Por: Yenny Cáceres
"Y un abrazo a los hermanos de Chile". Como un tapaboca al odioso resentimiento contra los argentinos se escuchó la frase de Juan José Campanella. Oscar en mano, el director de El secreto de sus ojos demostró ser un caballero. Pero su triunfo en la categoría de Mejor Película Extranjera deja otras lecciones para la industria del cine local.
Tanta pataleta y la verdad es que La nana no tenía mucho que hacer en esta pelea. La actuación de Catalina Saavedra es tremenda, pero es una película que no tiene la factura técnica (recordemos su fotografía) de una película oscarizable. Tampoco valía la pena jugarse la vida con Dawson, Isla 10, una cinta que se farreó una gran historia en pos de discursos obvios (recordemos esas imágenes de Allende en La Moneda).
Y no nos engañemos. Estos son los Oscar. The White Ribbon, la película de un monstruo como Haneke, que competía con Campanella, es mucho mejor y más arriesgada que El secreto de sus ojos. Pero aquí no se premia a la vanguardia.
No es Lucrecia Martel la que le dio el segundo Oscar a Argentina, sino que Campanella, el que llevó 2.5 millones de espectadores a los cines trasandinos con El secreto de sus ojos. Porque ése es el "secreto" de Campanella. El tipo está conectado con el público. El secreto de sus ojos tiene pifias, momentos lacrimógenos, pero también tiene una historia entrañable, está filmada con oficio (recordemos el plano secuencia en el estadio), y tiene a un actorazo como Ricardo Darín. Y claro, al público le gusta. Y llora. Y no hay ningún pecado en eso.
Ésa es la gran lección que nos deja Campanella. No basta con realizar películas para festivales. Es necesario, sí, y han salido algunas notables, como Huacho. Pero el cine es industria también. En Chile cuando se quiere hacer una película comercial se subestima al espectador, y se hacen bodrios desechables. Andrés Wood, un director que filma con cariño a sus personajes, es el que ha estado más cerca de realizar una película oscarizable con Machuca. Porque si el cine chileno alguna vez quiere conseguir un Oscar, no puede olvidar al público.
He escuchado a gente decir que se reencantó con el cine después de ver El secreto de sus ojos. Eso es suficiente para merecer un Oscar. Porque parte del encanto de encerrarse en una sala a oscuras es eso. El cine está hecho de genios, como Orson Welles. Pero también está hecho de sueños. Y de llorar cada vez que Ingrid Bergman le pide a Sam que la toque de nuevo.
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