar, la ciudad del futuro que Foster está levantando en Abu Dabi.

Así se proyecta Masdar, la ciudad del futuro que Foster está levantando en Abu Dabi.

Fotografía: Foster+Partners

Alguien dijo una vez de mí que si me hacían una pregunta, yo respondía con un dibujo. Por eso, aquí propongo el bosquejo de un hada madrina con su bola de cristal para ver el futuro y una varita mágica para hacer aparecer lo imposible. Antes de empezar a usar poderes sobrenaturales, hay pasos importantes que podemos dar por nuestra cuenta. Comencemos con las realidades obvias.

Vivimos en un planeta que tiene cada vez menos cosas que ofrecer, en una época en la que cada vez más personas, muchas todavía por nacer, van a querer cada vez más. La capacidad de la Tierra para proporcionar alimentos, agua y combustible está disminuyendo. Al mismo tiempo, la población de las economías emergentes, en especial China e India, está disparándose. Y todo ello, además, se produce en un periodo de cambio climático. Con perspectivas deprimentes para el futuro…

En épocas anteriores, la migración de los pobres de las zonas rurales hacia las ciudades en las que estaban los ricos urbanos fue cuestión de siglos. Hoy, ese mismo proceso de urbanización puede medirse en decenios. La velocidad del cambio se ha multiplicado por diez y se ha agregado la desesperada sensación de urgencia.

En una ocasión dije que la sostenibilidad no era cuestión de modas sino de supervivencia. En ese contexto, hay muchas preguntas que reclaman atención. ¿Está usted convencido, después de ver las pruebas, de que hay un cambio climático, o es usted escéptico? ¿Alcanzarán las reservas de petróleo su nivel máximo pronto o tardarán un tiempo? ¿La fuente futura de energía será el gas natural, la energía nuclear, la geotérmica, el viento, las mareas o las células solares? ¿Será alguna otra que todavía no está inventada?

Pese a lo críticos que son éstos y otros aspectos, hay un titular que destaca por encima de la letra pequeña: la absoluta necesidad de que, como sociedad, seamos capaces de conseguir más con menos. Nuestros edificios no sólo deben consumir menos energía, sino producir cero carbono y cero residuos. Mejor todavía: deberían recoger más energía de la que necesitan para devolverla a la red eléctrica y beneficiar a todos.

Entonces, si nuestra hada madrina agitara su varita mágica y transformase todos nuestros hogares y oficinas en esos modelos de sostenibilidad, ¿se acabarían nuestros problemas? Por desgracia, no. En una sociedad industrializada, los edificios consumen cerca del 45% de la energía, cifra que sube al 75% cuando se añaden los movimientos de personas y bienes entre unos destinos y otros. Por eso, la respuesta para un futuro sostenible está en la fusión entre arquitectura e infraestructura, entendiendo por esto último una combinación de carreteras, espacios cívicos, transporte público y estructuras varias que constituyen el entramado urbano y unen unos edificios con otros. En su variante más densamente poblada, esta mezcla se llama ciudad.

Vemos a nuestras ciudades como algo relativamente estático, cuando en realidad sufrimos las consecuencias de la sigilosa expansión de las zonas urbanas hacia las afueras. El reto actual es que haya más urbanización y la energía utilizada sea mucha menos y más limpia.

Tendemos a ver nuestras ciudades como algo relativamente estático, cuando en realidad sufrimos las consecuencias de la sigilosa expansión de las zonas urbanas hacia las afueras. El reto actual es que haya más urbanización y la energía utilizada sea mucha menos y más limpia. Ésa es la única forma de igualar los niveles de vida en todo el planeta. Recordemos que casi el 40% de la población mundial no posee servicios sanitarios, el 25% carece de electricidad, el 17%, de agua potable, y un tercio vive en barriadas.

Propongo tres posibles situaciones -presentadas como preguntas- que es preciso abordar. La primera está relacionada con el diseño de las ciudades nuevas que están creándose desde cero. ¿Qué forma deben adoptar? La segunda perspectiva afecta a nuestras ciudades actuales. ¿Cómo se adaptan a los nuevos desafíos ambientales? Y la tercera interrogante se refiere a las zonas residenciales de las afueras, las interminables redes de carreteras y la extensión sin fin de los barrios poco poblados a los que sirven. ¿Qué futuro tienen?

Ésas son las realidades evidentes. Pero hay otro paso importante, que nos devuelve a la bola de cristal y su mirada al futuro. Pero mirar hacia delante requiere antes mirar para atrás.

La historia del automóvil y las redes de carreteras para su circulación es nueva. Poco más de un siglo, que no es nada. Si observamos la Tierra de día desde un avión, podremos dividir los asentamientos urbanos que vemos en dos tipos. El primero es el de las ciudades densamente pobladas; y el segundo, un dibujo de barrios de casas bajas, aparentemente infinitos, que se extienden a partir de ellas. Si investigáramos, seguramente encontraríamos que esas ciudades son históricas, compactas y procedentes de una época en la que los espacios cívicos estaban diseñado para el peatón o los vehículos tirados por caballos. En comparación, los barrios de las afueras son prácticamente nuevos, creados por y para el automóvil.

Cuando se hace de noche, podemos ver los asentamientos que están allá abajo definidos por dos tipos de luces artificiales. Una luz, la que procede de los edificios, es estática, mientras que la otra, de los vehículos, está en movimiento perpetuo, aunque entrecortada en los centros de las ciudades congestionadas, que hacen hueco como pueden a los automóviles que han sustituido a los coches de caballos. Más allá del centro, las caravanas de luces recorren grandes distancias hasta el siguiente centro urbano. La expansión urbana que une un centro con otro es la megarregión.

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N° 2078, 4 de febrero de 2011

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