Escobar fue golpeado por adherentes castristas en pleno centro de La Habana.
Faltando siete minutos para que fueran las cinco de la tarde del 20, puse mis pies junto a la señal de granito que marca la intersección de la Avenida de los Presidentes y la calle 23, en el capitalino barrio del Vedado. La noche anterior la televisión cubana había anunciado que ese viernes, en ese mismo sitio, se realizaría un evento cultural de los universitarios para celebrar el Día Internacional de los Estudiantes, el cual ya se había conmemorado en su fecha, el 17 de noviembre. Festejarían también el cincuenta aniversario del triunfo de la revolución (con once meses de atraso) y el próximo Congreso de la Unión de Jóvenes Comunistas, programado para abril de 2010.
Dos kioscos vendiendo libros, un centenar de sillas plásticas frente a un improvisado escenario por el que pasarían varios trovadores y una inusual comparsa constituían la evidencia de que allí, desde las cuatro y media, todavía dentro del horario de clases, los estudiantes harían su jolgorio. Pero había más. Un crecido número de gente sospechosa de no ser estudiante merodeaba por el lugar. Hacían fotos, hablaban por teléfonos celulares y walkie talkies. También estaban mis amigos, gente de diferentes tendencias y creencias que, sin haber sido convocados, decidieron ser mis testigos en el duelo que pretendía ejecutar.
A las cinco y quince, como movidos por el mismo resorte, todos los representantes de la prensa extranjera acreditados en Cuba, la CNN, NBC, AP, Reuters y otros, me rodearon apuntando hacia mí sus cámaras y micrófonos. Les señalé hacia donde ya se movía la comparsa (creo que movida por el mismo resorte que ellos) y a modo de comentario profesional, entre colegas, les dije que la noticia parecía estar allá, donde los estudiantes celebraban una fiesta. "Porque lo que yo estoy haciendo aquí es esperando a un señor", dije. Y entonces les expliqué sintéticamente, y a viva voz, lo que ya había publicado en mi blog.
Apenas pude terminar la última frase -"y si me pide disculpas, se las doy"-, cuando un joven talibán saltó al ruedo. ¡Qué buena memoria tenía ese muchacho! Dijo todas sus consignas con una fidelidad impresionante. Inmediatamente nos rodearon otras personas, que a coro junto al talibán, con la excelente pronunciación aprendida en el sistema educacional cubano y haciendo uso de la vibrante voz que da una salud asegurada gratuitamente por el Estado, impidieron que la voz de este solista continuara diciendo cosas que no estaban en el guión oficial de la actividad programada.
El deporte es otra conquista de este proceso que ya dura 50 años, aunque si nos atenemos a sus más compartidas reglas lo cierto es que mi oponente perdió por no presentación. Hay que reconocer que los que acudieron en su lugar sabían dar golpes. Por suerte, o porque a pesar de todo es verdad que Dios existe, la mayoría de los impactos cayeron en los amigos que me rodeaban como una coraza protectora. Era un escudo de un notable sentido ecuménico: un bloguero, un pastor bautista, un opositor y una mujer de las que integran el grupo de apoyo a las damas de blanco, esas incansables madres, esposas e hijas que reclaman sin reposo la libertad de sus familiares encarcelados por motivos políticos. Si yo hubiera recibido todo lo que cayó sobre ellos, quizás no podría ahora estar escribiendo este texto.
Ya han pasado los días. Los chichones y hematomas van desapareciendo de nuestros cuerpos. La herida más difícil de curar es la que me produjo la constatación en carne propia de los terribles efectos que ha dejado en una parte de la población cubana el prolongado daño ocasionado. La intolerancia y el fanatismo siempre fueron ajenos a nuestra idiosincrasia. Hubiera aceptado un abucheo, una burlona trompetilla, pero tardaré en recuperarme del odio -ojalá que fingido- de personas jóvenes que permitieron ser llevadas allí, no como cabras al matadero, sino como perros de presa frente a un hombre desarmado.
Algunos comentaristas han llegado al extremo de especular que lo ocurrido ese día fue la respuesta del gobierno cubano a la mano tendida por Obama. No soy tan vanidoso como para pensar que fui el elegido para responderle al mandatario norteamericano, pero tengo que esforzar mucho mi buena voluntad para no ver en este gesto de barbarie una señal, una rotunda e inequívoca advertencia a todos los que se imaginan que existe la más mínima posibilidad de dialogar con el poder.
No sería una señal venida de las altas esferas si yo creyera que el centenar de coristas que me insultaba, me escupía y golpeaba, eran personas que habían tenido acceso a mi blog (bloqueado dentro del territorio nacional) y una vez que leyeron mi texto decidieron ir allí a darme mi merecido para defender al agente Rodney, que en definitiva lo único que había hecho era ser el jefe de la cuadrilla que magulló a mi esposa. Para creer eso, tendría que ser más vanidoso todavía.
Me queda la esperanza de que, dentro de un tiempo que debería ser corto, cuando vuelva a ver los videos de lo ocurrido, comente a los amigos que yo estaba allí y en ese momento no podía sospechar que todo estaba terminando.
Reinaldo Escobar (1947) es periodista de la Universidad de La Habana y ejerce como independiente. Desde diciembre del 2007 mantiene una página personal en el portal Desde Cuba, el mismo en el cual escribe su esposa Yoani Sánchez, quien ha recibido distintos premios -y ha sido reseñada en medios de todo el mundo- por su popular blog Generación Y. Ambos viven en la capital cubana, desde donde escriben sus textos críticos. Desde marzo del 2008, sus blogs están bloqueados en Cuba: desde entonces, para actualizarlos, deben enviar los textos por e-mail a amigos en el extranjero, quienes los suben a internet. Cada post recibe cientos y hasta miles de comentarios.
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