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"No me puedo quitar el apellido ni con una transfusión de sangre"

Por: Michelle Chapochnick

Para vivir tranquilo, el hijo mayor del temido Pablo Escobar Gaviria -líder del Cartel de Medellín, muerto en 1993- tuvo hasta que cambiarse el nombre. Se puso Juan Sebastián Marroquín Santos. Y desde hace 15 años intenta una vida normal y anónima en Argentina. No es tarea fácil. "Podemos experimentar otra vida, pero tarde o temprano el pasado te alcanza", reconoce en esta entrevista con Qué Pasa.

  • Fecha: 07 11 2009
  • Sección: Mundo
  • Comentarios: 1

Desde hace 15 años, el primogénito de Pablo Escobar Gaviria -cabeza del temido Cartel de Medellín y que desató una verdadera guerra interna en Colombia durante los 80- se hace llamar Juan Sebastián Marroquín Santos. Amparado en ese nombre falso que adoptó para poder sobrevivir, se trasladó con su madre y su hermana a Buenos Aires. Allí han tratado de llevar una vida anónima y tranquila. Como una familia común y corriente. Aunque, a ratos, el pasado los traiciona. Recordándoles que su historia ligada al narcotraficante colombiano es más poderosa que cualquier buena intención de partir desde cero.

Sebastián -que hasta 1994 se llamaba Juan Pablo Escobar- decidió hace unos años empezar a exorcizar sus fantasmas y sus recuerdos. Participó en el documental "Pecados de mi padre" -que se estrena el 12 de noviembre en el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata-, donde el director argentino Nicolás Entel lo puso frente a frente con los hijos de dos conocidos políticos asesinados por órdenes de su padre. Más tarde, se atrevió a viajar a su tierra natal y dejar flores en la tumba de Escobar Gaviria en Medellín.

Ahora, se animó a hablar públicamente. En esta entrevista con Qué Pasa, el arquitecto repasa lo que han sido sus 32 años de vida. Marcados, desde el comienzo y hasta hoy por un hombre que le provoca sentimientos encontrados. 

-Dices que de niño no te dabas cuenta de lo que pasaba a tu alrededor, de lo que hacía tu padre.

-Mi padre manejaba la familia por separado, muy distante de sus actividades. Y, en la casa, él sólo hablaba de la situación del hogar, no de su trabajo. Con nosotros siempre se enfocaba en la familia. Los problemas en los que se metía no formaban parte de las discusiones familiares. Era como un tema vetado, por llamarlo de alguna forma.

-Y cuando veías lo que decían las noticias, ¿qué pensabas?

-Realmente, al principio es una confusión porque eres un niño y no quieres que todo lo que están diciendo sea verdad... y bueno, después ya te vas dando cuenta de las cosas, de que entre tanta cantidad de mentiras pueden surgir algunas verdades. La realidad empieza a mostrarte otras cosas... No se podía tapar el sol con las manos.

-¿A qué edad te empezó a pasar eso?

-En el 84, con la muerte de Rodrigo (Lara, ministro de Justicia colombiano, asesinado por el Cartel de Medellín). Yo tenía 7 años.

-¿Hasta ahí tu vida era una burbuja?

-Totalmente. Durante siete años yo viví en una burbuja, rodeado de lujos, de pompas, de comodidades. Pero al día siguiente, eso desapareció. Tuvimos que cambiarnos abruptamente e irnos a vivir a Panamá en condiciones muy precarias, después a Nicaragua. Buenos recuerdos tengo hasta los 7 años. De ahí para adelante, puedo contar historias de bombas, de granadas, de asesinatos, de secuestros. Es lo único que tengo para contar.

-Duro para un niño como tú, que en su casa hasta tenía un zoológico...

-Mi padre construyó el zoológico en 1982. Había de todos los animales posibles. Yo llevaba la vida de un niño rico. Pedía todo lo que quería y lo obtenía, y a veces más porque llegaban los aduladores que se querían congraciar con mi padre y me traían más y más regalos. Viví en un mundo de fantasía, pero que duró poco.

-¿Cómo era tu papá contigo?

-Supremamente especial, un amigo, alguien también muy correcto en el trato. Nunca tuve ningún tipo de maltrato de su parte, ni siquiera unas malas palabras. Me daba lecciones, pero nunca me reprendía con violencia.

-¿Cómo era él puertas adentro?

-No lo reconocerías... Un tipo tranquilo y sencillo. Le gustaban los mismos jeans, tenía la misma marca, el mismo modelo, la misma camisa. Se vestía de jeans y zapatillas, nada más. No quería ostentar con su ropa, ni con joyas, ni con nada.

-Tú dices que tu vida era normal, pero ¿no era raro andar con guardias?

-Cuando naces dentro de un mundo así, crees que lo que pasa en tu entorno es lo más normal. Como que pierdes la visión de la realidad.

-¿Tenías amigos?

-Tenía amigos en el colegio, pero mucha gente me abandonaba. Muchos chicos se hacían amigos míos, nos caíamos muy bien, pero después los padres se encargaban de separarlos de mí.

Huyendo sin explicaciones

-¿Por qué fue tan significativo para ti el asesinato del ministro Rodrigo Lara, a manos del cartel que dirigía tu padre?

-Porque fue una gran sorpresa. Mi vida se transformó de una cosa a otra en un solo instante y pasamos de vivir con muchos lujos a vivir en condiciones muy precarias, escondidos y corriendo todo el tiempo. Y sin explicaciones. Nadie se acercaba, ni mi padre, a explicarnos qué había pasado. Solamente huíamos, sin saber muy bien de qué o de quién.

-Estuvieron en Panamá y en Nicaragua. Después regresaron a Colombia. Ahí tu familia sufre un atentado con dinamita, en 1988...

-No fue un solo atentado, fueron un montón. Ya perdí la cuenta. También muchos intentos de secuestro. Pero el primer atentado que fue muy público fue ése. El primer coche-bomba de Colombia fue contra nosotros. La triste moda del terrorismo empezó a practicarse con esta familia.

-¿Cómo se salvaron tu madre, tu hermana y tú?

-Porque Dios es un hombre muy grande que no sé para qué nos tiene vivos todavía. Realmente fue un milagro. En la habitación donde estábamos durmiendo, en el noveno piso, encontramos un pedazo del chasis del cochebomba. Eso para que dimensiones la explosión. Nosotros tres nos salvamos. Mi hermana quedó en la cuna, con los vidrios enterrados en el colchón donde dormía. Su biberón quedó partido en dos por una ventana y a ella no le pasó absolutamente nada. No tenemos un rasguño, ni una marca.

-Y los intentos de secuestro, ¿cómo los evitaban?

-Mi padre generalmente se daba cuenta días o minutos antes. Llegaba, nos movía del lugar y después nos escondía.

-¿Te enfrentaste alguna vez con tu padre?

-Sí, claro. Lo enfrenté porque no me podía quedar callado frente a tanta violencia. Yo tenía que manifestar mi oposición a esa actitud frente a la vida. Lo hice muchas veces.

-¿Qué te contestaba él?

-Él estaba lleno de excusas para la violencia, como lo estamos todos los colombianos.

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N° 2032, 19 de marzo de 2010

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