Por: Verónica Marinao
Un bar en una aislada localidad del sur es el punto de encuentro de seres desesperanzados, chilenos que necesitan el alcohol como única anestesia para el dolor de sus existencias. El anuncio de la llegada de un barco inquieta a los parroquianos y, durante la espera, comparten sus historias e improvisan una fiesta donde no hay nada que celebrar… Sin embargo, brindan hasta por las muertes que aún no ocurren.
Con actuaciones sólidas y extremadamente realistas (notables Claudio Riveros, Silvia Marín y Claudia Cabezas), El olivo, escrita por Sally Campusano y dirigida por Luis Guenel tiene varios momentos de lucidez que obligan a una profunda reflexión.
No sólo destaca la excelente propuesta estética, sino también una postura cuestionadora y desgarradora -quizás no totalmente consciente- de la compañía frente a la sociedad.
Que Teatro Niño Proletario ofrezca un retrato poco romántico y antipintoresco de la vida sureña refleja su agudeza, pero también su necesidad de hablar de ese Chile que con suerte sale en los mapas (y que no solamente está en el sur), que quizás nunca verá esta obra ni leerá el comentario de rigor y que tiene heridas abiertas causadas por la discriminación, la desigualdad, el aislamiento geográfico y el perverso olvido.
El onírico final, con una atmósfera muy similar al cine de David Lynch (cita que está lejos de ser "ondera"), abre interrogantes que invitan a releer la historia contada. Dan ganas de verla una vez más.
Hasta el 1 de noviembre en Matucana 100.
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