Por: Rodrigo Fresán*
Cada vez voy menos al cine porque cada vez temo ser más y peor estafado. La última de ellas fue cuando caí -no habiendo escarmentado con esa tontería que fue "El luchador" con Mickey Rourke- en "Cisne negro" para rendir pleitesía una vez más a Natalie Portman. Mejor no haberlo hecho y salí corriendo de ese pretencioso y espeso potaje que sabía a Dario Argento recalentado. Pero los Coen -aun en horas no bajas, pero sí más bajas, en aquel incomprensible remake de "The Ladykillers" o aquella comedieta con George Clooney y Catherine Zeta-Jones- nunca defraudan y siempre dan en el blanco. Y en y con "Temple de acero" -revisitación de aquella otra con John Wayne, pero en realidad adaptando como se debe el clásico de Charles Portis- consiguen un clásico instantáneo que trasciende el western. Todos están bien (Jeff Bridges de nuevo colosal y más que digno de un segundo Oscar) y todo está en su sitio (esos paisajes donde el Lejano Oeste limita con el cuento de hadas) y, de nuevo, los hermanos al galope lento de, seguro, la mejor película del año. "Como Cormac McCarthy; pero divertido", sintetizó Ed Park en la revista The Believer. Y la definición es ocurrente, maliciosa pero, a la vez, apropiada. Porque "Temple de acero" funciona como la contracara complementaria e inseparable de "Meridiano de sangre", ese otro western bíblico donde la sangre corre y no deja de correr. Así, 1873, y una casi anciana totalmente solterona en la Depresión que alguna vez, en el Far Far Far West, fue una intrépida chica de catorce años llamada Mattie Ross. Algo que podía entenderse tanto como un "Mujerzota" o "Acribillar a balazos a un ruiseñor" o "La buena, el malo y el feo" o, mejor, "La guardiana entre el whiskey de centeno". Una novela "de voz" -de voz como la de Huck Finn o Holden Caulfield- en la que una joven huérfana contrata a un crepuscular tirador tuerto adicto a mitificar su cada vez más lejano y amplio pasado para vengar el asesinato de su padre a manos del cobarde Tom Chaney. Algo que puede leerse y disfrutarse como parodia y pastiche pero, también, como potente destilado/homenaje a la literatura de sombrero y revólver. Y todo muy Coen, sí. La versión cowboy de lo que los hermanos hicieron con la serie negra vía "Miller's Crossing" o con el neowestern de "No es país para viejos". Una road novel a caballo que en su momento, 1968, permaneció veintidós semanas en la lista de más vendidos de The New York Times, y que ahora, la escritora Donna Tartt describió como "el único libro que le gusta a mi bisabuela, a mi abuela, a mi madre y a mí". Con la película, seguro, pasará lo mismo.
*Escritor argentino.
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