Vitra House, en Suiza.
-¿Uno de los secretos de su empresa es que buena parte de los socios tienen menos de 40 años?
-Sin duda. Pierre y yo lo hemos hablado muchas veces: queremos que Herzog & de Meuron nos sobreviva. Y una nueva generación puede seguir. Algo así nunca ha funcionado en arquitectura. Pero sí lo ha hecho en moda. Nosotros queremos intentarlo.
-¿Todavía le interesa la moda?
-Nos interesa mucho el talento que hay en el mundo de la moda. Invitamos a Miuccia Prada a trabajar en la escenografía y el vestuario de Attila para el Met de Nueva York. La moda me interesa, pero se asocia al lujo y puede leerse como algo banal. No es así. El lujo real no es nunca banal: es transformador. Lo mismo sucede en la arquitectura.
-¿Qué hay de su socio, Pierre de Meuron? ¿Por qué no está presente en las entrevistas?
-Es difícil hacerlas juntos. Este papel me ha tocado a mí.
-Se conocieron en el parvulario, cuando tenían seis años. ¿Qué los unió?
-Los niños tienen antenas. Les gusta la gente que es diferente, pero les ayuda a ser lo que quieren ser. Es algo muy animal. No lo planeamos. En aquel momento no teníamos ningún plan conceptual ni intelectual.
-Y aquí están, 53 años después. ¿Qué los llevó a la arquitectura?
-Nunca nos sentimos muy cerca de la arquitectura. Y todavía seguimos igual. No es un secreto que sentimos admiración por muchos otros campos: el arte, por ejemplo. Nos interesa la historia, la evolución de las tipologías, más que conocer edificios o arquitectos específicos. Lo que nos gustaba de pequeños de la feria nos lo construíamos nosotros. Pierre era el manitas. Y yo, probablemente, hablaba más que él. Yo dudé. Comencé Biología y Pierre Ingeniería. Luego decidimos estudiar Arquitectura, pero sólo trabajamos juntos al final.
-¿Qué les ha hecho permanecer juntos? Usted ha tenido dos mujeres y un solo socio.
-Lo que nos mantiene unidos a Pierre y a mí es que él es increíblemente bueno. Sería una idiotez no estar con él. Y... bueno, tal vez él piense lo mismo.
-¿Qué hacían sus padres?
-Mi madre era sastra. El gusto por la ropa lo heredé de ella. Y mi padre, funcionario. No teníamos conexiones arquitectónicas. El padre de Pierre trabajaba para una empresa farmacéutica. En nuestras familias hay algún pintor, pero de poca importancia.
Prada Store, en Tokio.
-¿Qué ha cambiado más: su vida o su ciudad?
-Si la ciudad hubiera cambiado como nosotros, sería totalmente irreconocible (risas). Vivir en Basilea nos hace pensar sobre la transformación de las ciudades. Ha crecido a capas, haciendo convivir distintos tiempos. Eso no es sencillo, pero lograrlo da riqueza a una ciudad.
-¿Jugaba en la calle cuando era niño?
-Sí.
-¿Juega su hijo de ocho años?
-Mucho menos que yo.
-¿Todos estos cambios los refleja la arquitectura?
-Las ciudades cambian por el miedo. El vandalismo ha existido siempre. Los niños que jugaban en la calle cuando yo era pequeño eran más espabilados que los que jugaban encerrados en un jardín privado. Hoy, incluso en Suiza, muy pocos niños juegan en la calle. Eso transforma las ciudades.
-¿Qué pueden hacer los arquitectos?
-Muy poco. Las ciudades han cambiado, pero hoy los barrios son guetos, guetos invisibles, sin barreras físicas, pero guetos dibujados por el nivel de vida.
-¿El papel de la arquitectura está en los servicios públicos?
-En abrir huecos para que los espacios sean públicos. Cuando la arquitectura reconquista la ciudad encuentra esos espacios.
-Han trabajado con grandes artistas. ¿Por qué eligen colaborar con ellos?
-Tienen grandes mentes. Nos gusta más su compañía que la de los arquitectos. Esta ciudad ha acogido a muchos: Donald Judd, Joseph Beuys... Los arquitectos necesitan un programa y un cliente antes de empezar. Los artistas, un papel en blanco. Los arquitectos se quejan de los límites, pero serían incapaces de enfrentarse a un lienzo en blanco. No están muy acostumbrados a desarrollar su propio mundo, a imaginar un mundo.
Caixa Forum, en Barcelona.
-¿Quién arriesga más, Pierre o usted?
-Si uno decide arriesgar menos, el otro se sorprende. Y le da una patada. Arriesgar no es la palabra adecuada. Lo importante para nosotros es mantenernos vivos. Darnos cuenta de las cosas, mantenernos alertas. La arquitectura es como un equipo de fútbol. Tienes condiciones y un equipo. No se trata de hacer el mejor edificio del mundo de todos los tiempos. Se trata de hacer, cada vez, el mejor posible, con las condiciones de las que partes. Hacer eso te libra de obsesiones, incluso de ideologías políticas o religiosas, que a mí, más que nada, me dan miedo. Esa gente que va por la vida con la impresión de que tiene razón da miedo. Odio las obsesiones.
-¿Cómo se libra de ellas?
-Trato de entenderlas para airearlas. Pero a las ciudades les cuesta más. Las obsesiones dan forma a las ciudades. La arquitectura y el urbanismo son muy psicológicos. Y hay que emplear esas herramientas. No me interesan las interpretaciones en arquitectura, me interesan los hechos. Todo lo demás me parece palabrería.
-¿En Dubái no construyen?
-Dubái... Creemos que es una burbuja. Y no nos interesan las burbujas. Muchos de los trabajos allí no funcionan. No queremos estar en todas partes. Lo que queremos es seguir dudando.
* Diario El País de España.
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