Por: Yenny Cáceres
Y bastarían los cinco minutos iniciales de Ponyo para entender que el cartel de maestro del cine de animación japonés que se le cuelga a Hayao Miyazaki (El viaje de Chihiro) no es exagerado. En manos de cualquier otro director, la anécdota de un gracioso pececito que anhela convertirse en una niña no daría más que para pasar un buen rato. Cuando Miyazaki es el que firma, esto se convierte una poderosa fábula ecológica, en una relectura de un clásico de Andersen (La Sirenita) y hasta en la oportunidad de citar a Wagner y su famosa Cabalgata de las Valquirias en una escena que deja sin aliento. Y es tal la belleza de las imágenes de este mundo marino, que es inevitable concluir que Miyazaki es un heredero directo de otro gran artista nipón, el pintor Hokusai, aquel que se hizo famoso por sus grabados del monte Fuji. Pese que llegó con retraso, el estreno de Ponyo en cines es un imperdible. Un viaje inolvidable, de esos que se dan una sola vez en la vida.
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