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El sicoanálisis de Norman Foster

Por: Constanza López*

El gran maestro de la arquitectura contemporánea permitió que una cámara de TV lo siguiera dos años para realizar un documental con su vida y obra. La productora fue su mujer, Elena Ochoa, una psicoanalista española que en los 90 conducía el popular programa Hablemos de sexo. Desde que se casó con Foster, se convirtió en una reputada editora de arte. Ahora llevó a su marido al diván.

  • Fecha: 18 06 2010
  • Sección: Mundo
  • Comentarios: 1

La cámara mira desde el aire. Enfoca el megaaeropuerto de Pekín, el viaducto de Millau, la Hearst Tower en Nueva York, la impresionante cúpula de vidrio del Reichstag… Va y vuelve, cambia de plano y gira en torno a la obra del más prolífico, prestigioso e influyente de los arquitectos contemporáneos: Norman Foster.

Esas imágenes son parte de How much does your building weigh, Mr. Foster, el documental que hoy está recorriendo Europa, tras presentarse con estruendoso éxito en la Berlinale. Foster  aceptó participar en él por un motivo bastante poderoso: "Mi mujer me convenció. Es muy sabia y muy hábil. Y una de sus grandes habilidades es la persuasión", dijo hace unos días a El País de España.

Elena Ochoa, la famosa Doctora Ochoa del programa español Hablemos de sexo, conoció al arquitecto a mediados de los 90 y, luego de eso, se recicló ciento por ciento. Dejó el sicoanálisis, abandonó sus investigaciones para la UCLA, y las clases en la Complutense y en el King's College de Londres para casarse con este inglés calvo, papiche, asiduo a las chaquetas Prada y talentoso como pocos, que ya comandaba Foster & Partners, una oficina con más de mil empleados y sedes en los cinco continentes.

En el documental, Elena ofició de productora y, claro, fue la llave maestra para que los realizadores -Norberto López y Carlos Carcas- accedieran a la estrella. Pero gracias a sus buenos oficios, no sólo llevó la voz cantante en las resoluciones estéticas de la cinta, sino que resolvió qué, cuánto y cómo se  haría público de la vida y obra de Norman. Elena aceptó llevarlo al diván. Pero fue ella  la psicoanalista.

Lord Foster

Los comienzos de Norman Foster fueron sacrificados, como era esperable para un niño de Levenshulme, el humilde suburbio de Manchester donde nació hace 75 años. Trabajó de panadero, de portero en una discoteca y de mozo en un pub para poder costearse la universidad. Tenía en mente a dos personas (y sus monumentales obras): Frank Lloyd Wright y Le Corbusier. El hombre nunca se anduvo con chicas.

Tras un máster en Yale, instaló su oficina Team 4, en 1965. Sus socios fueron Wendy Cheesman, su primera mujer, y Richard Rogers y su esposa. Como hasta el día de hoy, Foster se involucraba en el proceso completo, desde el dibujo a mano alzada de los bosquejos a la selección de los materiales.

Elena habla con libertad de su trabajo, pero detesta referirse a Foster. A regañadientes, suelta que para ella el edificio preferido de su marido es el viaducto de Millau; en cambio, feliz se refiere a su estada en Torres del Paine. "Recuerdo cada paseo a caballo, en bicicleta, subiendo montañas…".

Sus trabajos iniciales tenían un marcado sello industrial y high tech y una fuerte estética mecanicista. Una simple pregunta modificó su estilo radical y definitivamente. Se la hizo el célebre diseñador e inventor Buckminster Fuller: "¿Cuánto pesa su edificio, señor Foster?". No supo responder, pero sí se dio cuenta de que el peso efectivamente era excesivo y que se concentraba en los cimientos. Casi 40 años más tarde, esa pregunta le daría el nombre al documental sobre su vida.

Con el edificio para el Hong Kong and Shanghai Banking Corporation, el más caro de fines de los 80, inició su saga de proyectos tan descomunales como translúcidos: el Metro de Bilbao, el estadio de Wembley, el Millennium Bridge de Londres, la Torre Caja en Madrid. Foster ha desarrollado una arquitectura liviana, sofisticada, única y apabullante a la vez. Piensa, diseña, dibuja y construye -con tanta obsesión como perfeccionismo- rascacielos que definen ciudades, puentes que parecen suspendidos en el vacío, cúpulas que reflejan las nubes, intervenciones urbanas que modifican lo que allí ocurre. "Para ser arquitecto tienes que ser dos cosas: optimista y curioso -explica a raíz del documental-. Me gusta ser optimista, creo que el espíritu humano es capaz de cosas increíbles. Los más bellos edificios, el Chrysler Building, el Empire State, fueron levantados en épocas de ruina, depresión, pesimismo. Ojalá podamos hacer lo mismo con este mundo". Y, más allá de su espectacularidad, una de sus preocupaciones permanentes es el impacto que tendrá la obra en el lugar de emplazamiento y cómo afectará a los habitantes. No sólo en términos medioambientales, sino también respecto de sus costumbres y calidad de vida.

Norman Foster tiene trabajos en 300 ciudades y todos los premios que valen en este oficio: el Pritzker, el Mies van der Rohe, el Príncipe de Asturias. Son 400 en total. Además, en 1990 la reina Isabel lo nombró caballero y luego le dio el título de Lord Foster of Thames Bank. Su obra se expone en las colecciones permanentes del MOMA y del Pompidou. Más arriba, en el firmamento de la arquitectura, no ha llegado nadie. El concepto "star architect" se inventó para él.

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N° 2073, 31 de diciembre de 2010

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