Quizás la mayor habilidad que ha mostrado el general Raúl Castro en sus dos años como presidente formal de Cuba es la de ser un buen comprador de tiempo.
La no realización del VI Congreso del Partido Comunista es un buen ejemplo. El quinto se realizó entre octubre- noviembre de 1997 y los estatutos establecen que deben convocarse cada cinco años, de manera que en febrero de 2008 el atraso era mayor que eso. A los dos meses de haber tomado la presidencia, durante la realización del VI Pleno del partido, anunció que la máxima cita de los comunistas cubanos tendría lugar a finales de 2009, pero durante el VII Pleno del Comité Central del partido -realizado en agosto del año pasado- el propio Raúl informó que el Congreso del partido se posponía sin fecha fija. Aclaró que "de forma casi inmediata" se realizaría una Conferencia del partido para renovar los cargos del Comité Central, pero seis meses después nadie habla del asunto.
En la reunión del Parlamento de mediados de 2008, explicó a los impacientes que la clave para vencer era cumplir estrictamente el deber. En esa ocasión, se refrendó la Ley 259 sobre la entrega en usufructo de tierras ociosas. Esta medida es lo más lejos que ha llegado Raúl Castro como reformista. Se tomó como una solución al agudo problema de producción de alimentos, pero no ha traído los resultados esperados, entre otras cosas por las trabas burocráticas, el clientelismo con que se ha aplicado y la falta de estímulos que existe para dedicarse a trabajar una parcela que nunca será propiedad y cuyos productos no podrán ser comercializados libremente.
La asunción del poder de Barack Obama abrió muchas interrogantes sobre el más difícil problema de Cuba: el diferendo con los Estados Unidos. Una de las primeras decisiones del nuevo presidente norteamericano fue ordenar el cierre de la prisión en la base de Guantánamo; más adelante eliminó las restricciones impuestas por Bush para el envío de remesas y los viajes a la isla de cubano-americanos. En una entrevista concedida a la bloguera cubana Yoani Sánchez, el pasado 19 de noviembre, Obama declaró: "Estados Unidos no tiene intención alguna de utilizar fuerza militar en Cuba". No obstante "el imperialismo" sigue siendo tratado como el culpable de casi todos los males y poco se ha avanzado en el mejoramiento de las relaciones.
Toda la prensa es oficial y las entidades de la sociedad civil son correas de transmisión que obedecen lo que se ordena en las esferas de poder. En el Parlamento todos levantan la mano para votar a favor, excepto cuando están aplaudiendo.
Una de las típicas obligaciones de un presidente que asume es formar su gabinete. Raúl Castro había dicho el día de su toma de posesión que las designaciones de ministros tomarían un poco más de tiempo. Casi un año más tarde, en la sesión del Parlamento de diciembre de 2008 dijo lacónicamente: "La prioridad de otros asuntos nos impidió concluir los estudios y presentar a esta Asamblea la nueva composición del gobierno". Algo raro estaba pasando, pero entonces nadie podía adivinarlo.
El 3 de marzo de 2009 se despejaron las incógnitas. Doce altos cargos del gobierno cubano fueron "liberados de sus responsabilidades" en el más amplio "movimiento de cuadros" que se recuerde. La movida agregó combustible al debate en que se discutía si Fidel seguía aún al mando de la nave y Raúl estaba con las manos atadas esperando la solución biológica o si, por el contrario, el hermano mayor era un cautivo de quien fuera su eterno segundo y ahora está privado de ejercer una real influencia en el curso de los acontecimientos.
A diferencia de los países en los que se produce una alternancia en el poder, en la política doméstica cubana no hay diferentes partidos que pongan a competir sus plataformas programáticas para conquistar los votos del electorado; ni siquiera se conocen fracciones o tendencias dentro del partido gobernante. En Cuba no se ha producido un cambio de gobierno, sino la continuidad de una dictadura, a la que sería exagerado acusar de sangrienta, pero a la que es apropiado calificar de sanguínea.
Como todos los medios informativos son oficiales y las supuestas entidades de la sociedad civil son meras correas de transmisión que obedecen lo que se ordena en las esferas de poder, no es posible evaluar la gestión de un gobernante a partir de los instrumentos clásicos, como son las encuestas, las manifestaciones callejeras o las columnas de opinión. En el Parlamento todos levantan la mano para votar a favor, excepto cuando están aplaudiendo.
Al llegar a la mitad de su mandato, Raúl Castro ha visto llegar el tiempo de defraudar a aquellos que tanto esperanzó. Si Dios hubiera acogido en su seno al impertinente de su hermano, tal vez habría tenido la oportunidad de gobernar bajo su propio sello personal. Lo que hubiera resultado de esa probabilidad genera polarizadas discusiones. Lo que nadie duda es que bajo semejante sombra no hay quien logre brillar.
Con independencia de los éxitos o fracasos que coseche en el futuro, a Raúl Castro le quedan dos años de mandato, más todos los que quepan en las infinitas veces que sea reelegido. Por eso no tiene apuro en lo que se refiere a hacer reformas. Como todo mortal, envejecerá hasta el grado de la incapacidad total o hasta que logre ver la tan mencionada luz que anuncia la eternidad.
En ese momento ya nadie se hará la entonces olvidada pregunta de qué pasará en Cuba cuando no esté Fidel y finalmente sabremos lo que va a ocurrir cuando los Castro no estén. Para esa fecha, cercana o remota, el apetito de reformas será mayor y los hombres y mujeres que ahora tienen entre 20 y 40 años enfrentarán el futuro sin demasiados compromisos con el pasado. Habrá llegado el tiempo de cambiar.
* Periodista y bloguero cubano.
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